El bosque estaba ahí, esperando su atrevimiento. Las rachas de viento se incrementaban con la noche. Era una nueva oportunidad y no debía desaprovecharla.
Conocía bien el sendero y se internó por él. Llegado al punto elegido, se apresuró a juntar pasto seco que segó con sus propias manos. Buscaba el mechero cuando un silbido atravesó la espesura, eso le alertó, luego otro y otro más. Dio vueltas con el miedo en el cuerpo sin darse cuenta qué el fuego le rodeaba y no había salida.
En ese instante escobas ultrarrápidas de última generación cruzaron sus caminos bajo la luz de la luna.
Joaquín Lourido – A Coruña
@Imagen Pinterest
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