domingo, julio 26 2026

El pájaro azul por Ricardo Mazzoccone

Era una cálida tarde de primavera. La fragancia y el perfume de las flores derramaban su frescura ayudados por la eterna brisa, azul y ligera. Hana y Tomeo, dos adolescentes enamorados desde la primera infancia, estaban en el parque, sentados en la delicada hierba, debajo de infinitos
cerezos que dejaban caer su delicada lluvia de pétalos.

Misteriosamente, uno quedó escondido en la abundante cabellera de la joven. Cuando el atardecer asomó sus narices, los jóvenes dejaron sus besos, tomaron sus libros y regresaron a la casa de Hana, caminando sobre un manto rosado.

Tomados de la mano, rieron, se miraron, se besaron, se mantuvieron en silencio, se juraron amor eterno. En un momento, Tomeo halló aquel pétalo en el cabello de Hana y lo guardó entre las hojas de su libro.

—Será nuestro símbolo, la joya que recordará para siempre nuestro amor—dijo el joven.

Emocionados, se besaron.

Al llegar, se despidieron durante largos minutos.

—A media noche mira el cielo desde tu ventana, mi amor. Verás como el pétalo es llevado por el viento hasta la eternidad— le pidió Tomeo.

Se despidieron por última vez.

El joven comenzó a caminar en dirección a su casa que estaba a pocas cuadras. Conversó con sus padres, tomó una ducha y se quedó escuchando música. Cuando dieron las doce, Tomeo cumplió su promesa y lanzó la hojilla al cielo. El viento la recogió y con suma delicadeza inició su viaje.

El destino era allí, donde reposan las historias de amor eterno. Hana y Tomeo, la miraban embelesados y se sorprendieron cuando vieron de pronto, que el pétalo se transformaba en un pequeño pájaro azul, rodeado de una aureola blanca hasta perderse en la eternidad.

A la mañana siguiente el cielo tenía un agobiante gris. Sus ganas de llorar eran intensas. Con el accidente, el dolor estalló en la ciudad. El micro que llevaba a Hana al colegio, había perdido el control y caído al río.

La joven murió camino al hospital. Tomeo sintió una antigua lanza atravesándole el corazón. Fue en el mismo instante en que Hana cerraba los ojos para siempre. Al día siguiente se llevó a cabo el velatorio. Sus padres y familiares más cercanos se quedaron toda la noche con ella para vigilarla y llegado el caso, protegerla.

A la mañana siguiente se llevó a cabo el funeral. Antes de cerrar el ataúd, Tomeo, con el corazón destrozado y un hilo de vida que parecía cortarse en cualquier momento, derramó lágrimas, palabras de amor, promesas y recuerdos acariciando su cabello y sus frías mejillas.

Su vida sin ella, no sería nada.

Del otro lado del mundo…

Era una fría tarde de invierno y el temporal merodeaba por los alrededores de la histórica ciudad.
El cielo era una muralla de acero inexpugnable, cada tanto iluminado por fortísimos relámpagos.
En la calle, el viento quería arrancar de cuajo los árboles, volar techos, voltear lo que se interpusiera en su camino. Las calles permanecían desiertas. Solo perros vagabundos que buscaban algún rincón donde guarecerse.

Lola los seguía por la ventana con la mirada, angustiada. De pronto, la lluvia arrasó con el horizonte. Nada se veía, solo una cortina blanca. Luego de unos minutos, su furia amainó y una débil y melancólica llovizna llegó para quedarse.

De pronto, un golpe en la ventana, asustó a Lola. Corrió a mirar y se encontró con un pájaro que había chocado contra el vidrio. La joven, angustiada, abrió, lo tomó con sus manos y lo dejó sobre una pequeña manta.

Le llamó la atención su color azul. Con tristeza pensó que estaba muerto. Con resignación fue a buscar un pañuelo blanco y una pequeña caja para meterlo allí y enterrarlo en el jardín.

Inesperadamente, el ave reaccionó. Agitó las alas y luego se quedó inmóvil. A Lola le pareció que la miraba. Fue entonces que lo tomó con las dos manos y lo dejó en un rincón de la ventana, del lado de afuera con un techo que improvisó con cartones. Quería devolverle la libertad.

Pensó que alzaría vuelo, pues tan solo había una fina llovizna. Pero se equivocó. Se quedó quieto en aquel refugio improvisado. Cada tanto movía su cabeza para mirar hacia donde estaba ella. Feliz por su nuevo amigo, corrió hacia la cocina y sacó de unas bolsitas, semillas que consumía su madre. Las puso en la tapa de un frasco de dulces y las dejó al lado del pájaro que no se asustó cuando abrió la ventana.

Lola se quedó horas mirando lo que hacía, mientras recordaba adolorida, los días con Julián, su amor adolescente, quien un día se fue de su lado para vivir un tórrido romance con su mejor amiga. Fue la débil lluvia, la calidez del cuarto, sus sombras, la paz que le daba mirar a aquella ave, lo que logró que Lola entrara al mundo de los sueños.

Se despertó al día siguiente con el sol entrando por la ventana. Lo primero que hizo fue ver si el pájaro aún seguía allí. Se encontró con el lugar vacío y con la tapa limpia de semillas. Cierta tristeza
se apoderó de la joven. Luego de ordenar su cuarto, Lola salió a caminar por la costanera hasta que
decidió a hacerlo sobre la arena húmeda de la playa. El cielo era una caricia de seda azul. Con el sol y el viento como compañeros, caminó con la nostálgica música de los amores perdidos.

Al llegar al viejo espigón, se sentó en la borde del mismo y se quedó mirando el mar. El murmullo de las olas era suave y musical. De pronto sintió un pequeño pinchazo en su mano derecha que estaba
apoyada sobre la piedra. Miró y era aquella ave azul que había protegido la noche anterior. Lola, al principio se sorprendió. Luego sintió una profunda emoción. Supo que la había buscado para darle un mensaje. Se quedaron por un tiempo largo, mirando hacia el horizonte. Hasta que, en un momento, levantó vuelo y se perdió en el mar infinito.

Ella, poetisa de alma, comenzó a escribir poemas de amor, allí mismo. Siempre llevaba en su mochila, papel y lápiz. El infinito océano reposaba dentro suyo, con sentimientos y palabras nadando
entre nostálgicos paisajes de paradisíacas islas. “Muero por ti, mil veces lo haría y mil veces regresaría, para volver a morir aún sin encontrarte, solo para recordarte. Pues el amor eterno no se desploma con el adiós. El amor eterno no se muere con la muerte. El amor eterno no se olvida con el paso del tiempo Siempre seremos dos, tomados de la mano. Libres como el viento, atravesaremos océanos, montañas y valles, sombras y tormentas. Amor eterno, el más puro, el más bello”

Con los ojos nublados de amor, regresó a su casa. Estuvo escribiendo toda la noche. Los siguientes meses fueron de una actividad poética febril. Sus padres la ayudaron a publicar su primer libro de poesía. Se lo dedicó a aquellos amores eternos alrededor del mundo y escribió un especial agradecimiento a una pequeña ave azul, la musa que le enseñó el camino. Aquel libro tuvo una gran repercusión y traspasó los límites de su país.

Fue traducido a varios idiomas…

Lejos de allí, Tomeo celebraba su cumpleaños. Recibió muchos regalos de sus amigos. Entre ellos estaba el de Akira, su mejor amiga, que le regaló el libro poemas de Lola. Luego de un apagado festejo pues hacía un año nada más que había partido Hana, llegó la noche y sin ganas de otra cosa, se tiró en la cama. Tomó el libro que le había regalado Akira y al ver el pájaro azul en la portada, lo tomó para leerlo. Estaba intrigado.

Las lágrimas se hicieron río en su pecho. El recuerdo de Hana lo dejaba sin piel. Leyó todos y cada uno de los poemas. Se quedó mirando al cielo por la ventana, un buen rato. Tomó nuevamente el libro y leyó el prólogo. La poetisa dejaba ventanas abiertas en el mismo.

Allí sonrió, buscó en su computadora los datos de Lola y la ubicó.

—Mañana la llamaré— dijo en voz alta.

Al rato se durmió con una paz que no había tenido en mucho tiempo. El sol entrando por la ventana lo despertó muy temprano. Con movimientos lentos se levantó, fue al baño, se preparó un café y se sentó frente a su ordenador. Marcó el número que figuraba en la red social.

—Si aquí son las ocho de la mañana, allí son las veinte horas. Razonable—se dijo a sí mismo.

Se sucedieron largos y tediosos sonidos de llamada hasta que de pronto se escuchó una voz muy dulce que decía.

—Hola, soy Lola.

Tomeo no respondió. Se había paralizado.

Un silencio de ángeles se hizo por algunos minutos.

—Hola, por favor responda—dijo la joven.

—Hola. Tú no me conoces. Permíteme presentarme. Mi nombre es Tomeo, vivo en Tokio y anoche leí tu libro de poemas. Me ha conmovido profundamente y tu poesía sobre el amor eterno es lo más hermoso que leí jamás.

—Pues muchas gracias Tomeo. Me halaga sobremanera me llames de tan lejos para decirme tan bellas palabras. Por favor, cuéntame de ti.

—El placer ha sido mío y si supieras lo que has provocado en mí, no lo creerías. No encuentro las palabras correctas para expresarlo. Y si no te molesta y tienes tiempo, me gustaría contarte una historia de amor eterno, la de Hana, Tomeo y un pájaro azul…

@Richard


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