Poco antes de las doce de la noche, se escuchó el rugir de la locomotora y surgió el tren de entre las sombras. Los pájaros despertaron, los perros ladraron, los duendes de la noche se asustaron y los que lo aguardábamos, nos movimos con pesadez, melancolía y somnolencia.
Me encontraba en la peor de las soledades, con el más absoluto frío abrazándome. Sabía que no habría besos, despedida, palabras cálidas, miradas, manos agitándose. Había decidido irme lejos para nunca más regresar. Estaba escapando.
Cuando el silbato del guarda sonó, caminé hacia el tren. Mis piernas temblaban de dolor por lo que al llegar a mi asiento, me desplomé. Comenzó a moverse. Miré por la ventanilla y solo veía lágrimas que caían. Eran las mías.
Unos minutos más tarde, la vieja estación quedó sepultada entre montañas de sombras. Las luces somnolientas de los arcaicos faroles habían desaparecido. El aire tenía olor a trenes, a metales húmedos, crujientes, a canciones de tango de los años treinta.
La locomotora avanzaba, el tiempo corría, las sombras caminaban con prisa. El campo, la soledad, las extrañas figuras, alguna fogata encendida, las luces de un auto en la carretera que bordeaba las vías, me sumergieron en una profunda añoranza.
Estaba solo, en la penumbra del vagón, rodeado por el cielo y el campo, entre la tierra y las estrellas. A las pocas horas, se detuvo en una vieja estación casi abandonada. La mortecina luz no dejaba leer el cartel con el nombre del lugar.
Me asomé al estribo y miré la pequeña plaza, que estaba cruzando la calle. Tenía pocos bancos y pocos juegos. A pesar de ello había muchos niños jugando.
“Son los fantasmas de los pequeños que nunca olvidaron aquellos días felices” pensé.
Sentí el olor a tierra mojada, a árboles humedecidos, a hierbas que brillan con las gotas de agua. Pude ver luces de velas ardiendo en algunas ventanas.
El estridente silbato del guarda de la estación avisó que el viaje continuaba. Otra vez la locomotora tomó velocidad con el viento que corría a su lado. Era una noche donde atávicos pensamientos surcaban el aire, como cuando las estrellas errantes atraviesan los océanos de tiempo. Y mirando por la ventanilla, mi vida comenzó a pasar como en un film…
Crecí con mi hermano, con mis amigos del colegio y también del barrio.
Me enamoré de Silvia, hicimos el amor por primera vez con Andrea, terminé el colegio, se murió mi hermano. Su muerte se llevó la mitad de mi infancia, dejándome a solas con los demonios que habitan las sombras. Conocí un cementerio, el llanto descontrolado de mi alma, la ira, el desconsuelo, a los buenos amigos.
Con mi primer trabajo supe lo que era el mundo adulto, el de los iracundos, de los tranquilos, conocí gente honesta y solidaria, también personas de baja calaña, deshonestas. Andrea, mi novia, se fue a vivir lejos por culpa de la madre. A pesar de ello prometí ir a visitarla y ella prometió regresar conmigo llegado el momento. Nos escribíamos cartas de forma regular.
Y comencé a sentirme solo. Mis padres se dedicaban a llorar a mi hermano, enfrascados en su dolor como si fuera el único importante. El mío de hermano…No.
Una tarde de invierno en la playa, la soledad se metió en mi alma y se acostó para dormir. La tristeza me ataba a un imaginario mástil de barco mientras mis ojos suplicaban por algo de comprensión.
Y fue ella, Helena, una vieja amiga del colegio que supo leerlos la vez que nos encontramos en la calle.
Comenzamos a hablar de forma asidua y a profundizar la amistad.
Cuando salía de mi trabajo ella me esperaba para ir tomar un café o caminar por la playa. Sentados en el espigón, nos sorprendía la noche. Conversábamos, reíamos, llorábamos, nos quedábamos en silencio.
Cuando sentía frío, la arropaba con mi abrigo y caminábamos de regreso a su casa. Nos despedíamos con un beso en la mejilla y una mirada profunda. Sabíamos. Íbamos al cine, a algún bar, a comer, a bailar. Sentía que Helena era un refugio inviolable.
Y fue una noche en que bailando no pude dejar de mirarla. Me quedé inmóvil viendo como volaba su larga cabellera rubia, moviendo su cuerpo con la gracia de una bailarina, levantando sus brazos al cielo.
Cuando ella se dio cuenta, se detuvo y avanzó hacia mi. Nos besamos, nos abrazamos y nos fuimos corriendo del lugar. Ya en la oscura playa, solo iluminada por la luna, hicimos el amor en la arena. El murmullo del mar y el estallido de las olas en la orilla, era la música que necesitábamos. Acompañaba
cada beso, cada abrazo, cada mirada. Más tarde, fuimos al espigón y nos sentamos frente al mar, sin hablar.
Cuando una lágrima surcó su rostro, le pregunté.
—¿Qué hicimos Pablo, qué hicimos? —me dijo con un tono desesperado.
—Helena, vos y yo estamos enamorados desde hace tiempo, Y nuestros cuerpos consumaron esta relación única, nuestra. Hoy dejé de sentirme solo por primera vez en muchos años.
—No y no, está mal. Vos tenés novia y una promesa que cumplir. Y yo también…
—¿Qué…que…pro…promesa, vos?
Ella comenzó a llorar.
—¿Te acordás de Eduardo? Iba a nuestras fiestas en la secundaria. No era de tus amigos.
Bueno, salgo con él. Cuando se fue a Buenos Aires, no terminamos la relación. La continuamos a través del correo y ocasionales viajes. En mi última carta de hace meses, le prometí que iría a Buenos Aires. Todo marchaba bien hasta que me acerqué a vos. Vi que necesitabas a alguien…Y me enamoré de vos. Nos enamoramos—dijo y se echó a llorar.
Las lágrimas cayeron al mar, acariciadas por el viento.
No supe que decir. Solo me salía decirle te amo.
Fue entonces que Helena se puso de pie y comenzó a caminar. Fui detrás de ella.
—No, amor, no puedo. No me sigas, no me acompañes, no me llames. Necesito tiempo, por favor—dijo y corrió.
Esa fue la última vez que la vi pues al día siguiente se fue a Buenos Aires.
El abismo otra vez estaba a un paso. Solo tenía que darlo.
De pronto, estaba en la misma ciudad, pero sin ella. Cada rincón me la recordaba. Las calles, la playa, el viejo espigón de madera, el perro abandonado que siempre nos esperaba en la punta del mismo moviendo frenéticamente su cola al vernos llegar.
No pude soportar otra pérdida, por eso, cuando el tren llegó, bajé y comencé a caminar por la nieve…
Treinta años después.
Aquella era mi noche. Se haría una fiesta en la editorial por mi último libro que se había convertido en el más vendido del año. Nunca me gustaron los eventos sociales y siempre odié la corbata que me obligaba a usar mi editor. Desde el divorcio con Andrea, me había vuelto un ermitaño.
Solo quería estar en mi estudio, rodeado de libros, con una máquina en el escritorio, una impresora y mil hojas en blanco. Escuchar música y sumergirme en el recuerdo de aquella noche. Pasó el momento de mi presentación, de las palabras de los demás, de los aplausos que me parecieron una eternidad.
Brindamos y comencé a dedicar los libros. Se hizo una larga fila, la cual me fastidió. Uno a uno pasaban. Yo ponía mi mejor cara, sonreía, preguntaba el nombre, firmaba. Hasta que un viejo perfume francés me hizo levantar la vista. La miré y todo a su alrededor brilló. Me miró. No pudimos decirnos nada. Firmé su libro, se lo entregué y se fue.
Cuando aquello terminó, salí del salón casi corriendo.
Ya en la calle la vi en la esquina bajo una tenue llovizna. Fui hacia ella.
Inmóviles, frente a frente nos miramos, sonreímos. No sabíamos que hacer.
—¿Y Eduardo?
—Falleció. ¿Y Andrea?
—Nos divorciamos.
—Somos libres, no tenemos promesas que cumplirle a nadie—dijo ella mientras le tomaba la mano.
—Si, es momento de honrar aquella noche en la playa ¿Podremos?
—Debemos averiguarlo, ¿Sin reproches?—Dijo ella.
—Helena, estamos acá, juntos, ahora…es lo que importa. Te amo.
Nos besamos y nos abrazamos hasta el infinito.
Nos tomamos de la mano y desaparecimos detrás de una pálida cortina de agua y la luz de un viejo farol…
Para siempre juntos.
@Richard
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