EUROVISIÓN 2025: ENTRE DIVA, DRAMA Y DESPECHO por Emecé Condado

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No soy eurofan, ni eurofriki, ni euroilusionada. Soy de esas personas que asisten a Eurovisión como
quien va a un cumpleaños de un primo segundo al que no soporta: por compromiso, por presión
social y porque, total, siempre hay tortilla.

Cada año me planto frente al televisor con esa mezcla de fascinación antropológica y miedo al daño
ocular. Eurovisión es como una boda gitana retransmitida por satélite: coreografías imposibles,
confeti sin control y más lentejuelas por metro cuadrado que en un musical de Las Vegas.

La gente llora, grita, se pinta la bandera de su país en la cara como si fuera a ir a la guerra y tuitea
con la pasión de quien comenta una final del Mundial. Yo, mientras tanto, intento decidir si lo que
lleva puesto la representante de Moldavia es un homenaje a Lady Gaga o una cortina de ducha con
vocación artística.

No entiendo nada, pero tampoco puedo apartar la vista. Como cuando ves a alguien discutir con
una paloma.

Este año, España decidió apostar fuerte y envió a Melody con su tema» Esa Diva». La sevillana se plantó en el escenario con un vestuario digno de museo: arrancó envuelta en una bata de cola negra con volantes afilados como indirectas familiares y un sombrero cordobés de ala ancha que parecía gritar «aquí estoy yo». Pero el plato fuerte llegó con el striptease escénico: debajo escondía un body plateado artesanal con más cristales que una tómbola turca, firmado por Gustavo Adolfo Tarí. Puro brillo. Puro drama. Puro Eurovisión.

¿Y qué pasó? Que no la votó ni Andorra. España terminó en el glorioso puesto 24 de 26, lo que nos
consolida como expertos en quedarnos a las puertas de todo. Melody, divina hasta para perder, se
despidió con un «Viva el arte y la música, aunque a veces prevalezcan otras cosas», que no sabemos si era una pulla diplomática o un haiku de resignación.

Pero ya se sabe que lo importante no es ganar, sino… No, espera. En Eurovisión sí es ganar. Porque lo demás es sufrir viendo cómo Lituania arrasa con un dúo de clones de Rosalía o cómo Azerbaiyán presenta una performance donde una cabra simbólica trepa por una pirámide de neón.

La verdadera guerra viene con las votaciones, que son como una partida de Risk con purpurina. Da
igual que cantes como la Caballé reencarnada: si no entras en el bloque báltico-balcánico-exsoviético, lo llevas claro.

Y por supuesto, los presentadores. Esa especie superior de la humanidad que domina cinco idiomas, sonríe sin descanso y hace chistes tan malos que ni con subtítulos ganan. Una vez más, se superaron. Yo, mientras tanto, me sentía realizada si lograba entender en qué idioma estaban votando.

Cuando todo termina, el cuerpo pide tila, el alma pide sentido y el televisor pide vacaciones. Y yo me digo lo de siempre: «una vez al año está bien… pero si esto dura más de tres horas, que venga un médico».

@Emecé Condado
(escritora de tierra firme, observadora de divas ajenas)


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