Víctor, cuando perdió a su esposa a manos de uno de los peores asesinos en serie, se encerró en su despacho, sumido en un dolor inenarrable. Su furia se desató cuando, accidentalmente, rompió el jarrón favorito de su difunta esposa, Raquel. Golpeó la pared de su despacho, abriendo un boquete. Lo que descubrió fue que tras la pared había una puerta con una cerradura alfanumérica con un código de treinta y cinco caracteres perteneciente a su esposa, quien nunca le comentó nada sobre habitaciones secretas. ¿Por qué lo había ocultado? Era todo un misterio y necesitaba descubrir qué había tras la pared y, sobre todo, el porqué se lo había ocultado Raquel.
Víctor se quedó parado ante el teclado, que despedía una luz de un azul cerúleo que parpadeaba insistentemente. Treinta y cinco espacios vacíos lo llamaban, pero él no tenía las respuestas todavía. Sin embargo, le debía a Raquel el beneficio de la duda; hasta no atravesar esa puerta, no sabría por qué se lo había ocultado. Hizo memoria: Raquel, siempre que quería encontrar inspiración, cogía la vieja Biblia y buscaba consuelo en sus páginas. La última semana, su angustia iba en aumento y las horas se perdían entre las antiguas escrituras. Pero el día antes de ser asesinada, Raquel le sorprendió con una cita del Nuevo Testamento que Víctor no lograba recordar.
¿Sería aquella cita la clave de acceso? Ella siempre lograba amasar su instinto primario y visceral, así que se sentó en el sillón favorito de Raquel e intentó recordar aquella cita que tanto le sorprendió. Fue antes de que él saliera a indagar algo que ocurrió en el parque; era como si ella hubiera presentido su muerte y lo preparara para el hallazgo tras la desesperación y la furia inicial. Ella lo amaba con tal devoción que sabía que, sin ella, él se sentiría perdido y sin rumbo. Por eso, le ofreció un nuevo reto para calmar su furia inicial, encaminándolo hacia un destino todavía por desvelar.
«¿Qué me dijiste antes de salir?» preguntó al aire, como si ella siguiera ahí. Víctor recordó que dos días antes Raquel puso su taza de café sobre una página específica, dejando una leve marca sobre un versículo específico. Así que recogió la Biblia de la estantería donde ella la colocó y abrió el grueso ejemplar, hojeando, buscando. Era como buscar una aguja en un pajar, pero a concienzudo no le ganaba nadie. Por fin, allí estaba la leve marca de café. Leyó..
Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.
Aquello no sonaba a nada de lo que Raquel le había dicho, y fue ahí donde se dio cuenta de que Raquel era muy dada a reinterpretar las escrituras, dándoles su toque personal. «Raquel, tú eres y serás mi guía en esta y en la otra vida», pensó Víctor. Se dirigió al teclado y tecleó: «Solo los mansos pasarán» Mateo 5:5. El último símbolo no podía ser menos que la inicial de su esposa: R.
Escuchó un «clack» firme, seco, contundente y metálico. La puerta se abrió, la oscuridad lo envolvió, buscó el interruptor y dio la luz. Ante él había un gran portal trasdimensional que lo lanzaría como un dardo demoledor.
Cruzó el umbral y el portal rugió. No era un refugio, sino un arsenal de tecnología imposible. En el centro, una pantalla el rostro de Raquel lo obsevaba
—Víctor, el asesino no es humano. Comprendió que su duelo terminaba y que su cacería interdimensional, impulsada por un amor eterno, apenas comenzaba.
M. D. Álvarez
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