Con la primera luna llena de la primavera sintió una vez más aquel latido ancestral que parecía llenarle de locura el alma. Y el cuerpo.
Cogió el coche y condujo por aquellas carreteras olvidadas hasta alcanzar el borde del agua. Allí, bajo la radiante caricia del disco lunar se desnudó al tiempo que se introducía paso a paso en el líquido elemento, sintiendo renacer su corazón.
A lo lejos, creyó oír el canto de una sirena. Y nadó hacia ella.
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