De hogar a museo
El sonido de los gritos infantiles vuelve a ser la causa de mi despertar esta mañana. Se acercan. Noto sus vibraciones y pronto sus manos recorrerán mi superficie, cada vez más y más suave con tanto toqueteo en la entrada a mis entrañas.
Por suerte, esa parte es la única que me soban en los cuarenta y cinco minutos que dura la visita a ese espacio.
A pesar de su actitud, siempre me llena de alegría cuando consiguen estar tranquilos y en silencio descubren, con la boca abierta, esas manchas que antaño dibujaron en mi piel.
Nada tiene que ver estos coloridos seres con los que antaño gateaban alrededor del fuego, núcleo de vida de todos los inquilinos que albergaba.
Aun así, me gustan más las visitas de los adultos. El calor que sus cuerpos desprenden conforme se van acercando, siempre me hace recordar a mis primeros inquilinos. Al fin y al cabo, ellos están aquí por culpa de esos primeros intrépidos.
Aquellos seres encorvados pero erguidos eran fuertes, leales y sabios. Consiguieron tantas cosas en su caverna, mis oquedades, su hogar, mis entrañas…
La primera vez que aquel humeante y ardiente fuego penetró por los poros de mi roca pensé que sería el fin de mis inquilinos, pero nada tuvo que ver con la realidad, donde comenzaron a estar mucho más tiempo, aunque en pequeños grupos para cuidarlo, junto a mí. Qué grato recuerdo, cuando, junto a esa masa ardiente, me comenzaron a decorar con esos garabatos parecidos a los animales que devoraban junto a mí.
Tiempo después, desaparecieron y, durante un tiempo, solo me visitaban animales buscando una cueva que diera cobijo o sirviera de madriguera temporal. Aunque su compañía me resultaba grata, especialmente con la primavera, eran menos activos que aquellos seres prehistóricos.
Tiempo después, algunos humanos, más erguidos que los anteriores, buscaban en mi algo que no encontraron, ya que, tras llevarse parte de mis desechos, no les volví a ver por aquí con ánimo de quedarse.
Tampoco los siguientes venían con ganas de compartir su vida en mis entrañas, solamente de llevarse a los animales de cencerro perdidos o de dejarlos aquí algunas noches frías de invierno, donde mi suelo quedaba cubierto de unas bolas olorosas tremendamente curiosas.
Aunque como el dicho humano dice, de fuera vendrán que bueno te harán, y aquellas peludas ovejas, que lamían mi mineral, fueron deseadas con la llegada de aquellos humanos, provistos de armamento, luchando por su vida, una vida que así no podía ser ya vida. Aquella época, fue la más triste que recuerdo, y no será por tiempo que he vivido… Eran iguales los buscados que los buscadores, la misma cara de sufrimiento, de cansancio y de agotamiento. En aquel tiempo, miré más a mi interior, prefería no ver lo que pasaba en la parte más superficial de mi ser.
Y aquí estoy ahora, divagando sobre mi vida pasada, mientras mis arterias se llenan de humanos de colores, grandes y pequeños, que, aunque quiera mirar en mi interior, ni siquiera allí me dejan estar sola.
Me resultan curiosas las explicaciones que dan a mi pasado y a mis tatuajes, como alguna de esas osadas guías ha decidido llamar a mi decoración, pero más curioso me parece cuando, vestidos como aquellos obreros que cambiaron mi acceso, con mono y casco, se adentran en lo que ellos llaman, las entrañas de la tierra.
Resultan tan entrañables esos intrépidos y escasos exploradores, anclados a sus diminutas cuerdas, con esa tenue iluminación en la cabeza, observando el vacío negro de mi ser que se extiende bajo sus pies… La delicadeza en sus pasos, en su ascenso y en su descenso, me hace pasarme horas y horas observándolos, a pesar de que alguna vez, quieran añadir cierta decoración metálica en mis zonas más íntimas. Aunque, realmente, no me molesta, al contrario, uno de esos adornos, hace que pasen conmigo mucho más tiempo. Al fin y al cabo, la compañía me hace sentir viva.
He escuchado, sin pretenderlo, que soy bastante importante y que, por ello, viene gente de lejos a observar mis paredes, a explorar mi interior y a estudiar cada rincón de mi existencia. Dicen, que tanto yo como mis compañeras de la cordillera cantábrica somos museos y cuevas muy importantes para entender sus antepasados. Con el tiempo tan lluvioso que hay aquí, ganas tienen de venir a mojarse y a pelar frío…
Tengo amigas horrorizadas con este hecho. Varias odian que alguien se acerque cuanto sin más que rebusque en su interior. Algunas creen que exageramos o que todo es invención. Y otras, como a mí, nos encanta la compañía.
Si realmente supieran lo que hay bajo nuestros cimientos… tal vez dejarían de rebuscar tanto, pero mientras llega ese momento…
Voy a ver las reacciones de estos gritones, que comienza la parte más divertida de la visita.
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