Versión primera de la Carta
Tras ocho largas horas, destrozadas las botas del camino pedroso, te encuentras con un rayo que ilumina la montaña y un altar verde que lo corona todo. El año pasado, en tus vagabundeos, quizá aquel picacho era una altura más, disimulada por la nieve. Pasó sin fiesta ante tus ojos, triste y frío verso cantado por la colina gris. Pero hoy más que nunca quieres coronarlo.
Y al llegar encuentras que no fuiste el primero. Yace en ese valle altivo, envuelto en la fragancia de flores que ni siquiera alcanzas a nombrar, un joven, soldado y casi niño, durmiendo sin roncar la siesta que tú ansías. Te descalzas al lado, silencioso, para no unirte a la molestia de las torpes mariposas que le revolotean por la cara. Y al notar que ni siquiera la invasión de otros insectos le despierta adviertes que no respira, que su color es la de un muerto, que no responde a tus exabruptos. Que tiene dos agujeros hechos con toda la conciencia del mundo en el costado.
Bajas toda la pendiente descalzo, sudoroso por el pavor. Después reparas el susto en una venta vieja, agotando tu saldo con buen pan de tahona dorado por el ajo y un jamón añejo. Mientras eructas, anotas mentalmente, como poema, la idea del cadáver florecido. El durmiente del valle.
Versión segunda de la Carta
En Harar, apenas veinte años después –que es como un siglo en tus rodillas–, en un Harar envuelto en la nube de los ladridos de los perros, de sus aullidos que infectan la luna como una manada dispersa de lobos vencidos por la noche. Sales descalzo de la choza donde velas tus mercancías, dispuestas para las caravanas, como si las ofrecieras a un dios que no entiende más que de ganancia y de ventaja.
Hay primero la sombra de un hombre, luego el mismo hombre caído frente a ti. Con miedo, piensas que está vivo y buscas la silueta del revólver que llevas atado al cinto, junto a las monedas. Te recatas porque temes que se levante, y no sabes si esgrimirá un cuchillo o alguna otra razón para vencerte. Llevas atenazadas las cachas de la pistola, que te precede, y te acercas sigiloso, mientras los perros parecen acompañar tu sombra con su eterno ladrar.
Y luego descubres la jeta negra, más sombra que las mismas sombras, el sudor de estropajo que la envuelve y oculta las horas de dolor hasta que llegó la muerte. Otro de tus esclavos. Que ya no cuenta. Quieres nombrarlo, y buscas un poema en la cabeza, mientras deseas con toda el alma que los perros, por una vez, se callen.
Y nada encuentras.
Jean Arthur Rimbaud (1854-1891) es un poeta, pero también un misterio, que merece al menos dos versiones. Las troquelaciones que le dedico vagabundean entre sus primeros años, donde la poesía era su alimento fundamental (además de las tostadas que troquelan otro poema suyo de esa época), y su época africana, donde se desconoce hasta él mismo, y se convierte en ese un autre que imploró en su videncia poética. Suerte que en ese trasiego nos dejó una de las poesías más puras de toda la lírica europea. Sus Poesías y la prosa fantasmagórica de sus Iluminaciones, mezcla de adivinación y sarcasmo bellísimo, se elevan siempre sobre las cenizas de la realidad oscura, contaminante, de su fin de siglo.
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