LOS QUE NO HABLAN by Fernando José González Rodríguez

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  1. Cuando el silencio grita mas fuerte que las palabras

A veces, lo más difícil no es hablar. Es saber por dónde empezar.

La clase de tutoría del jueves por la mañana no prometía nada especial. Los pupitres olían a madera vieja y colonia adolescente, las persianas medio bajadas dejaban pasar una luz tibia, y Clara —la orientadora— arrastraba una bolsa de tela con algo dentro que no había enseñado aún.

—Hoy vamos a hacer algo distinto —dijo, con ese tono amable que incomoda más que tranquiliza—. Colocad las sillas en círculo, por favor.

Hubo murmullos, empujones flojos, alguna queja baja. Pero lo hicieron. Once alumnos. Un círculo torcido. Silencios como piedras.

—No tenéis que decir nada si no queréis —continuó Clara—. Pero puede ser útil. A veces, escuchar al otro nos hace entendernos a nosotros mismos.

Martín cruzó los brazos y miró al techo. Luna se peinaba con los dedos una y otra vez. Rubén no soltaba el cordón de la sudadera. Ana, sentada entre dos pupitres vacíos, tenía los ojos hundidos en un cuaderno que parecía no haber abierto.

—¿Y hablar de qué? —preguntó Ainhoa desde una esquina—. ¿De lo mal que dormimos todos? ¿De que estamos hartos y no sabemos por qué?

Nadie respondió. Pero todos escuchaban.

—Podéis hablar de lo que lleváis dentro —dijo Clara—. De lo que no se ve. O de lo que se os hace bola aquí —se señaló el pecho— y no sabéis cómo soltar.

Silencio. Martín carraspeó.

—Esto es una chorrada.

 —¿Por qué? —preguntó Clara, sin enfado.

—Porque nadie aquí va a contar nada real. Todos fingen. Es lo que hacemos. —¿Y tú qué finges, Martín? —preguntó, de pronto, Ana sin levantar la mirada. Él se quedó quieto. Rubén le lanzó una mirada fugaz.

—Yo… Yo qué sé. Que todo me da igual, supongo. Que paso de todo. Que soy fuerte. Pero a veces me entran ganas de desaparecer un rato. No hacer nada. Ni hablar, ni pensar, ni nada.

Luna lo miró sorprendida. Martín nunca decía nada profundo.

—A mí me pasa al revés —dijo ella—. Lo intento todo. Me apunto a cosas. Hago vídeos, subo fotos, sonrío. Pero por dentro estoy agotada. Me levanto y ya estoy cansada. Y eso no es solo por dormir poco.

—Yo no hablo con nadie —intervino Rubén, rápido, como si tuviera que soltarlo o se lo tragaría—. Paso el día sin decir nada que no sea “sí”, “no”, o “vale”. Me cuesta mirar a los ojos. Y cuando alguien me habla demasiado, empiezo a marearme. Como si mi cuerpo dijera: ‘esto es demasiado’.

—Mi hermano intentó suicidarse hace dos años —dijo Ana, tan despacio que la clase entera contuvo el aliento—. En casa no se habla de eso. Nunca. Mi madre llora en silencio. Mi padre no menciona su nombre. Yo finjo que soy fuerte porque no me queda otra. Pero cada vez que alguien desaparece un día del instituto, me recorre un escalofrío.

Martín bajó la mirada. Ainhoa se había quedado sin su tono sarcástico. En su lugar, murmuró:

—Yo tengo pesadillas con mi cuerpo. Con cómo me miran. Me siento como si mi existencia molestara. Como si fuera demasiado… algo. O no lo suficiente. Me he llegado a plantear dejar de comer. Solo para sentir que controlo algo.

La respiración se volvió colectiva. Clara no hablaba. Dejaba que el silencio hiciera hueco para más.

—Yo tengo ataques de pánico —añadió Leo, uno de los chicos más callados del grupo— . Me vienen como olas. Me sudan las manos, me tiembla el cuerpo. Nadie lo nota, porque lo disimulo bien. Pero a veces me pasa en clase. Estoy ahí, escribiendo, y de pronto… no puedo respirar.

—¿Y qué haces? —preguntó Luna.

—Aguanto. Muerdo el boli. Me digo que va a pasar. Y pasa. Pero siempre vuelve.

—Yo he ido a terapia —confesó Ainhoa—. Y me da vergüenza decirlo. Como si fuera una loca. Pero me ayudó. No me curó. Solo… me enseñó a no hundirme tan rápido.

Hubo un momento en que todos se miraron. De verdad. Sin pantallas. Sin filtros. Sin máscaras.

—¿Y si hiciéramos esto más veces? —dijo Ana— Sin obligación. Solo… tener este espacio.

—Podría funcionar —respondió Rubén—. Aunque no digamos nada, saber que estamos aquí… ya es algo.

Clara, con los ojos brillantes, sacó de su bolsa una caja pequeña de madera.

—Es una caja de voces. Si algún día no podéis hablar en alto, escribid. Lo que sea. Podéis firmar o no. Yo lo leeré. Y quizá alguien, sin saber quién sois, os conteste.

Nadie dijo nada más. Pero las miradas lo decían todo.

Cuando sonó el timbre, nadie se levantó de inmediato. Se quedaron ahí unos segundos, como si aquel círculo irregular fuera lo más recto que habían sentido en mucho tiempo.

Y aunque al salir volvieron los auriculares, los móviles, las risas impostadas y las carreras por el pasillo, algo había cambiado.

Habían hablado. Habían sido escuchados.

Y eso, aunque no lo curara todo, ya era una forma de empezar.

UN RELATO DE F.J RODRIGUEZ

 

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