Aquella tarde, el cielo estaba acaniculado y blanquecino, como si arrastrara siglos de calor y silencio. A lo lejos, el puente apenas se dibujaba entre la bruma, separando almas en una lucha constante y sin razón.
A una orilla, las casas en verde pastel, con tejados dorados y azulejos en tonos grises y azules. En la otra, las paredes blancas encaladas, los naranjos rebosantes y un intenso olor a azahar acunando la brisa.
El leve rumor del agua en el río bajaba con la calma de un reloj sin manecillas, deteniendo el tiempo en instantes de paz.
De pronto, el silencio fue rasgado por una guitarra española, cuya melodía flotaba como una caricia antigua, como si alguien, en algún rincón, recordara.
Leandro caminaba sin rumbo, a paso lento, por la orilla más frondosa del río. Cada hoja, cada sombra, parecía conocer su tristeza.
Desde que su madre murió, unos meses atrás, se había quedado solo en el mundo: sin familia, sin pareja, sin norte.
Siempre soñó con encontrar al amor de su vida, compartir los días y las noches, las conversaciones lentas y el café al amanecer.
Pero tras años entregado al cuidado de su madre, no tuvo tiempo para amoríos, ni para adaptarse a los nuevos tiempos, tan tecnológicos como distantes.
Ahora es un hombre que peina canas plateadas en las sienes, con surcos de experiencia marcando su frente y una vida social casi inexistente.
No entiende lo que hacen los jóvenes para conocerse. Todo parece ocurrir tras pantallas frías, donde los gestos se han vuelto emoticonos vacíos y las palabras, meras abreviaturas.
Nadie se toma el tiempo de mirar a los ojos, de compartir una risa real, de sentarse a sentir el silencio con otro.
Él se ha quedado fuera de todo, atrapado en su mundo analógico, varado en una era impersonal.
El cortejo, ese arte sutil de descubrir al otro con paciencia y presencia, ha sido sustituido por deslizamientos de dedo y mensajes sin alma.
Leandro se siente como un espectador de otra época. Un hombre en un mundo que no sabe detenerse.
Y mientras avanza, bajo un cielo inmóvil, se pregunta si aún queda algún rincón donde el amor no tenga que pasar por un filtro, una contraseña o una red.
Un lugar donde las palabras se pronuncien de verdad, y no se escriban con la urgencia de quien teme que alguien más haga clic primero.
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