Escalada al Olimpo. by M D Álvarez

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Solo unos pocos habían escalado el Olimpo y seguían vivos para contarlo. Aquel enigmático monte estaba rodeado de murallas inexpugnables y farallones inaccesibles. Él estaba dispuesto a afrontar aquel reto por un solo motivo: satisfacer su curiosidad. Necesitaba saber que podía hacer lo que quisiera.
Se lo debía a ella; siempre creyó en él, aun cuando él estuvo al borde de la muerte por una dolencia cardíaca. Aun así, ella seguía creyendo que por sus venas corría una sangre noble que no se rendía nunca, ni ante las peores adversidades.
Por eso le dijo: «Si eres capaz de escalar el monte Olimpo, me casaré contigo».».
Eso no se lo esperaba, pero aceptó. La quería mucho más que a su salud y a su vida; ella había sido su faro en la oscuridad. Le debía la confianza ciega en él y le demostraría que era digno de ser su marido.
En el campo base, echó un vistazo a los inmensos farallones que circundaban las enormes murallas que precedían al glorioso monte Olimpo. Estudió rutas alternativas, pero ninguna le satisfizo. A la mañana siguiente, se encaminó con todos los aperos necesarios para comenzar la escalada.
El primer asalto le llevó dos días; había sorteado aquel inmenso farallón y descansó un día antes de continuar con la inexpugnable muralla. Se tomó su tiempo para localizar cómo escalar aquella impresionante muralla. Había llevado su ballesta con sistema de anclaje; hizo un lanzamiento certero. Cuando el anclaje se abrió, tiró de la cuerda y vio que aguantaba. Comenzó el ascenso en rappel y llegó a la cima de la muralla en seis horas. Descansó dos días y, al tercer día, se dispuso a escalar el celebérrimo monte Olimpo.
Su ascenso fue duro y arduo; con cada movimiento notaba que le faltaba el aliento, pero no utilizó las bombonas de oxígeno que llevaba. Tenía que hacerlo sin ayuda. Por fin, tenía la cima a la vista desde el promontorio de Efialtas. La cumbre estaba al alcance de su mano. Una vez en la cúspide, pudo disfrutar de unas magníficas vistas. La cima era llana, con templos donde, según leyendas, habitaban los dioses; era una meseta de 50 kilómetros por algo más de 75 kilómetros.
Lo había logrado y era hora de demostrarlo. Hizo una videollamada a su futura esposa, que no daba crédito al portento con el que deseaba casarse. Tardaré una semana en volver, pero ten por seguro que estaré contigo en muy poco tiempo.
A su regreso, ella no pudo menos que mimarlo y agasajarlo con una noche de amor y celebración antes de los esponsales.
M. D. Álvarez

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