Suena la alarma del teléfono móvil y la pospone porque cree necesitar cinco minutos más de descanso. No vuelve a dormirse y permanece acostado en la cama, cubierto con las mantas hasta el cuello. La alarma le da otro toque de atención y Markus remolonea unos minutos más. Pero al final resulta imposible retrasar lo inevitable y se sienta al borde del colchón, cansado, con la mente embotada y ese dolor de espalda que aumenta con el paso del tiempo. Va al baño y la luz le cicatriza los ojos. Se ducha, toma el café frío que preparó ayer porque no tiene tiempo de hacerse uno nuevo y sale de casa. Trota escaleras abajo y ya en la cochera arranca el coche al segundo intento. Conecta la misma emisora de todas las mañanas, la que habla de los grandes males que sacuden el mundo.
Tarda treinta y cinco minutos en llegar a la oficina. Aparca en la zona que tiene reservada y se cruza con los empleados de las demás agencias y despachos. Se mezcla con ellos en el ascensor y a pesar de verse todos los días ninguno se habla. Hay bostezos y miradas de mal humor. Su planta es la sexta y Markus es el último en abandonar el ascensor. Entra en la oficina y saluda a Chay que, ya está hablando con los clientes. El calor es pastoso y artificial. Y las plantas que decoran los rincones deprimen el ambiente porque es un intento absurdo de dar vida al lugar. Llega a su mesa de trabajo y descubre a Egbert chateando por el móvil. Está tan concentrado en mover los dedos sobre el teclado que no advierte
su presencia. A media mañana empezará a quejarse, a decir que todo es una mierda, que está tan saturado de trabajo que no lo acabará a tiempo. Entonces pedirá ayuda a Markus y él se la dará porque todavía no ha aprendido a decir no.
Markus enciende el ordenador y revisa las tareas pendientes. El café desatasca los engranajes de su cerebro y le sacude las tripas al mismo ritmo. Aprovecha las dos primeras horas para resolver los casos más problemáticos y se acerca a la máquina expendedora en busca de un bollo de chocolate. Sobre la máquina y clavado en la pared hay un cartel: LA VIDA ES DE LOS QUE NO TIENEN SUEÑOS. Se come el pastel en la sala de descanso y reflexiona sobre la cita. La vida es de los que no tienen sueños porque son ellos los que mueven el mundo, los que realizan los trabajos que nadie quiere hacer, los más agotadores, sucios y monótonos. Fue Markus quien colgó el cartel en un improvisado y desconocido ataque de valor. Y nadie lo sabe. Ni siquiera Nike. Tampoco nadie ha intentado quitarlo. Ni siquiera los jefes. Quizás porque no entienden su verdadero significado y piensan que es una motivación al estilo vamos esclavos, sois la mierda del mundo y ésta se desliza sobre vuestra sangre. Se lava las manos y regresa al trabajo. El pastel aumenta la incomodidad de su estómago y se siente lento y pesado. Egbert exhala su primera queja y es todo un récord que lo haga tan pronto. Markus lo ignora y levanta la cabeza para observar la mesa de Nike. Está ordenada con precisión milimétrica y la silla permanece vacía. Pero Nike no tardará en llegar y con ella surgirá la primera sonrisa en los labios de Markus.
Después de cuarenta y cinco minutos de trabajo Markus se dirige hacia la fotocopiadora. El estómago le ruge como un bosque en llamas. Hace veinte copias innecesarias de un formulario para fingir que está trabajando. Pero desde allí tiene una visión perfecta de la puerta principal y le gusta ver llegar a Nike. Le hace recordar días felices. Pero se le acaban las copias y Nike no aparece. Saca otras veinte y la puerta continúa sin abrirse. Al final tiene que abandonar la fotocopiadora porque una compañera necesita usarla y vuelve a su puesto de trabajo. Mira la hora. Nike ya debería estar allí. Hace cuatro minutos que tendría que estar centrada en los datos de su ordenador.
—¿Sabes algo de Nike? —le pregunta a Egbert.
—Y yo qué coño sé —dice Egbert —. Estoy de trabajo hasta atrás.
Markus no es capaz de centrarse en los documentos que tiene que rellenar, en los informes que ya debería estar leyendo. Solo la ausencia que hay en la mesa de Nike reclama su atención. Pasa una hora y luego llega la segunda. Quizás esté enferma. O atrapada en un atasco. Pero no, esto no. Nike va en metro a trabajar. Es una de las pocas cosas que sabe de ella.
—¿Vamos a comer? —dice Egbert. Y Markus lo sigue hasta el ascensor, metiéndose entre los demás compañeros sin sentir hambre, sin oír sus conversaciones y pensando solo en Nike, necesitando saber qué ha sido de ella.
—¿Y Nike? —-dice —. ¿Sabéis por qué no ha venido hoy? —Las conversaciones callan y todos se vuelven para mirarle. Markus enrojece y baja los ojos. Ahora todos entienden que está enamorado de Nike.
—Cómo, ¿pero no lo sabes? —dice un compañero.
—No sé nada —dice Markus. Y hay risas al fondo del ascensor antes de que todos empiecen a hablar a la vez.
—Se le ha ido la olla, tío.
—Dejar el trabajo por esa locura.
—Pues no sé de qué va a vivir.
—Y joder, es un trabajo de mierda, pero da estabilidad ¿no?
—¿Pero qué la ha pasado? —dice Markus —. ¿Está enferma?
—De las neuronas. —Ríen de nuevo y abandonan el ascensor cuando llega a la planta baja. Markus se apresura a seguirlos para no perderse una sola palabra.
—Se ha comprado un barco y quiere recorrer el mundo.
—Con la seguridad que tenía aquí.
—¿Y de qué va a vivir?
—No lo sé. Pero ayer se fue a Panamá.
—¿A Panamá? —dice Markus.
—Como lo oyes. Una chifladura.
Markus se detiene en mitad de la calle y no es consciente de que sus compañeros se han desentendido de él. Panamá. Ayer se fue a Panamá. Ladea la cabeza y vomita sobre la acera. La gente se aparta de él y nadie le ofrece ayuda. Se limpia los labios con un pañuelo y busca a Nike por las redes sociales. En todas ellas explica que se va, que lo deja todo sin despedirse de nadie, que quiere vivir la vida que ella desea, ser el cambio que quiere para sí misma. Habla de Panamá y ha colgado fotografías de un velero blanco amarrado a un muelle con tristeza. Nike dice que ha pensado diversos nombres para él pero que acabará bautizándolo como El Libre.
El Libre.
—¿No vienes? —Markus levanta la vista del móvil y ve a sus compañeros regresar al trabajo. Comprueba que lleva veinte minutos allí, quieto en mitad de la calle con los zapatos sucios de su propio vómito. Va con ellos hasta el ascensor y luego ocupa su puesto de trabajo. Tiene más informes que rellenar y la cantidad de correos sin leer se ha duplicado. Vuelve a las redes sociales y se pierde entre las imágenes y palabras de Nike. Repite en voz baja lo último que ha escrito: sé el cambio que deseas para tu vida. Y Nike cierra la frase con una fila de iconos de corazones azules, barcos y palmeras que dan una vertiginosa sensación de libertad.
—Tío estoy hasta atrás —dice Egbert —. ¿Puedes ayudarme con esto?
Y como Markus dice que sí, que claro que lo hará, Egbert coloca una pila de informes junto a los suyos. Sé el cambio que deseas para tu vida. Y Markus, en un arranque de coraje y lucidez, arrastra la silla hacia atrás dispuesto a seguir a Nike, preparado para no ser de este mundo y cumplir sus propios sueños. Pero el miedo le alcanza y le ancla a la mesa y a su realidad. Tiene que coger uno de los documentos para sentirse a salvo, para saber cuál es el propósito de su vida. Empieza a trabajar sobre el informe y no deja de murmurar que el mundo es de los que no tienen sueños.
Para Nike Steiger, que tuvo el valor de convertirse en ella misma.
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