Dejamos la casa por unos meses por un viaje de negocios que tuvimos mi esposa y yo, y cuando regresamos. Encontré hecho un esperpento.
La puerta trasera estaba sin el candado puesto y cuando abrí para revisar qué había ocurrido, noté que todo se había removido, en ese ínterin, un par de ratones corrieron desesperados y se ocultaron por un orificio que antes no existía allí.
Había restos de envoltorios por todo el piso, envases de gaseosas vacías y cartones de leche y en la habitación colindante, un hombre dormía en el piso. Era claro que era un indigente; de barba poblada y desaliñada, sus pies estaban negros como el carbón y el olor nauseabundo ocupó toda la habitación.
Traté de no perder la compostura y empujé su pierna con uno de mis pies para que él despertase. Se asustó cuando me descubrió parado frente a su colchón hecho de sábanas y ropas viejas. Era como si, a pesar de tener todas las comodidades que tenía a su entera disposición, de todos modos, se acostumbró tanto a vivir como lo hacía que, se olvidó cómo hacerlo mejor.
—Disculpe, señor. Pensé…
—No dé explicaciones, por favor, salga de aquí.
Acto seguido, recogió todas sus pertenencias (incluyendo su botella a medio terminar) y se retiró a toda prisa. Al final, me dio pena verlo de esa forma. Ya el mundo había sido demasiado cruel con él.
Empecé a limpiar todo lo que pude y cuando fui hacia el patio del costado. Encontré a una pareja; sentados en sus respectivos sillones.
No podía creer lo que había descubierto. Estos extraños tuvieron todo el tiempo para construir una pequeña casa de una habitación con balcón incluido.
—¡Quién es usted! —Tuvo el valor de exclamar como si yo no fuera el verdadero dueño de esta propiedad.
—Mejor dicho, ¿quiénes son ustedes? —Mi tono amenazante hizo que el sujeto se compusiera y tomara distancia—, esta es mi casa.
¿Cómo había ocurrido todo esto?, ¿en qué momento mi casa se volvió una casa de beneficencia?
—Solo actuamos conforme a las leyes —el hombre se fue rápido hasta su habitación y trajo consigo el documento que avalaba la compra de ese pequeño sector—, esto es mi documento legal de la compra de esta parte del terreno. Mire, ni siquiera sabíamos que tendríamos este tipo de inconvenientes.
—Sí, mi esposo dice la verdad, señor. Aprovechamos la oportunidad que se nos dio y este documento puedo confirmarlo —se levantó también la mujer.
Estaban acorralados, pero tampoco podía echarlos hasta que involucre a mis abogados o a la prensa.
—Les daré una noche para marcharse.
—¡No!, ¡no puede hacernos esto!
Los dejé lanzando improperios e ingresé a mi casa a continuación. Debía buscar una estrategia para desalojarlos sin sufrir las consecuencias.
Pero algo ocurrió apenas traspasé la puerta. El hombre que antes dormía allí, ahora estaba sentado en el sofá y tenía en la mano un ratón decapitado. «Tal vez estaba drogado», pensé.
Busqué a tientas el arma que pensé tenía escondido y cuando revisé en el lugar de siempre, ya no estaba allí.
—¿Acaso estás buscando esto? —Interrogó su otro vecino tras ingresar también junto a ellos.
El miedo era como una maldición. Ahora era yo quién me sentí acorralado. No había forma de huir sin confrontarse con aquel malviviente.
—Te dejaré que hables con su pareja y me dan una solución mañana por la mañana —Al final fui considerado con él, o al menos eso creí.
De la cabeza del indigente volaron sesos y materia gris tras el primer y único disparo proveniente de mi propia arma, pero disparado por el otro ocupante. En ese momento me quedé helado.
—Aquí el que manda ahora soy yo. Así que… depende de ti para replantear lo que habías dicho recién —me dijo en tono amenazante.
¿Qué podía hacer más que aceptar que debían quedarse para siempre? Entonces, solo dejé que lo hicieran y hoy viven al lado como si nunca hubiese ocurrido nada.
Desde aquel entonces han pasado seis años.
Lo peor es que a veces compartimos en familia, a veces sonrío con ellos, pero en verdad solo siento rabia. Nada más.
©2025 Marcos B. Tanis.
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