miércoles, agosto 19 2026

Vivir en el futuro by Avelino Muleiro

La espera Cuadro de la pintora Galia Blanco   @galiablanco

 

Oplus_131104

 Vivir en el futuro by Avelino Muleiro

Oplus_131104

 

Durante mi paseo matinal, con Zarita -mi fiel compañera, la perrita más cariñosa e inteligente que pueda imaginarse-, pude escuchar la charla de cuatro transeúntes, dos hombres y dos mujeres, que caminaban juntos como si formaran pareja. Una de ellas compartía con el grupo sus inquietudes: la incertidumbre sobre el porvenir de sus dos hijos y, al mismo tiempo, el temor de que su propia vejez acabara en una residencia. En esos momentos he pensado en uno de mis últimos artículos, Después que pasen cinco años, en donde el futuro aparece jugando una mala pasada. De ahí nace mi presente reflexión.

Nuestra capacidad de anticipar hechos futuros nos distingue como especie del resto de animales. Nosotros podemos proyectar escenarios futuros y prepararnos para actuar en ellos. Sin embargo, esa facultad que los filósofos y científicos han reconocido como característica esencial puede convertirse en fuente de sufrimiento cuando se transforma en obsesión.

A mi parecer, hay una diferencia crucial entre vivir en el futuro y vivir con el futuro. El ser humano, como recordaba Aristóteles al comienzo de su Metafísica, es un ser que desea conocer, pero ese deseo no se proyecta solo en comprender lo que ha sido, sino también en anticipar lo que vendrá. Vivir en el futuro es una de las tentaciones más frecuentes de la mente humana.

Zarita (imagen)

Martin Heidegger, en Ser y tiempo, señalaba que el ser humano es un ser-proyecto, un ente que se abre al futuro y cuya existencia siempre está marcada por un “todavía no”. Pero esa apertura puede volverse una tortura cuando las imágenes del futuro devoran la experiencia del presente. En estos casos ya no se vive con el futuro, sino en él, perdiendo la precisión del ahora.

El filósofo danés Søren Kierkegaard advertía que “la vida solo puede ser comprendida hacia atrás, pero debe ser vivida hacia adelante”. En esa tensión se sitúa la existencia humana. Quien vive esclavizado por el futuro, lo puede hacer de dos formas: desde el miedo o desde la fantasía. Están las personas que miran hacia adelante con angustia, previendo soledad, dependencia o abandono. La incertidumbre del futuro de los hijos, el temor a la vejez y a una posible entrada en una residencia, como comentaba la transeúnte esta mañana, actúan como un peso que inmoviliza. Son vidas que se proyectan en un horizonte sombrío, incapaces de saborear el presente porque todo se percibe desde la amenaza del mañana.

Sin embargo, no solo el temor encadena al porvenir, también lo hace el deseo, ese espejismo de la felicidad futura. Y así, encontramos a quienes sueñan obsesivamente con un futuro ideal: hijos con una carrera brillante, con contratos fabulosos, con profesiones seguras, con jubilaciones propias plenas de viajes… Pero si esos horizontes se nublan, sienten fracaso y vergüenza anticipada. Como escribió Séneca, “nos atormenta más la imaginación que la realidad”. El vivir en futuros construidos por el miedo roba serenidad al presente.

El psicólogo Albert Ellis afirmaba que gran parte de nuestra ansiedad se genera por “expectativas irracionales” sobre acontecimientos hipotéticos, subrayando que la mayor parte de nuestros sufrimientos no vienen de los hechos, sino de las ideas rígidas que construimos sobre los hechos. Obligar al futuro a estar conforme a nuestras expectativas genera decepción y frustración permanentes. El problema no está en el deseo o en la previsión, sino en el desajuste con la realidad del hoy, viviendo ahora como si esas hipótesis fueran certezas.

La clave científica del vivir en el futuro

La neurociencia, la psicología y la neurología muestran que el cerebro humano dedica buena parte de su energía a la anticipación, a imaginar escenarios que aún no existen. Pero esa capacidad se convierte muchas veces en prisión cuando se transforma en ansiedad o en obsesión. La clave está, como decía Ortega y Gasset, en comprender que “yo soy yo y mis circunstancias, y si no las salvo a ellas no me salvo yo”. El futuro no debe vivirse como imposición, sino como orientación. No es lo mismo vivir en el futuro -encerrados en la anticipación- que vivir con el futuro, es decir, orientando el presente hacia lo que vendrá.

El desafío humano no es eliminar la mirada hacia lo venidero, pues como enseñó Kant, el hombre es un ser de fines, orientado teleológicamente. Renunciar al futuro sería tanto como renunciar a la condición humana. Lo adecuado es vivir con el futuro, y no en el futuro. Hay que integrar la dimensión de lo que vendrá en nuestras decisiones actuales, pero sin quedarnos atrapados en una idealización o en un temor paralizante.

Vivir con el futuro implica preparar el porvenir desde las condiciones actuales. Viktor Frankl señala que el sentido de la vida no se encuentra en fantasear con lo que aún no llega, sino en responder responsablemente a lo que ya está frente a nosotros.

Es evidente que no podemos renunciar al futuro porque forma parte de nuestra esencia como humanos, pero sí podemos aprender a convivir con él. Se trata de programar un buen futuro no desde la angustia o la idealización, sino preparando desde el presente un mañana fecundo y esperanzador. Vivir con el futuro significa preparar los medios para que lo venidero sea mejor, sin perderse en la ansiedad, en el temor ni en el ensueño.


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo