Sus nudosas manos apretaron con fuerza los guantes. Movió la cabeza para mirar la luz del sol que aún entraba por la minúscula venta que daba a la calle, allí en la parte más alta de la pared, aunque eso molestase a sus ojos claros. La decisión estaba tomada, no había más que esa, y sólo quedaba actuar. Se irguió decidido, a su lado Juan, el veterano, parecía minúsculo.
Lo observó prepararse para la acción: cerrar el abrigo, ajustarse la máscara, ponerse los guantes. Imitar a aquellos que tenían más experiencia era una obligación en su trabajo, por eso lo imitó en todo menos en tapar la cara, prefería hacerlo justo antes de entrar en el infierno que había al otro lado de la pared.
Aquella vez él sería el primero. Su compañero abriría la puerta. Aguantaría y evitarían la lengua de fuego que entraría para comerlos. Luego él, tras chequear la situación y agachado, avanzaría seguido por el otro muy de cerca. Correrían, sin perder contacto, hasta salir de esa ratonera.
En cuclillas Juan asió con fuerza el pomo, él se ajustó la máscara para recibir el golpe de aire fresco proveniente de la bombona del equipo de respiración, que aliviaría sus fosas nasales. Encendió la linterna. Luego averno les esperaba.
Salió de la habitación al pasillo, era un largo y oscuro túnel en llamas, allí se movió con gestos aprendidos. Los fogonazos de los gases en combustión en el techo, le indicaron que aun podrían levantarse. Lo hizo lentamente, sintiendo cómo el calor iba abrazando sus movimientos. Su compañero lo siguió sujetando la cuerda de material ignífugo que los iba a mantener unidos, un bombero nunca abandona a otro. Y comenzó a andar lo más deprisa posible, siguiendo la proyección de la luz artificial que se abría camino entre el humo.
Iban en fila india, llegó una esquina y giró hacia la izquierda. Otro largo pasillo, la ceniza caía sobre ellos, sus guantes y máscara se ennegrecían. Una pequeña claridad marcaba la luz al final del túnel. Entonces sintió el tirón en la espalda y a pesar de las deflagraciones pudo oír el ruido de un cuerpo golpear con violencia contra el suelo. Juan aún lo había girado la esquina.
Dudó un instante, la luz, ya cenicienta, al fondo le anuncia la salida. Intentar arrastrar el cuerpo del otro, con la cuerda que les unía, era imposible. Entonces se giró con rapidez: había que desandar lo andado, pero rectando para aprovechar el espacio sin humo que aún quedaba en las zonas más bajas del pasillo y así usar con eficiencia la linterna, cada vez más opaca por la ceniza.
Comenzó a moverse lentamente, sujeto al hilo que le unía al cuerpo del otro bombero, que aún se mantenía inmóvil. Era cuestión de minutos llegar y hablar con él o tratar de arrastrarle.
Fue entonces cuando sonó el pitido de baja presión de aire en la bombona de su equipo de respiración asistida. Sintió la angustia de quien trata de alcanzar la superficie inalcanzable del agua sin oxigeno en los pulmones. Rápido buscó la navaja reglamentaria en sus bolsillos y agarró con fuerza la cuerda. Trató de cortarla, pero era demasiado rígida para hacerlo en poco tiempo y eso era lo que no tenía. Giró sobre sí mismo buscando la luz que le indicaba el camino de salida, demasiado lejos. Cada vez respiraba más deprisa, el corazón bombeaba con más fuerza y rapidez, en menos de cinco minutos la bombona se habría acabado y el final sería para él.
Fue cuando se percató de que aún le quedaba la bombona de Juan para ganar tiempo. A cuatro patas, como una hiena, avanzó veloz hacia su compañero, dispuesto a coger el bien preciado que llevaba en su espalda.
Entonces sintió una lluvia refrescante caer desde el techo. Se apagaban las llamas, el fin del infierno había llegado y la luz entraba desde distintos puntos abiertos en las paredes para terminar con la oscuridad. La voz del monitor apremiaba a los otros bomberos a entrar en la zona de prácticas para ayudar a salir del lugar a sus compañeros. Mientras, Juan, ileso y sentado en el suelo, levantaba la el puño con el dedo pulgar extendido para agradecerle el riesgo corrido.
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