Me di cuenta demasiado tarde.
La había destruido yo mismo.
Fue en ese instante cuando sentí que la piel se me volvía transparente, como si de pronto ya no hubiera nada entre lo que llevaba dentro y el aire. Quedé expuesto. Carne viva. Abierto en canal por mi propio sabotaje.
El pecho me ardía.
Culpa. Miedo. Esa certeza insoportable de haber cruzado una línea que ya no podía desandar.
Necesitaba oscuridad. Cualquier lugar donde la luz no pudiera señalarme con el dedo.
Eché a correr.
El pánico me apretaba la garganta mientras mis pasos golpeaban la calle casi vacía. No miré atrás. No quería saber si alguien me seguía.
Lo que no sabía era que, a pocos metros, sus pasos seguían los míos.
Lentos.
Sin prisa.
Casi invisibles en aquella tarde gris.
No sé cuánto tiempo corrí antes de detenerme. Terminé acurrucado en una esquina, con los brazos alrededor de las piernas y la cabeza inclinada, intentando tragarme las lágrimas antes de que pudieran escapar.
No funcionó.
Por primera vez en mi vida, no tenía un escudo.
Ni orgullo.
Ni una mentira convincente detrás de la cual esconderme.
Ella me encontró así.
Y no apartó la mirada.
Me vio derrumbarme sin armadura, como una estructura que finalmente cede bajo su propio peso. Todo lo que había construido para mantenerla lejos de mí se vino abajo en unos segundos.
Quizá ese era el hombre que ella siempre había querido conocer.
No el que fingía tener respuestas.
No el que sabía exactamente qué decir.
Solo yo.
Frágil. Avergonzado. Demasiado humano.
Sentí su mano sobre mi hombro antes de escuchar su voz.
El contacto fue leve.
Apenas un peso cálido.
Pero me hizo estremecer.
Me sobresalté y bajé todavía más la mirada. La vergüenza me recorrió el cuerpo como un golpe seco. En la boca se me quedó un sabor amargo, el de la derrota, el de saber que había sido yo quien había provocado todo aquello.
Ella no dijo nada.
Y aquel silencio fue peor que cualquier reproche.
Respiré hondo.
No sirvió de nada.
Las palabras ya estaban ahí, empujando contra mis dientes, demasiado grandes para seguir conteniéndolas.
—Te amo.
Salieron rotas.
Casi irreconocibles.
No sonaron como una confesión romántica. No tenían nada de hermoso. Eran apenas dos palabras arrancadas de lo que quedaba de mí.
Y, por primera vez, no las dije para obtener una respuesta.
Las dije porque ya no tenía dónde esconderlas.
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