domingo, agosto 30 2026

Carta 19: Gerald Manley Hopkins by Félix Molina

En el recuerdo fiel de mi admirado Antonio Rivero Taravillo, poeta y traductor

On ear and ear two noises too old to end

M. Hopkins

Yo soy la alondra que vio la luz última de Gerald Manley Hopkins: la que sobrevoló después el cielo ahogado de Dublín, teñido de la ceniza del puerto y de la fábrica. La que atravesó después los valles reverdecidos por el cauce y la lluvia perlada. La que se sumió en los campos de heno, iluminados por el oro del grano y la azada. La que hizo su nido, después, en la bóveda picoteada de estrellas, vecina del viento y de la noche.

Yo soy la alondra que lleva en sus alas la luz de los libres, de los jamás vencidos por la muerte. La que recuerda los nombres moteados del poeta y los esparce por el prado. La que se cierne sobre el río, confundido entre las gentes y su afán, estrellas entre la brizna y el florecimiento.

Yo soy, errada pero cierta, la alondra peregrina de la orilla, la que amanece en la ola y se posa en la orla de blancura, la que clara, acaso confundida, se avecina al mar para acercarse a la hondura, al todo, al final. Yo soy, tan feliz, la alondra que Gerald Manley Hopkins sueña antes de suspirar.


La vida de Gerald Manley Hopkins (1844-1889) es la de su poesía, sus incrustaciones de pedrería sobre el lecho —firme como la tierra— de su creencia en la belleza, en la bondad, en la verdad que él atribuye al Creador. Junto con James Joyce es una de las más vastas contribuciones, queridas o no, de la Compañía de Jesús a la literatura en lengua inglesa. Desde sus poemas más breves (pero transcendentales) hasta el más extenso El naufragio del Deutschland —que envuelve su vuelo narrativo, su anécdota, en el hermoso engaste de Hopkins—, el transcurso de su escritura es una suerte de ara luminosa donde imaginería y métrica dispensan una experiencia difícilmente traducible: cualquier traducción de su obra, de hecho, corre el inmenso riesgo de ser un pastiche. Salvo las traducciones de Antonio Rivero Taravillo (en su bella antología El mar y la alondra), de quien, en los días en que escribo esto, me tengo que acordar, dolorido, por algo que no es ni su gusto de maestro, ni sus versos, ni su prosa siempre iluminada…

Pienso (más bien siento) que traductor y poeta ya están juntos.

Aquí un botón de G. M. Hopkins:

PIED BEAUTY

GLORY be to God for dappled things—

For skies of couple-colour as a brinded cow;

For rose-moles all in stipple upon trout that swim;

Fresh-firecoal chestnut-falls; finches’ wings;

Landscape plotted and pieced—fold, fallow, and plough;

And áll trádes, their gear and tackle and trim.

All things counter, original, spare, strange;

Whatever is fickle, freckled (who knows how?)

With swift, slow; sweet, sour; adazzle, dim;

He fathers-forth whose beauty is past change:

Praise him.

 

BELLEZA EN VETA

Gloria al cielo por su lienzo manchado,

por la piel de su vaca, pacífica, celeste,

por las briznas de rosa que aletean, como peces,

cercanas al incendio del castaño y sus hojas, del pájaro y sus plumas.

Gloria a la tierra, en sus muchos remiendos: sembrado, pasto, labrantío,

hollados por la huella, por hoces, por guadañas…

 

Un todo siempre uno, y dos, sin par y emparejado, diversamente uno,

como aunado en el capricho de sus formas –quién sabe cómo-,

hijo de la velocidad o la quietud, del dulzor o la amargura, del brillo o la ceniza,

de la luz engendrado por Quien no conoce cambio.

Sólo gloria.

 

[Versión de Félix molina]

 

 


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