—Vamos a dar un paseo, señor Mendéz. —El hombre moreno conducía solo por una carretera deshabitada—. ¡Ya vera lo bien que lo vamos a pasar!
—¿Quién demonios eres? ¡Sal de mi cabeza! —El vehículo se desestabilizó por un momento, arrimándose al acantilado—. ¡Joder!
—Cuidado, señor Méndez, que nos podemos matar los dos. —La voz retumbaba en su cerebro, taladrándole la sien—. Y no queremos eso, ¿verdad?
—¿Dónde estás? Déjame verte, hijo de puta. —Buscó por el retrovisor, pero el coche parecía vacío—. ¿Dónde demonios estás?
—Seremos buenos amigos, estoy seguro. Usted me gusta, es inteligente. —La voz emitió una pequeña sonrisa macabra—. Estoy más cerca de lo que se puede imaginar.
—¡Te siento en mi cabeza! —Se golpeó la frente un par de veces—. ¿Qué esta pasando?
El sudor frío comenzó a caer por su cuello y una palidez extrema se fue apoderando del semblante. El chirrido de las cubiertas le advirtió que estaba perdiendo el conocimiento. Casi no lograba respirar, como si algo presionara su garganta. Segundos después se estrelló contra un árbol al borde de la carretera, dejando el capó deformado e incrustándose parte del volante en su tórax.
—Mira que se lo dije. Señor Méndez, tenga cuidado de que nos podemos matar los dos.
Casi inconsciente, susurró a la voz de su cabeza. —¿Dónde estás? ¿Eres un espíritu, un ente, que se metió dentro de mí?
—Me caía bien, ahora tendré que buscar otro amigo. Espero que sea tan entretenido como usted. Un placer conocerlo, señor Méndez.
Antes de perder la conciencia, el hombro tocó su rostro, su cabello. Paso la mano por su nuca, y ahí, ahí lo sintió. Una enorme garrapata se desprendía de su piel, dejando al señor Méndez, maltrecho contra aquel árbol, casi sin sangre y dando su último suspiro por su nuevo amigo.
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