Me meto al baño de hombres, me miro al espejo, con dedos trémulos me aplico con su delineador de cejas rayas verticales negras en la frente, en las mejillas, bajo los labios, encima de la nariz, otras rojas, con el rouge que también le saqué de la cartera a ella mientras coqueteaba con unos vecinos de mesa que parecían gringos, extranjeros. Y ahora es entonces el hombre lobo el que me mira, me enfrenta desde ese mundo reflejo del espejo en la pared, encima del lavatorio. Abro la llave y dejo que salga un chorro de agua casi hirviendo, con la toalla me borro las marcas de la cara, ahogo un grito de dolor y salgo vivificado, envalentonado, a ella, a la pista de baile, la tomo del brazo, pasa a buscar sus cosas, salimos. Ya estamos afuera de la discoteca—ella dice que le parece ver cómo el sol lanza sus primeros rayos tras los picachos de la cordillera que rodea a la ciudad—como si ésta fuera una cavidad que hubiera dejado un colmillo al extraerse. Un colmillo tan largo y filudo como los que me brotan distendiéndome las encías en un dolor brutal, mientras mis oídos se llenan de un barullo infinito. Hace un momento, cuando todavía era hombre, la noche que finalizaba, la madrugada que se deja entrever, estaban embebidas de un silencio sepulcral. Mis nuevas narices son un suplicio tanto por los tejidos que se distienden como por el súbito tsunami de olores, el de ella prevaleciente. Entonces trato de gritar, tanto por el dolor de la transformación como por la sobrecarga de los sentidos ahora despiertos. De mi boca, ahora de mi hocico, lo que sale es un aullido que choca y vibra contra las paredes, las puertas, las fachadas de los edificios. Entonces es que hundo mis colmillos en su garganta.
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