En Umbría, las calles respiran. Los edificios sangran tinta negra por grietas que nunca cierran.
Llegué buscando mi nombre. Me dijeron que aquí los olvidados recuperan lo perdido.
En la plaza central, estatuas de niños con bocas cosidas sostienen faroles apagados. Sus ojos me siguen. Reconozco mi mirada en cada uno.
Las vendedoras del mercado ofrecen frascos con suspiros atrapados. «¿Cuál fue tu último aliento de felicidad?», preguntan. No respondo. No recuerdo.
Al caer la noche, la ciudad se contrae. Las casas se pliegan sobre sí mismas como origamis de carne. Los habitantes desaparecen en sus propias sombras.
Yo permanezco en la calle vacía.
Es mentira.
Umbría no devuelve lo perdido. Colecciona a los que ya no tienen regreso.
Ahora soy estatua. Mi boca se cierra con un hilo invisible.
Y sostengo un farol que nunca encenderé.
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