martes, septiembre 1 2026

Ecos de siega —01 by Domingo Alberto Martínez

El siguiente capítulo aparecerá mañana (nota del Editor)

El agua enseguida se volvió turbia, pero, aun mezclada con sangre y barro, no dejaban de beberla y en muchos casos incluso combatían por ella.

Historia de la guerra del Peloponeso

Tucídides

1

 

El viejo tiene un nudo en la garganta. Lleva todo el camino dándole vueltas a la estación, y más que a la estación a la casilla del guardabarreras, porque no se atreve a seguir adelante. En aquella lata de sardinas vivía la tía Poncia, una viuda treintañona, escurrida y recia, con los siete de su prole, desde el mayor, que estaba ya para filas, hasta la benjamina, una sargantana vivaz como su madre que no subiría allá de los cinco años. A la hora de dormir, cada uno apoyaba la cabeza a los pies del otro; se turnaban para poner y quitar las cadenas según los horarios de Renfe, daba lo mismo que fuera de día o de noche, invierno o verano, el ómnibus de Zaragoza o el correo-expreso de Madrid. El resto del tiempo la tía Poncia lo pasaba en el patio, a medias huerto, a medias corral para gallinas y conejar. A la mujer aquella el día se le iba en un volado entre cortar leña, escardar e ir a por agua, cavando y sembrando patatas, horneando el pan, abriendo regatas, regando los ajos y las cebollas, enristrando los pimientos en la cocina, estercolando las matas de los garbanzos para que no le quedasen birriosas, disponiendo las estacas para los guisantes y, en los ratos sueltos, tejiendo paños y zurciendo pantalones. En aquellos tiempos, con siete bocas a la mesa y la suya ocho, trabajo no faltaba. Pero por mucho que la tía Poncia se afanase, la tierra daba para lo que daba. Las culebras se freían, no estaban mal del todo, ni tampoco los lagartos cuando apretaba el hambre. La carne de urraca, en cambio, ya podías desmenuzarla y cocerla durante horas, que seguía igual de correosa. Aun así, con farinetas, aceite y sal, los de la tía Poncia no perdonaban ni los huesos. El viejo no los ha olvidado: morenos, escuálidos, la mirada lobuna, vestidos con la ropa usada de Acción Católica, cortaban cardos borriqueros y les quitaban las espinas con una navajita. «Cuando el estómago se retortija —musita, encogiéndose de hombros— no te andas con zarandajas». Fueron tiempos de miseria cotidiana, esos primeros cuarenta. Duros como la carne de urraca. Y a la tía Poncia se le malograron cuatro de los siete críos.

El TRD traquetea monocorde, marchando al trantrán de una Singer a pedal. La vía cose el páramo invertebrado, los caseríos aislados sembrados a voleo de las guerras cainitas, las migraciones y el hambre. Barranqueras color ceniza, ralas de matorral, con aliagas espinosas y sisallos cociéndose al sol. El viejo observa el panorama de tierra ocre y rojo cinabrio, los campos roturados, la cándara gris de los surcos. Sobre una loma hay una docena de ovejas que escarban la tierra con el morro, rumiando un hierbajo aquí, una raíz allá; mastican hasta formar un engrudo pringoso que tragan con sumisa indiferencia, mientras el perro, un mestizo paticorto con el pelo amarillo a guedejas, corre en círculos ladrándole al tren.

Cuando la máquina se detiene en el apeadero de La Hoz de la Huesa (hasta hace unos años, La Hoz del Caudillo), los dos vagones se le echan encima con un gruñido de acordeón desfondado. Ha pasado mucho tiempo, puede que demasiado, reflexiona don Sebastià, que no recordaba tan mezquina la caseta del guardabarreras. Y desde luego, sin los grafitis. El sol cae a plomo, el andén huele a alquitrán caliente. A un lado, entre las malas hierbas, un montículo de rieles oxidados con pegotes de hormigón. Solo al entornar los ojos logra distinguir la silueta de alguien sentado en un banco, a la sombra del voladizo de chapa; se trata de una señora de unos sesenta y pico o setenta años, con permanente a lo The final countdown y chándal de táctel, verde fosforito, que hojea una revista, la ¡Hola!, tan entretenida que no levanta la cabeza cuando el tren se detiene ni cuando, al cabo de tres o cuatro minutos, se pone en marcha con el mismo crujido de caja de herramientas. Sale del interior un muchacho orejón y desgalichado, en mangas de camisa, con el quepis de medio lado y el banderín bajo el brazo, que se sube la bragueta —¡augh!, exclama. Se ha cogido un pellizco— y responde de mala gana al saludo de don Sebastià o ni siquiera lo hace, antes de darle la espalda y volver sobre sus pasos. La tía Poncia tenía el rostro coloradote de sudar y el pelo pegado a la frente, enredado de canas; y ni la señora de la revista ni el subalterno se le parecen en nada.

El viejo sale de la estación sin otra compañía que la de su sombra, que le tira de los bajos de los pantalones. Camina despacio, da la impresión de hacerlo más despacio a cada paso, como el que va barruntando algo. Por el camino que conduce hacia los lavaderos pasa por delante de una era con una carrasca raquítica, de la que se descuelga un neumático a modo de columpio. El bochorno lo balancea con mano invisible: un poco hacia un lado, un poco hacia el otro. Es como si un niño acabara de bajarse, pero no se adivina a nadie en el contorno. Cierra la era el muro de una paridera, con el techo hundido y trozos de tejas y parte del enlucido por el suelo. La puerta entreabierta deja ver el interior, una lavadora sin tapa ni tambor y un rosario de bolsas de basura. Al peirón de las Ánimas Benditas le falta la estatuilla de Nuestra Señora, que alguien debió llevarse, y la sustituyeron por un ramito de flores de plástico. Ora pro nobis peccatoribus. Apoyado en una de las aristas, el cuadro de una bicicleta al que le falta todo lo demás: las ruedas y el manillar, el sillín, los pedales. El viejo parpadea, no sabe muy bien qué pensar. Solo acierta a enjugarse el sudor de la frente con un pañuelo, antes de seguir adelante.

Alcanza los corrales a pasos cortos, al compás de las chicharras. Gira por las primeras casas y se interna por un callejón que da la impresión de no tener salida, pero la tiene a través de un pasaje estrecho que huele a meados. Bajo la parrilla al rojo no le cuesta dar con el camino, lo mismo que el bruto que sigue su querencia o el turbión que vuelve por los fueros de su antiguo cauce. Atraviesa las calles de tierra compacta y grava, dejando a un lado el edificio de la fragua y la ruina del de las escuelas, y al otro, tras los pajares, la ermita de san Bartolomé con las cruces del cementerio, que asoman torcidas entre la maleza. La iglesuela cuadrangular se encarama con torpeza de fraile obeso sobre una giba del terreno, con la torre desmochada, incendiada durante la guerra civil y enlucida luego, y la lápida con la retahíla de los caídos por Dios y por España. Don Sebastià no necesita leerla, se la sabe de memoria; la aprendió de corrido, como la lista de los reyes godos o los afluentes del Ebro, del tirón (de orejas que le daba el maestro, don Primitivo Sarmiento, sereno hasta el treinta y tantos, solo que cambiase Antón por Antúnez) y a pescozones, de ahí que no quiera acordarse. Que se pudra, ese revoltijo de los huesos con los nombres. Vista desde los pies, con el ladrillo mordido por la intemperie y el nido de cigüeñas sin cigüeñas en lo alto, la torre le hace pensar en un eccehomo. Las casonas achaparradas, gruesas como hogazas de pan cocido ayer o anteayer o hace cien años, se aprietan a los flancos de la iglesia como perdigones en busca de calor y protección, y una esperanza de supervivencia.

Don Sebastià sigue sin cruzarse con nadie. Tropieza, eso sí, en un descampado, con un burro llamado Hambre, apoyado con las patas delanteras en un rimero de cantos, como si estuviera rezando de rodillas o fuera a grabarlo Goya al aguafuerte, tan delgado que se le pueden contar las costillas una a una. Pasa rodando a lo lejos una barrilla seca, un almajo de jaboneros. El burro tirita, tiene los párpados pitañosos, empañados de melancolía. Sigue la hierba rodadora desde lejos, rumiándola mentalmente hasta que desaparece. Entonces cierra los ojos, quizá porque ha olvidado cómo se llora. El polvo cubre las fachadas y las replacetas, convierte las ventanas en vidrieras por las que deambulan los santos estilitas, el ayuno y las tentaciones de Jesús. El polvo, el pueblo, se deshace en remolinos, y hacia las afueras en un retazal de barbechos que avanzan y se repliegan, el viejo suspira, dejando solo desierto. En La Hoz de la Huesa ya nadie avienta el grano, el vino se vuelve vinagre, los arados se oxidan, los mayales tiemblan de puro olvido. El viejo guiña los ojos tras las gafas, que se le escurren por el grifo mal cerrado de la nariz; contempla las tierras de labor y trillos desvencijados, los terrones, los guijarros y las pajas, el suelo en el que sus abuelos se astillaron las manos, las piedras que ahora ocultan las tumbas.

Ha llegado al pueblo en el silencio de las mesas aún puestas, cuando hasta los insectos, cansados de bregar, se toman un respiro, las acequias son surcos, un hilillo tenue al fondo, cuando octogenarios ahogados en sopor, respirando a rebato cada vez que, entre desgarrones del sueño, olvidan hacerlo, se incorporan trabajosamente para ir al baño, con los floripondios del sillón tatuados en la carne fofa, tartajean sin hacerse entender por encima del wéstern de la tele y, con un ruido de cisterna de fondo, se aovillan otra vez bajo las mantas y cierran los ojos. Deja atrás el secarral vibrante de luz de la plaza para deambular por los meandros en sombra de la sobremesa, los callejones abandonados a las ortigas silvestres y las sillas de cámping montando guardia junto a las puertas, a las hileras de hormigas atareadas, cargando esta una miga, aquella otra una peladura, las siguientes el cuerpo a trozos de un saltamontes. Don Sebastià, que necesita apoyarse en el bastón y se detiene cada pocos pasos, escucha el bostezo de un gallo encerrado en un corral, ahíto de sol.

La casa de los Escario es un brasero apagado, al que nadie se ha molestado en limpiarle la ceniza, un cubo de tapial y cantos rodados con barrotes en las ventanas de la planta baja y, en el resto, las persianas echadas. Mausoleo cuadrangular, memoria fusilada por el tiempo, diríase que la vida ha escapado por los balcones antes de que los condenaran, que los hombres se perdieron en la guerra, la última o cualquier otra, y las mujeres devanan desde entonces un rosario de letanías, de rodillas cara a la pared. Sentada en un poyo de obra, con las manos en el regazo como cochinillas muertas, arrebujada frente al miramiento y el qué dirán en infinidad de vueltas y revueltas de paño negro, don Sebastià tropieza con un rostro que es una bola de papel de estraza, una máscara mortuoria con los ojos cerrados y la boca entreabierta; roncando, qué duda cabe, ahí está de nuevo: un gruñido que se aflauta hasta volver a empezar. Es la Fuencisla, ¿quién, si no? Una solterona angulosa, reservona y fea, prima segunda de su madre, que ha venido echando una mano en la casa y con los machos desde que Aquilino, el gañán, yegüerizo y ranero, con el que paseaba cogida del brazo los domingos calle arriba, calle abajo, la plantó por una maleta de cartón para volar a las Alemanias, el pichón. La Fuencisla no ha cambiado apenas desde entonces; la nota más arrugada, eso sí, más seca. Incluso ha ganado un no sé qué en el gesto, un algo diferente, quizá por la austeridad del sueño o la dignidad de las canas, que convierte la fealdad en un rasgo familiar, casi intrascendente, esa fealdad característica de los pueblos apartados, ajenos al tráfico de personas y con poca o ninguna relación con el mundo exterior, fruto de generaciones de tíos, primos, cuñados, revueltos entre sí, de la selección de la fuerza por encima de la delicadeza, que explica la dureza de las labores cotidianas y el rigor de los elementos, una fealdad que hasta en La Hoz de la Huesa fue la comidilla durante años; y ahora son esos mismos años los que la disimulan, los que han terminado por domesticarla, convirtiéndola en el fruto natural de los muchos quehaceres y la suma de las estaciones, aunque seguramente no sea tan mayor. No mucho más que él, si nos paramos a echar cuentas.

Don Sebastià la sortea con cuidado para que no se despierte y vuelve a entrar en su casa.

 

 

 

 


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