Estaba preocupado porque Mark llevaba un par de meses retrasado. El contrato estipulaba que mandaría dos relatos al mes. O uno cada quince días si le resultaba más cómodo. La cosa empezó bien. Los primeros meses enviaba puntualmente sus trabajos. Cosa rara conociendo al borrachín de Mark. Hasta llegué a hacerme ilusiones de que hubiera sentado la cabeza. Que hubiera dejado el alcohol, las fiestas y las aventuras con adolescentes operadas. Así era Mark. El bueno de Mark. Un pedazo de pan pero un juerguista insumiso.
Levanté el auricular del teléfono “Cisco” de mi escritorio. Últimamente veía esos terminales grises por todas partes. Debo tener grabado el número de Mark en la memoria de ese aparato, pero nunca me acuerdo cómo se hace para recuperarlo. Afortunadamente soy de la vieja escuela, de los que memorizamos números de teléfono. Como antiguamente, en el siglo XX. A veces pienso que los números de teléfono de amigos y familiares ocupan en mi cerebro el espacio que necesito para recordar otras cosas más importantes. Buena excusa para disimular que la edad me disminuye la memoria.
Mark y yo somos colegas desde la infancia. Cuando él era el guapo cachas de la clase. Y yo era el empollón de gafas. Mark siempre me defendía de todos los peligros. Sobre todo de dos peligros que iban con nosotros a clase y que se entretenían haciéndome rabiar. Mark me defendía y yo, a cambio, le hacía los deberes. Y le pasaba los exámenes para que sólo tuviera que copiar. A pesar de ello, yo siempre me sentí en deuda con Mark.
Pasaron los años y Mark se convirtió en un aventurero. Viajó por medio mundo mientras yo acababa periodismo al tiempo que colaboraba en un periódico de tirada nacional. Experiencia que me sirvió para obtener buenos contactos y me animó a crear mi propia empresa: una pequeña editorial con un éxito aceptable. Hasta que, al cabo de unos años, nuestras vidas se volvieron a cruzar. Fue en una discoteca de moda cerca de la Gran Vía.
El bueno de Mark parecía un héroe de la pantalla. Carisma, simpatía, don de gentes… siempre el centro de la reunión. Nos abrazamos como si fuéramos náufragos que se encuentran en una isla desierta. Después de unas cuantas rondas de copas, que tuve que pagar yo, acabamos, a las tantas, en un tugurio tomando café y contándonos nuestras penas. Mark, con sólo treinta años tenía historias y aventuras para parar un tren. Para escribir un libro… o mil libros.
—Has dado con tu hombre. No me cuentes más, escríbelo. Y yo te lo publico.
Hicimos la prueba. Me escribió tres relatos, basados en sus aventuras por América del sur y por África. El condenado era bueno escribiendo. Mantenía el mismo tono entusiasta y cautivador que emanaba de su conversación. Yo estaba encantado y firmamos un contrato. Y, por supuesto, le adelanté una buena cantidad.
No tardé mucho en darme cuenta de que el whisky era su gasolina. Y que la noche era su autopista. O su circuito de velocidad. Y la velocidad que alcanzaba era mucha y muy adictiva.
Marqué los números en el teclado disfrutando los tonos electrónicos de las teclas. Pí, pí, pipipí. Odio estos teléfonos de oficina, con auriculares ergonómicos y olor a plástico reciclado. Me tomé un momento para pensar en cómo abordar la cuestión. Cómo regañarle sin hacerle daño, sin enfadarle y que desapareciera de la ciudad. Ese era mi principal miedo, que desapareciera de un día para otro. Y me dejara colgado. O lo que es peor, que se metiera en un lío irreversible. Mejor le invitaría a cenar. Charlaríamos de cosas mundanas. Me interesaría por su estado de ánimo. Tomaríamos unas copas. Y le estimularía diciéndole que sus relatos eran extraordinarios y que estábamos todos deseosos de leer más. Nadie contestó a esa llamada.
Salí escopetado de la oficina y me dirigí al apartamento de Mark. Por el camino pensé en llamar a la policía, temiendo que me encontrara a Mark desangrado sobre la mugrosa alfombra de su salón. O sobre la mugrosa colcha de su dormitorio. O sobre el mugroso fregadero de la cocina siempre repleto de platos sucios llenos de colillas y pañuelos de papel.
El apartamento estaba como siempre: hecho un desastre, una leonera. Libros por encima de los cojines del sofá. Una taza de café a medio beber. Ceniceros repletos. Y un olor indescriptible. Pero no estaba Mark. En la mesilla de su dormitorio encontré un sobre con una nota manuscrita y un pendrive. La nota decía:
«Querido amigo. Esta vida no es para mí. Me siento como pájaro enjaulado. Las chicas son demasiado blancas, demasiado limpias, demasiado educadas. Y el alcohol demasiado depurado y fino. Con los últimos cuartos que me adelantaste he cogido billete sólo de ida para Malasia. Es el único país que me falta por visitar del sureste asiático. No sé si volveré, no creo que me apetezca. Pero no te preocupes por mi, me irá bien. En compensación te dejo el pendrive. Me he pasado una semana sin dormir escribiendo todo lo que recuerda mi viejo cerebro de mis aventuras por los rincones más recónditos del planeta. Está todo ahí, en el pendrive. Lo siento, el portátil lo vendí por walapop después de borrar convenientemente el disco duro, claro.
Te echaré de menos y espero que tú también me eches de menos a mi. Eres un tío grande y te mereces lo mejor. Gracias a ti aprendí todo lo que he necesitado para sobrevivir. Siempre estaré en deuda contigo.
Un abrazo fuerte de tu amigo Mark”
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