Que uno sea el creador del endecasílabo castellano —al menos, compréndanme, quien lo dotó de toda la hermosura que cabe en En tanto que de rosa y azucena—, que uno aguante la tozudez de Boscán (esos versos sin respiración posible) para enterarse, bajo la luz oscilante de una vela robada a la intendencia, del arrogante verso del Navagero, que uno termine rimando liras y estancias sin desatino para acabar cebado por el rancho de otros tres mil hombres a tu mando, en arenas ardientes, allá donde a la playa agreste y al arrebol de la luz le llamamos Málaga.
Que uno se desviva, en noches de disperso centinela, por cantar, ay Isabel, cómo Se muestra la color en vuestro gesto, para que nos embarquen sin grado ni fortuna, como a ganado vil que se desprecia, desde Málaga a la Provenza, que uno concilie el ritmo de la bitácora con el soneto y la elegía, y el oleaje se desperdigue por la estrofa, y las gaviotas se sumen, como un rebaño indócil, a la égloga.
Que uno se revuelva como una lagartija, agarrado al recuerdo y su ambrosía, por los verdosos muros de una torre. Y que vuestro mirar ardiente, honesto sea todo mi escudo y mi refugio, mientras llueven las flechas y las piedras.
Tanto rimar para acabar en una zanja, perdida ya la altura y el destino, enfangado en el lodo y en lo oscuro de un foso, allá donde la muerte, con un extraño ritmo, Enciende al corazón y lo refrena…

Garcilaso de la Vega (1491/1503-1536), poeta y, circunstancialmente, soldado (aunque le pese a Alberti), es esa figura que las literaturas prodigan para dar comienzo a un acontecer elegante y menos brusco (como Spenser en la lengua inglesa, como Labé en la francesa). Se queda —en medio de esos interludios de misiones diplomáticas y bélicas— con el soniquete del endecasílabo italiano y acaba implantándolo, como en la mejor de las macetas, en una literatura española poco amante de la prosodia hasta entonces. Su obra completa apenas abarca las ciento cincuenta páginas, entre sonetos, elegías y églogas. Pero, como si fuera el oleaje de la troquelación, ese sonido de su verso de once sílabas te atraviesa por dentro, desde la edad escolar, y ya no cesa
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