Cada inicio de año trae consigo la apertura al cambio, quizá por ello hacemos días antes nuestra lista de propósitos para el año venidero. Hay estadísticas que demuestran que los gimnasios se llenan de inscripciones los primeros días de enero. También se busca dejar malos hábitos atrás: dejar de fumar, perder algunos kilos, ser más ordenados, vivir más el presente, darle más tiempo a lo importante y la lista continúa y a veces es más extensa de lo que humanamente podemos abarcar en unos cuantos días.
Pocas veces incluimos en nuestra lista la permanencia de virtudes. Ponemos más el foco en aquello que nos falta, que en lo que ya tenemos. Creo que es parte de la naturaleza humana no conformarnos y eso es bueno: ayuda a evitar la mediocridad, pero también le quita un poco el valor a lo que ya hemos obtenido. Queremos más y dejamos de apreciar el camino recorrido que nos ha llevado hasta donde nos encontramos. Si corrimos una carrera de cinco kilómetros el año anterior, este queremos superarnos y recorrer una de diez, cuando en realidad lo que necesitamos es primero estabilizarnos en los cinco kilómetros y tiempo después intentar otros cinco, solo si es realmente lo mejor para nosotros y no por ser el siguiente eslabón de la escalera.
Quizá por eso los propósitos no deberían pensarse solo como metas, sino como procesos. No solo porque la motivación de los primeros días no es fácil de sostener, sino porque los pasos bien dados en un proceso ayudan a la creación de hábitos e intensifican la permanencia. Regresando a los propósitos, de nada sirve bajar cinco kilos en pocos días con formulas milagrosas, si llega el efecto rebote. Más vale hacer cambios pequeños y permanentes que grandes cambios que son como estrellas fugaces. No se trata de obligarnos a ser distintos de un día para otro, pero tampoco de aferrarnos a lo conocido por miedo a perder el equilibrio, sino de aprender a integrar, porque crecer implica aprender a balancear.
El problema no es los sí o los no que podemos tener claros, sino los quizás. Si quiero dejar el cigarro, no puedo pasar de dos cajetillas a cero, quizá intentar solo fumar una, aunque cueste a veces más el parar que el renunciar. Porque sí, a veces no es más difícil no tomar una copa en todo un día que el evitar tomar la segunda o la tercera. Los primeros días se acude al gimnasio motivados, pero regresar después de tres o cuatro días sin movimiento puede ser más cuesta arriba. Leer más no siempre es mejor que leer poco con conciencia y calidad y sí, lo dice alguien que ya va por su tercer libro este año.
Año nuevo ¿vida nueva? No me acaba de convencer la frase. Tal vez la clave no está en la novedad, sino en la simple mejoría. Probablemente nada en esta vida se trata de pasar de cero a cien o de cien a cero, sino de hoy mejor que ayer, pero un poco menos que mañana, porque mañana el listón estará un poquito más alto.
Orlando, Florida 1 de enero de 2026
- Teresa Esteban es escritora (terestber@gmail.com).
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