Por esto suplico, per Deos obsecro, nadie me lo pida, yo no bailo.
La verdad, yo no quería ir. Lo digo honestamente, hubiera preferido quedarme en casa: si hay algo que detesto es bailar. Pero, en fin , ya estaba muy cerca de mi destino.
–A cambiar el ánimo –pensé-, que esta noche es de fiesta; esta noche nos divertiremos
Recordaba durante el trayecto todo lo que había pasado antes. Algunas semanas atrás, recibí una invitación a Palacio. En un sello muy orlado, con el sello de Su Majestad Serenísima, se me convidaba al baile de carnaval que ofrecían los Reyes. Como única y estricta condición, se exigía asistir disfrazado de forma irreconocible, preferiblemente con una máscara y a la media noche todos habríamos de descubrirnos. Estos bailes son una tradición antiquísima en este país; el de los Reyes, por supuesto, es el más elegante, pero todo el mundo –de una forma o de otra-, organizaba su fiesta de disfraces; es que el carnaval es casi una fecha patria.
Ya imaginaba lo que encontraría allí. Y mi actuación. Ah, maravilloso: mármol, marfil, cristal, seda. Por acá un mozo y dos augustas damas; buenas noches, risas; no veo qué les pellizca el caballero. Todos nos miramos y reímos juntos. Más adelante, amigos bonachones. ¡Mirad, si es el señor Obispo! Lo reconozco porque las copas siempre le hacen cantar la misma canción. ¡Gusto de verlo, señor Alcalde! Reímos y celebramos con otra botella. Buenas noches, Su Excelencia; tanto gusto, preciosa damisela cortesana. (Si no recuerdo mal, antes acompañabas a otro embajador, no a éste… pero qué importa) A los Reyes no los veo, ¡deben estar tan bien disfrazados que es imposible localizarlos!
Pero un momento, ¡hay que bailar! Sí, bailemos, bailemos toda la noche, que a eso vinimos; la orquesta no toca (y a quién le importa si toca o no), es verdad. Lo único que importa es bailar, ahora que todavía tenemos antifaz. Por toda la pista, por todo el salón, por todo el castillo: en las escaleras, sobre las mesas, en todos los sitios, girando cada vez más de prisa, más que la música (cuando haya), más y más…. ¡Quien diga que esta vida es frívola es porque no sabe bailar, ja, ja! Bailemos antes de que sean las doce y termine el juego, ahora todavía tenemos antifaces… ¡Aprovechemos!
–Llegamos señor –me dijo mi chofer, sacándome de mi letargo.
–No tardaré –le respondí- Espérame sólo unos minutos; únicamente voy a… saludar.
Bajo del auto. Antes de entrar me coloco mi antifaz y me deslizo suavemente entre la muchedumbre, casi adherido a las paredes. Me acerco hasta uno de los enormes mesones donde se hallan dispuestos algunos de los bocadillos. Miro el reloj: se me está acabando el tiempo; pronto va a llegar mi chofer. No sé qué hacer. De pronto veo varias botellas de champaña descorchadas listas para ser servidas. Me acerco y saco el cianuro que traje…
¡Todo, que no quede nada! Mezclo bien, cuidando de que la mezcla no haga espuma. Listo. Salgo apresurado del salón, por la puerta trasera. El tiempo corre; en unos momentos más volverá mi empleado. Me escondo (algún sirviente podría verme). Sin embargo, noto que nadie se da cuenta de mi presencia, ni siquiera hay alguien cerca. Escalo la verja, salto y estoy en la calle; si hubiera tardado un solo segundo más tal vez los guardias me hubieran visto y seguramente ahora estaría en prisión.
Ya dentro del auto, imagino cómo sería el baile, qué estaría sucediendo… No puedo evitar sentir una extraña sensación de levedad y alivio, que a juzgar por el “¿Por qué tan contento, señor, muchos conocidos?” de mi chofer, debía ser muy notoria.
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