Parece probado que el antifeminismo gana terreno entre los adolescentes. Podemos hablar de causas, bulos y efectos, pero invertiré el orden para empezar por un efecto que no suele señalarse. No tengo ningún hijo varón, pero si así fuera le diría: sé feminista, es por tu bien. Es cierto que a lo largo de toda la Historia no ha habido nada peor que ser mujer: hasta los esclavos consiguieron todos sus derechos (incluyendo el voto) antes que las mujeres, y eso que muchísimas mujeres fueron abolicionistas y lucharon por ellos. Pero la vida de un hombre en una sociedad patriarcal tampoco es fácil: para empezar y sobre todo, no conocerás el amor, que es, sin duda, lo único que podrá hacerte realmente feliz. Créeme: sólo hay verdadero amor entre dos personas que se respetan por igual, que se sienten igualmente libres, valiosos y apreciados. Y es maravilloso.
No sé qué has visto en tu casa, pero probablemente pertenezcas a la primera o una de las primeras generaciones que no han sido abofeteados o castigados físicamente ni en casa ni en el colegio, así que probablemente no sepas de qué hablas cuando dices (estudio del Centro Reina Sofía FAD Juventud) que la violencia contra las mujeres “no es para tanto” o que las mujeres también tienen la culpa. Mira: sí es para tanto. Según datos del Consejo General del Poder Judicial (formado, por cierto, casi sólo por hombres), la media es de una mujer asesinada por su pareja cada seis días y de unos cinco hombres asesinados por mujeres al año. Las mujeres son víctimas del 97,7 por ciento de las agresiones sexuales, del 68,4 por ciento de agresiones sexuales a menores y casi el 100 por cien de la trata.
Dicen también las encuestas que te sientes en inferioridad respecto a las mujeres: a ellas se las protege más, se las cree más, se las ayuda más…, que el feminismo hace que se os vea como culpables de antemano, que generaliza la impresión de que cualquier hombre puede ser un asesino… Lo comprendo. De verdad. Y, sobre todo, comprendo que esa sensación debe de ser muy desagradable. Sé muy bien –porque soy mujer- lo frustrante que es ser prejuzgado: piensa que a las mujeres, desde nuestro propio nacimiento y durante milenios, ya se nos prejuzgaba como débiles, estúpidas, sin alma, histéricas, sin capacidad de decisión y, sobre todo, seres semi-humanos que constituían una propiedad con la que negociar; seres sin otro valor que el de procurar placer a los hombres y darles hijos. ¡Milenios, chaval, desde el principio de los tiempos hasta hace un par de días, como quien dice! Y sí, sigue siendo la norma en muchísimos países, pero no, no es cosa de extranjeros ni inmigrantes, responsables, en España, de menos del 40 por ciento de los asesinatos de mujeres.
Durante ese mismo período de tiempo –aquí, en Occidente, en tu país- se nos prohibió estudiar, ejercer una profesión, decidir si queríamos o no tener hijos o cuántos, administrar nuestro propio dinero, saber siquiera lo que es la autoestima o distanciarnos de nuestra pareja si cogía la costumbre de darnos una paliza cuando la comida estaba fría. De modo que partimos de tan abajo que no debe extrañarte que en algunos sectores –como la Policía, la Guardia Civil o algunos cargos directivos y políticos- haya cuotas para asegurar que las mujeres pueden alcanzar sus aspiraciones.
Ejemplo de lo que tú consideras “pasarse” es penalizar los piropos, pero sólo están penalizados los que resultan un insulto o una amenaza y, en todo caso, te aseguro (de primera mano) que es desagradable y humillante que los hombres nos miren de arriba abajo y valoren en voz alta qué opinan de nuestro cuerpo sin que nosotras les demos permiso para ello (y llevar escote o falda corta no es un permiso, sólo una forma de vestir, como cuando tú llevas unos pantalones muy ajustados, la camisa desabrochada, la camiseta sin tirantes, la raja del culo al aire…). Probablemente ninguna mujer haya observado con minuciosa superioridad tu cuerpo mientras vas por la calle o estás trabajando y te haya hecho gestos obscenos o te haya dicho cosas como “¡dónde vas con esa barriga cervecera, que pareces preñado! o ¡estás para meterte mano y comerte a cachos, tío bueno!” o haya juzgado el tamaño de tu trasero o de tu pene. Y si lo hacen, denúncialo, porque todos los castigos por violencia de género, acoso sexual, abuso, intimidación… son exactamente los mismos para los hombres que para las mujeres.
Parece que te molesta la expresión “masculinidad tóxica”, pero es que hay muchas formas de masculinidad y de femineidad y tú no tienes por qué encasillarte en la masculinidad patriarcal como una mujer no tiene por qué aceptar una femineidad patriarcal: ni una chica tiene por qué sentirse un objeto sexual y futura madre ni tú tienes por qué aceptar ser un machote. No pasa nada si eres un máquina en la cama o tienes una libido tirando a baja, si tienes los músculos de uno de esos vikingos, superhéroes o guerreros supuestamente medievales con que te bombardean las series o eres más bien un poco jijas. La moda de la vigorexia y de los tratamientos de testosterona te hacen daño.
No lo tienes fácil, lo sé. Los algoritmos que amplifican los contenidos sexuales machistas en Internet son una manguera que te mete a presión en el cerebro prototipos que te destruyen, mientras los bots te ofrecen con un clic la posibilidad de tener una vida alternativa en la que puedas ser el monstruo que todos y todas llevamos dentro. Pero por tu bien, no siempre conviene aceptarse a uno mismo, sino combatirse: evita celebrar la crueldad, aplaudir los delitos, insultar a las minorías, reírte de los desfavorecidos… y evita el porno. Los delitos sexuales están creciendo de forma alarmante, en su mayor parte por y a menores de edad y las violaciones grupales han pasado de seiscientas algunos años. A ellas las destruyen, pero a ti, de otra forma, también.

Imágenes aportadas por la autora
Insisto, para terminar. El feminismo no es sólo cosa de mujeres (hay muchas mujeres machistas). El feminismo te hará un hombre respetuoso, te libra de la carga de ser tal como se espera que seas y la presión de triunfar a toda costa, te hará un hombre cariñoso capaz de amar y ser amado por una mujer (u hombre) interesante y libre. A ti también, el feminismo te libera.
Esther Bajo
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