El periodista Francesco Manetto comparaba hace poco la plataforma X con Leteo, el río del olvido en el reino de Hades. Lo cierto es que en las redes se reivindica a menudo la memoria, pero más como necesidad de revancha que de justicia, del mismo modo que se utiliza la palabra libertad, no como “la facultad natural del ser humano para actuar, o no, según su propia voluntad, lo que conlleva la responsabilidad por sus actos” (RAE), sino como negación de la justicia social. Pero Manetto cree que lo que se nos impone en las redes es la desmemoria: “Si la economía de la atención sentó las bases sobre las que se ha edificado un patrón de consumo en Internet, una suerte de economía de la distracción es la premisa del éxito de los shorts, reels o vídeos cortos, normalmente de entre quince segundos y un minuto de duración, que nos tienen enganchados a X, Instagram, TikTok o YouTube. Un flujo sin interrupciones en el que todo va rápido y tiene el mismo valor”. Y, en efecto, cada vez de forma más frenética se nos expone/nos exponemos a un batiburrillo que se presenta como si todo tuviera la misma importancia y credibilidad.
Pero lo peor de ese “continuum” o scroll infinito que se nos mete por los ojos es que el río Leteo confluye con el Estigia, otro de los cinco ríos que recorren el inframundo griego: el río del odio. Es más largo que el de la aflicción –Aqueronte-, el fuego –Flegetone- o el de las lamentaciones –Cocito- y la frontera principal entre el mundo de los vivos y los muertos. Y es que, aunque de distinta forma, el odio mata, tanto a víctimas como a verdugos.
De ese río del odio brota el “chorro dañino que va directo al cerebro de nuestros hijos”, en palabras del ex directivo de Meta, Arturo Béjar, y que provoca, por ejemplo, que un 40 por ciento de los estudiantes de Secundaria (57 entre las niñas) -que llegan a pasar hasta ocho horas diarias frente a la pantalla-, se sientan desanimados y tristes, según una encuesta del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades. A través de las plataformas se informan más del 60 por ciento de los jóvenes y hay que recordar que los usuarios verificados son los que obtienen más alcance y desde que Elon Musk manda en X, esa verificación no se obtiene por prestigio sino pagando, para lo cual se ha establecido una cruenta competencia entre pseudo medios e influencers para obtener réditos con sus mensajes. ¿Cómo? Mauro Entrialgo, autor del libro “Malismo”, lo resume así: “Celebran crueldades, aplauden delitos, recomiendan tratamientos pseudocientíficos, insultan a las minorías, se ríen de los desfavorecidos”. Esos procederes generan tantos aplausos como reprobaciones y unos y otras hacen caja a final de mes. Al fin y al cabo, Hades tampoco distinguía a los buenos de los malos.
Y aún veo otra analogía, porque el poder del temible Hades era la invisibilidad y las redes operan desde la más completa opacidad. Personalmente, he intentado denunciar casos de intentos de estafa a través de las redes ante la Policía y ante el Instituto Nacional de Ciberseguridad y me han advertido que no pueden hacer nada frente a las plataformas, pues se comportan como auténticos países al margen de la legislación internacional. Estos “países” sólo obedecen al interés de sus dueños que, básicamente, consiste en ganar el mayor dinero y poder posible a toda costa, sin ninguna cortapisa legal o ética. Algunos gobiernos –España e Irlanda- están intentando poner freno a algunas de las barbaridades, concretamente a la creación y distribución de material pornográfico utilizando imágenes de niños y niñas: se calculan en unos tres millones los deepfakes sexuales (vídeos hiperrealistas creados con inteligencia artificial) que se difunden en X, utilizando sin ningún consentimiento a 23.000 menores y hay una imagen nueva cada cuarenta segundos. Quienes se quejan de esas iniciativas suelen ser los mismos que vetan la educación sexual en las escuelas y apelan a la libertad de los menores a usar las redes, pero no, por ejemplo, a fumar marihuana o decidir un aborto. Quiero pensar que se impondrá el sentido común antes que el partidismo y que pronto ver a un menor de 16 años con móvil resultará tan chocante como ver un anuncio de alcohol para niños o al pediatra fumando en la consulta… algo que sí sucedía hace no tanto tiempo.
Pero el omnipotente dios invisible ya maquina más horrores gracias a la IA. No en vano, el mercado de la neurotecnología se expande a toda velocidad, con inversiones que se han multiplicado por veinte en la última década, según un informe del Consejo de Europa. Meta ha comprado la empresa de neurotecnología CTRL-Labs, Google realiza investigaciones millonarias en neuromarketing, Elon Musk ha fundado Neuralink, Apple ya ha presentado la patente para un nuevo sensor AirPod con electrodos EEG (electroencefalograma), el Ejército chino tiene un programa llamado “guerra cognitiva” y el norteamericano está invirtiendo en un programa de comunicación directa entre el cerebro y el ordenador.
No es la nostalgia una buena receta; de hecho, no entiendo a las personas de mi generación que repiten los mismos reproches de los que se rieron en su juventud, como “ya no se hace buena música, eso es ruido”, “esto no es libertad, sino libertinaje” o “lo que no queréis es trabajar”, pero no puedo evitar recordar, ahora que parece que va a volver la serie de Star Trek, cuando el capitán Kirk quiere acceder a los pensamientos de los visitantes del Enterprise y le niegan el permiso porque el derecho a la privacidad era un derecho inviolable de todos los ciudadanos de la Federación. Lo insólito es que en este planeta sigue siéndolo, al menos en teoría. Internet, que comenzó siendo una fascinante utopía de comunicación y cooperación global, se ha convertido en una distopía que nos obliga a aceptar las condiciones impuestas por un puñado de plutócratas enfermos de avaricia. Por supuesto, sigue siendo una herramienta fabulosa –que, por ejemplo, me permite compartir estas ideas-, pero su uso debe acompañarse de la reivindicación de control por parte de los poderes públicos, sobre todo en la protección de niños y adolescentes, para los que este boom de redes y aplicaciones se ha convertido en “El flautista de Hamelin”. Ese hechicero ha guiado a millones de críos con el córtex prefrontal aún inmaduro hasta la mayoría de edad (hace menos de veinte años que aparecieron los móviles), creándoles problemas psicológicos, carencias emocionales, lagunas educativas y desórdenes de conducta; es decir, tratándoles como ratones que no sólo se dirigen a su perdición sino que ahora tendrán en sus manos la de los demás.
Ese control es lo único que puede iluminar ese inframundo lúgubre y peligroso. Al fin y al cabo, nadie podía escapar de él, pero algunos –Heracles, Teseo y Orfeo-, movidos por el amor, lo consiguieron. Siempre hay esperanza.
Esther Bajo
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