LAS COSAS (UNA MESA) by José Luís Serrano

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Es lo que tiene estar tan cerca de las cosas. No de las que pasan sino de los objetos y ni siquiera de ellos, de lo que evocan… En La Palma compramos una cajita de madera con forma de manzana: Se perdió. No era más que… algo para llevarnos a casa.  Me resisto a llamarlos recuerdos porque pobres días hubieran sido si necesitan de algo tangible para permanecer en la memoria. Se perdió aquella cajita. Reapareció años después en el fondo de alguna parte y al abrirla para comprobar lo ya sabido, que no guardaba nada dentro, soltó, como un volcán, aromas de Taburiente, brisas de Barlovento, la negra falda del Teneguía recibiendo el beso del mar una y otra vez. El hotel del tarro de mermelada en funciones de florero, de la toalla anudada al grifo abierto de la ducha para impedir el ruido de las cañerías,  el hombre aquel que en vez de indicarnos el camino nos acompañó porque no tenía nada mejor que hacer… y fue, simplemente, algo elegido al pronto desde el escaparate. No un algo comparado con otros similares de diferentes tiendas, algo con ese plus que añade el comentar las diferencias sopesando qué es virtud y qué defecto.

Hablo por ejemplo de esta mesa. Yo tenía la idea medio clara y con cuatro trazos en el margen de un periódico llegamos al acuerdo. “¿La prefieres clara? Entonces de roble. Algo más cara pero lucirán más los colores de la marquetería….” Ir al almacén, elegir las tablas, llevarlas al taller y empezar a construir, ensamblar, hacer molduras, abrir canales para embutir las piecitas que conformarían el dibujo entrelazado a tres colores de madera… y mientras corta, regruesa, perfila, encaja, lija… habla, cuenta, ríe, fuma,  recuerda, planea… y cuando la mesa es, ya es, un mueble magnífico sobre el que apoyar las tazas del café, con un barnizado que realza las aguas del roble, el rubor del abebay, la negritud del nogal contrastando al casi blanco del ramín, se ha impregnado de todo lo dicho y hecho mientras los gatos fijaban el encolado de una nueva pieza, del  canturrear mientras fresaba las ranuras de las patas, del “cómo se nota que el salón el grande” que dijo alguien que apareció por el taller. Y ahora la mesa conjura todas esas cosas de que fue impregnándose mientras hice, mientras hicimos; como ese rinconero enorme que la acompaña: el palomar, según la bautizó Lucas porque dijo que aquellos agujeros, que luego serían los tiradores, parecían los de la entrada a una jaula de palomas que él tenía. El cuidado que exigió la tapa y su estrella de doce puntas, seis hacia dentro y seis hacia fuera… dibuja sobre el papel, pásalo a la madera, fija la guía y comprueba qué se yo cuantas veces antes de pasar la fresadora sin conectar sobre el dibujo…. ¿seguro?… creo que sí…. Pues vamos… Bien!!… y  repetir la operación cinco veces en cada punta… ahora encajar las tiras de la marquetería, en las de dentro, al revés, hacia fuera los claros…. Bien, lija, lija, lija…. Lija más…

A veces son recuerdos tan precisos como una fotografía que da fe de que aquel día llevabas una blusa rosa y no la camisa verde que decías…  otras, más difusos pero igual de convocadores de sensaciones, palabras, gestos… de lo que se hizo y se dijo mientras las manos seguían el plano comprobando medidas o ateniéndose a la inspiración del momento casi siempre hija de horas acumuladas…  ahora abro un cajón y saltan risas o chispas de un desacuerdo que de la veta de la tabla pasó a lo que alguien dijo una vez y fue negra semilla para la labor de aquella tarde. Ahora cruje una puerta y es el eco de un quejido de la sangre. Y no sé qué tazas se posarán sobre la mesa de roble con incrustaciones.


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