domingo, agosto 30 2026

Crónica de una obsolescencia anunciada: cuando el trabajador entrena a su propio verdugo (IA) by Rafael Julivert Ramírez

En el corazón de la industria textil de la India, se está produciendo una escena que ya no pertenece a la ciencia ficción. Miles de trabajadores, empleados en las llamadas “granjas de mano de obra” (hand farms), realizan su jornada equipados con cascos provistos de cámaras que registran cada uno de sus movimientos. No se trata de mejorar su salud laboral ni de optimizar la ergonomía. Se trata de algo más inquietante: capturar datos.

Ángulos, velocidades, microdecisiones, patrones de comportamiento. Todo queda registrado para alimentar algoritmos de inteligencia artificial. Por apenas 230 dólares al mes, estos trabajadores están enseñando a futuros robots humanoides a hacer exactamente lo que ellos hacen. Mejor dicho: a hacerlo sin ellos.

La paradoja es brutal. No están siendo reemplazados sin más; están participando activamente en su propia sustitución. Cada gesto, cada ajuste de la tela, cada corrección casi imperceptible acelera el perfeccionamiento de una tecnología que los volverá innecesarios. No hay margen de negociación. No hay alternativa económica. Solo una lenta, metódica obsolescencia en tiempo real.

Pero sería un error pensar que esta dinámica pertenece únicamente al sur global o al trabajo manual. La ola de automatización ya ha cruzado todas las fronteras. En Occidente, empleos considerados seguros empiezan a desmoronarse. El caso reciente de los 4.000 empleados de atención al cliente despedidos por Salesforce —sustituidos directamente por agentes de IA— no es una anomalía: es un anticipo.

Durante décadas, la automatización se presentó como una promesa emancipadora: liberar al ser humano de tareas repetitivas, penosas o físicamente exigentes. Y, en parte, lo ha sido. Pero la velocidad actual del cambio introduce una fractura inédita. No estamos ante una transición gradual, sino ante una dislocación sistémica.

Los economistas empiezan a advertir sobre lo que denominan la “trampa de los despidos por IA”. En su carrera por reducir costes, las empresas automatizan de forma agresiva, eliminando empleos… y con ellos, la capacidad de consumo que sostiene el propio sistema. El resultado es una contradicción interna: cuanto más eficiente se vuelve la producción, más se erosiona la demanda que la hace viable.

Ante este escenario, las respuestas no son técnicas, sino políticas.

Una de las propuestas que gana terreno es el impuesto a la automatización, un tributo de carácter pigouviano que obligaría a las empresas a asumir el coste social de sustituir trabajadores por máquinas. No se trata de frenar el progreso, sino de desincentivar una automatización “mediocre”: aquella que reduce empleo sin generar beneficios reales de productividad para la sociedad. La recaudación, además, podría financiar programas de recapacitación laboral que hoy son claramente insuficientes.

En paralelo, la Renta Básica Universal (RBU) aparece como un mecanismo de contención. Una red de seguridad que garantice ingresos mínimos en un contexto de desempleo estructural. Financiada mediante impuestos a las empresas altamente automatizadas —una idea defendida, entre otros, por Bill Gates—, la RBU podría amortiguar el impacto social inmediato. Pero no resuelve el problema de fondo: no altera los incentivos que empujan a las empresas a sustituir trabajo humano por capital tecnológico.

Incluso en el escenario más extremo —uno en el que la inteligencia artificial eliminara la escasez material y funcionara como una auténtica “máquina de todo lo que desees”—, el trabajo humano no desaparecería por completo. Cambiaría de naturaleza. En un mundo donde todo puede producirse a coste cero, lo verdaderamente valioso sería aquello que no puede escalarse: el tiempo humano, la imperfección, la singularidad. Lo hecho por personas no por su eficiencia, sino por su significado.

La escena del trabajador indio grabando sus propias manos no es una excepción lejana. Es una imagen especular. Nos refleja. Nos anticipa.

La cuestión ya no es si la automatización transformará el trabajo, sino bajo qué condiciones lo hará. Si permitiremos que el corto plazo corporativo imponga su lógica hasta vaciar el sistema de su base humana, o si seremos capaces de introducir mecanismos que redistribuyan el valor generado por las máquinas.

Porque el fin del trabajo pesado puede ser una liberación. O puede ser, simplemente, el inicio de una nueva forma de exclusión.

La diferencia —como casi siempre— no está en la tecnología, sino en cómo decidimos gobernarla.


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