Nadie sabía exactamente cuándo había empezado a fijarse en ella.
No era una presencia evidente. No ocupaba el centro, no interrumpía, no pedía turno.
Estaba ahí, en los márgenes de todo, como si su lugar natural fuera ese: el borde. Y, sin embargo, había algo que no terminaba de encajar con esa discreción.
La primera vez que la percibió no hubo sonido. Fue más bien una vibración leve, una intuición. Después, con el tiempo, empezó a reconocerla.
Era una voz.
No una voz proyectada, no una voz que llenara espacios. Una voz contenida, precisa, con una cualidad extraña: no parecía buscar aprobación. Solo estaba.
Podía haber pasado desapercibida. Durante mucho tiempo, de hecho, así había sido. Afuera siempre había ruido: otras voces más seguras, más visibles, más aceptadas.
Voces que ya sabían cómo llegar.
Esta no.
Esta parecía quedarse justo antes.
No por falta de fuerza. Eso era lo desconcertante. Había en ella un pulso firme, una vibración sostenida que no se quebraba. Como si estuviera hecha para ser escuchada, pero no para irrumpir.
Durante días —o más— la observó sin intervenir. Nombrarla implicaba exponerla. Ignorarla empezaba a parecer una forma de negación. Dar lugar no es solo abrir espacio. Es aceptar que algo puede cambiar.
Había inercias. Expectativas. Un orden ya establecido. No todo el mundo quería oír algo nuevo. No todo el mundo estaba dispuesto a reconocer una voz que no seguía las reglas.
Y, sin embargo, seguía ahí.
Sin insistir.
Sin desaparecer.
Una tarde —sin motivo claro— ocurrió algo mínimo: un espacio.
Y la voz entró.
No ocupó.
No se impuso.
Se dejó oír.
Lo suficiente.
Nada cambió de forma visible.
Pero ya no era lo mismo.
Ahora estaba.
Y una vez que algo está,
ya no puede no haber estado.
Pulso que no se va
No suena nada.
O eso parece.
El aire
no termina de cerrarse,
como si alguien
hubiera estado aquí.
Queda algo.
No es música.
Ni recuerdo.
Es un pulso.
Una vibración tenue
que no insiste
pero tampoco se va.
Se queda.
Entre una respiración y otra,
en ese lugar
donde todo suele ceder,
hoy hay una pausa.
No sostiene.
No deja caer.
El cuerpo lo nota
antes de entender:
una tregua mínima,
un borde menos áspero,
una forma leve
de no romperse.
No hay melodía.
No hay guía.
Solo ese resto,
casi imperceptible,
empujando desde dentro.
Y en ese empuje,
tan pequeño
que cuesta nombrarlo,
algo resiste.
No mejor.
No distinto.
Pero aún aquí.
@Joaquín Lourido
@Imagen Pinterest
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