Se quedó dormido con la cabeza apoyada sobre la mesa y un rumor de tormenta poniendo sonido a su sueño. Abrió los ojos. Solo una espesa oscuridad y un pesado silencio rodeando la longitud de su cuerpo extendido. Un golpe seco en su cabeza frenó su ansia repentina de levantarse y salir a cielo abierto. Un nuevo intento con sus pies y un obstáculo indefinido impidiendo sus movimientos. Como un ciego, sus manos quisieron interpretar aquel encierro, estrecho espacio que le obligaba a permanecer estirado, boca arriba. El tacto suave y frío de una tela resbalando entre sus dedos le trajo la sospecha. Sintió que le faltaba el aire y un grito de espanto atravesó su garganta para serle devuelto, acrecentado, por una superficie demasiado próxima a su cara.
Fue entonces cuando un sudor frío comenzó a extenderse por su cuerpo hasta casi helarle el alma. Y aunque se supo enterrado en vida se aferró a un último instante de cordura. Cerró los ojos, inspiró profundamente rebuscando en su mente una salida. Metió la mano en su bolsillo y encendió el mechero. Con el fogonazo de luz abrió los ojos. Respiró aliviado. Todo había sido un sueño.
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