Once de septiembre de 1977.
Recibí una carta de la Delegación de Educación de Cádiz: mi nombramiento para trabajar en un pueblo de la Sierra, en plena Ruta de los Pueblos Blancos. Estaba lejos de la capital, pero la alegría fue inmensa. Con la premura de quien empieza una vida nueva, preparé mi ropa y saqué billete en los autobuses de Transportes Generales Comes, la única empresa que serpenteaba por aquellas carreteras entonces.
En la maleta, junto a mis ilusiones, metí un collar que había comprado en un mercadillo de abalorios cerca de la playa. Era una pieza especial: cilindros de hueso blanco con aros intercalados en color castaño.
Al llegar a mi destino, pasé unos días en la pensión hasta que conseguí una habitación en un piso de
maestros. Todo era improvisado y rápido. Mi dormitorio lo armé con lo que tenía a mano: una cama turca prestada y varias mesas y sillas escolares que me cedió el director. Esas mesas me servían de estantes para mis suéteres y la ropa interior. Siendo creativa, clavé unos cubos de madera en la pared y, de uno a otro, tensé una cuerda fuerte sobre cáncamos para colgar las perchas. Ese era mi armario; humilde, pero lleno de mi propia esencia.
Mi indumentaria de maestra joven se basaba en pantalones vaqueros y camisas blancas. Y, por supuesto, mis aros de plata y aquel collar de hueso que lucía bajo el cuello de la camisa. Me sentía segura con él; era juvenil, «chulo», como decíamos entonces, y sospecho que hoy seguiría siéndolo.
Mis alumnas de quinto y sexto no perdían detalle. Lo supe un año después, cuando volví al mismo pueblo. Muchas de ellas ya habían empezado el instituto en otra localidad y vivían en residencias, pero los fines de semana, al volver a casa, nos encontrábamos y charlábamos sobre sus estudios.
En uno de esos encuentros, me confesaron su secreto: «Doña Carmen, nos encantaba su collar». Deseaban haber tenido uno igual. Hablamos de aquella joya sencilla tantas veces que acabé prometiéndoles que, si encontraba abalorios similares, les llevaría una bolsa surtida para que cada una se fabricara el suyo. Aquel collar fue un puente de empatía y amistad, un símbolo de la conexión que nos unía.
Sin embargo, le perdí la pista ese mismo año, poco antes de casarme. Lo dejé en casa de mi madre y
nunca volvió a aparecer. Con él se esfumó también un anillo que me regaló mi Tata, con sus siglas
grabadas. Pero esa es otra historia. El collar desapareció, pero el recuerdo de aquellas niñas admirando el mundo a través de los ojos de su maestra, permanece imborrable.
@Carmen Salas
@Imagen Pinterest
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