_ Ven aquí amor_ , me dijiste con esa dulzura tan tuya en la voz que la sigo escuchando tan nítida que parecería que todavía estuvieses acá.
Me alzaste en tus brazos y me llevaste volando como Superman, como a mí me gustaba, con el puño al frente como escudo atravesando todas las paredes de la casa y el cielo de todas las cosas, para hacerme aterrizar despacio en la silla alta de los mejores me decías, la que solo puede ocupar un rey.
Yo tenía 4 años y todo en mi vida eran símbolos y formas y muchas cosas las señalaba con el dedo. Con dibujos y colores te contaba lo que veía en mis sueños y vos me explicabas la diferencia entre la fantasía y lo real y me pediste que nunca me deje vencer por la realidad. Me pusiste un lápiz entre los dedos y una goma de borrar al costado, será tu amiga me dijiste. Después abriste un cuaderno rojo que tenía una banderita argentina en la tapa y las hojas estaban en blanco, sin la locura rayada de los renglones salvadores.
_ Vas a tener que aprender a escribir sin ellos…no pierdas la línea o te caerás _
Esto es una montaña me dijiste, yo no sabía que era la letra eme, eso fue un secreto que revelaste después.
_ Quiero que escribas el cuaderno con montañas, muchas montañas, una al lado de la otra, como una cordillera…_
_ ¿Qué es una cordillera mamá?
_ Muchas montañas juntitas, una al lado de la otra_
Y así empecé a colmar mi cuaderno de montañas, muchas montañas, infinidad de montañas, hasta que aprendí a escribir la letra eme dibujando cordilleras, la eme de Mamá. Después me enseñaste a escribir montañas más chicas, las que se escriben con los años, esas eran la ene y la eñe y me dijiste que la eñe será fundamental para escribir, que con ella podría añorar, con la eme podría escribirte con la mente y el corazón.
Y así fuiste creando en mi imaginación la forma de las letras. Me dijiste que la t era un palito con sombrero, que la c era un corazón partido como el tuyo cada vez que tengo fiebre, que con muchas e se habían hecho los rulos de mi cabeza, que la h no tenía voz pero era igual de importante que todas las otras, que no debía ignorarla porque no pudiera hablar, que la o era hermana del número cero pero con una pequeña mano alzada que me avisaba para que no la confunda y no la mandara al frío invierno de los números, que la k era de kilo y la q era del queso que la ha perdido dentro de un agujero, que la erre era para reír a carcajadas como nosotros dos todos los días y que la z era del Zorro que la tenía siempre en la punta de la espada para escribirle la panza al sargento García, esa era la letra que más me gustaba, la zeta porque era la última.
Así aprendí a leer y escribir antes de entrar a la escuela y te quedaste para siempre en el corazón de mis renglones fantasmas que no estaban. Para estar siempre a mí lado como ahora, mientras te dibujo éstas palabras cuando escribo y lloro igual que vos abrazado a una cama de hospital cuando te fuiste.
En las verdades ocultas de las sorpresas siempre estás en mí, en la mansedumbre de las cosquillas que me hacías en la espalda antes de dormir mientras miraba el paso lento y seguro de la luna.
Feliz día mamá.
Sé que estás aquí.
La luz de tu sonrisa te delata.
@Jesús María Cello
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