jueves, julio 30 2026

YA ESTÁ AQUÍ by Marta Gómez

Las luces bermejas rellenan la sala de un cálido ambiente atemporal. La barra de madera, tallada a punta de cuchillo, desentona con el vestuario que completa el abanico cromático del local.

Una mujer viste un jersey estampado y unos vaqueros anchos hasta los tobillos, casi rozando el suelo. Estos se deshilachan con el talón de sus deportivas. ¿Desde cuándo las deportivas acompañan a un conjunto elegante y formal?

Un hombre sentado cabizbajo, con una copa en la mano que desea ser bebida y colmada de nuevo. Unas cejas tan pobladas que atrapan la visión de sus ojos. Un traje de punta en blanco: impecable, pulcro, liso, negro. Y un teléfono móvil sobre la mesa. Su pantalla proyecta la hora: es medianoche.

Una anciana con un gran tocado que pesa sobre su cabeza baila con un anciano en el corredor. Las mujeres de cabaret danzan con ellos, y una orquesta —lo único uniforme y coherente del lugar— emite una melodía lejos de la melancolía. El tocado de la anciana, unos rulos que ascienden a su coronilla y que quieren alcanzar el cielo, se tambalean con sus zancadas torpes y viejas. Denota que sabe bailar, pero sus huesos descalcificados descubren su oxidado y perecedero talento. El anciano también parece que lo domina, aunque, de vez en cuando, combina un “punta-tacón” con la inclinación de su sombrero cowboy a la dama. Ella no acaba de entenderlo.

Un niño corretea entre las faldas de las mujeres, se esconde bajo las mesas y ríe a carcajadas. Una niña le busca. ¿No es raro que se busquen dos infantes que no se parecen en nada, más que en el blanco de los ojos? El niño porta una saya larga que, para la niña, no es más que un vestido extraño para chicos. Sin embargo, como es niña —y cualquier niña, si es todavía muy niña, está libre de prejuicios— le busca igual. Tan solo quiere jugar con él. El niño, por el contrario, teme que sus largas trenzas se enreden en su cuello, descubierto entre los roperos del local. Disfruta de las luces parpadeantes que emiten sus zapatillas. Cree ver que la niña patina sobre ellas, como si volase sobre ruedas. “¡Es más veloz que yo!”, piensa.

El perro persigue a los críos, meneando su cola blanca y peluda. Está alegre porque se ríen. Y él también lo hace.

El gato dormita. Solo dormita. Una vez creyeron ver, supusieron oír, sintieron saber que había bostezado. ¡Qué logro!

Todo se envuelve en un movimiento vehemente, fugaz, de éxtasis y celebración. Todos saben por qué están ahí. Todos, excepto ella.

Una de las paredes del local se desviste en un cristal transparente que aguarda una ofrenda en su interior. La música se detiene. Las voces también. Solo queda el rugido de las deportivas de la mujer al levantarse de la banqueta; el tintineo de la copa, ya vacía, del hombre carente de motas de polvo en su traje impoluto; el susurro de los rizos y el oro que atavía el cabello de la anciana; los zapatos de claqué que, consecuentemente, claquetean sobre la madera; el zurrón del niño, rebotando contra su saya y meneando las moneditas que se esconden dentro; las lucecillas brillantes de la niña, que incluso suenan cuando se mueven y son vistas, como si quisieran lucirse a sí mismas; un ladrido seco y hueco, sin más; y, al fin, un bufido arisco.

Después, el silencio.

Todas las miradas se abrazan al cristal, dejando vahos sobre la superficie. Tras esos vahos, nublados y translúcidos, una caja de madera oscura yace en el centro de la habitación, antes oculta, secreta, imposible, infinita. Dentro de esa caja, una anciana duerme, con los labios fruncidos, con el cabello enlacado, con los brazos a los lados.

“¡Bienvenida!”, gritan la mayoría al unísono.

“Chhhh, que todavía está en el trance”, dice el niño. Es el más longevo, aunque no lo parezca.

“¿Y ahora qué?”, inquiere la niña. Ella no sabe nada. Es su primera vez.

“Ahora, a esperar. No está sola. Allá abajo también están con ella. No debemos agobiarla. Cuando haya superado la Separación, lo sabremos”.

“¿Qué es la Separación?”, pregunta de nuevo la niña.

“Cuando el alma se desprende y se despide, definitivamente, de su propio cuerpo”, responde el hombre de traje.

“¿Y qué se siente?”

“¿Qué sentiste tú, cielo?”, reformula la anciana del tocado.

“Paz”.

Como si tal palabra hubiera despertado, de nuevo, los sentidos de la anciana tras el cristal, sus ojos se abren y, antes de que ninguno pueda pronunciar palabra, un brillo empapa de lucidez toda la sala. Los cuerpos apostados frente a ella se volatilizan en cáusticas, en recuerdos líquidos que ascienden a la Nada. La anciana, convertida en la misma onda transparente, se eleva, entremezclada con ellos. Todos vuelan al vacío en un flujo suave, ligero. Pero es finito. Cuando alcanzan el esplendor máximo de luz, todo se transforma en negro.

Tan solo: una voz que dice “ya está aquí”; una presión brutal en las sienes; un suspiro de descanso; un repentino lloriqueo. “Ya está aquí”.


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo