miércoles, julio 29 2026

El invitado invisible, por Guadalupe Cisneros-Villa

Esta historia es un homenaje silencioso a Amy Lowell (1874–1925), la poeta que, como Olivia, encontró en la quietud la puerta hacia la poesía. Conocida por fumar cigarros y por ser una mujer adelantada a su tiempo, la presencia de Lowell perdura en este relato—no como un fantasma, sino como inspiración. Guadalupe Cisneros-Villa, Dallas 2026 

Cada vez que se sentaba a escribir, Olivia percibía el olor a cigarros en la habitación. No había humo, ni brasas—solo esa fragancia espesa que llegaba antes que las palabras. Como si alguien estuviera allí con ella, mirando por encima de su hombro, oliéndola, sintiéndola, calculando sus movimientos.

Nadie en la casa fumaba, así que ¿de dónde podía venir ese olor? Además, Olivia era asmática. A menudo se lo preguntaba, pero nunca le contó a nadie lo que sentía. A veces el olor era sutil, como el recuerdo de un lugar que nunca había visitado. Otras veces llegaba fuerte y deliberado—como tierra cálida y profunda, con notas dulces de madera añeja, cuero y especias. Le recordaba al heno seco, a la miel oscura y a algo más antiguo aún… como un abrazo pasado de moda dejado por alguien que ya no venía.

Curiosamente, el olor no la molestaba. De una manera extraña, la reconfortaba.

Olivia preparaba un poema para presentarlo en un concurso local, una pieza sobre su abuela. Esperaba ganar al menos una mención honorífica, algo que pudiera regalarle para su próximo cumpleaños, noventa y cuatro. Solo un poema, no más de veinticinco versos. Casi listo.
Olivia siguió trabajando en su poema. El plazo del concurso se vencía en solo dos días, y aún no había terminado —ese que le dolía en el pecho como si ya supiera que no llegaría a tiempo. Luego, como si la vida quisiera poner a prueba su determinación, le pidieron que se quedara hasta tarde en el trabajo. Su familia necesitaba el dinero, así que aceptó sin dudarlo. El poema quedó en pausa… olvidado.

Horas antes del cierre del concurso, en la madrugada, Olivia volvió a percibir el olor a cigarro. Esta vez, desde la cocina. Frunció el ceño. ¿Acaso su esposo había traído un amigo y estaban fumando, para su disgusto? Molesta, agarró un paño de cocina y se secó las manos. No caminó—irrumpió en la sala. Silencio. Nadie.—¿George? ¿Dónde estás? —llamó.

Nada.

Cuando entró en el estudio, el olor se intensificó. La envolvió como un chal de humo y lavanda. No había nadie allí. Solo su escritorio… y su cuaderno, abierto.
El poema estaba allí. Terminado.

En la cocina a la luz de la lámpara

Una tetera de cobre sobre la mesa,
albahaca, tomillo, un susurro de harina en sus manos.
El cálido aroma de canela y madera gastada.
la cocina está muy quieta,
pesa con la memoria,
dulce con el aliento del pan enfriándose,
sueño en el silencio de las tardes sumidas en té.
El reloj parpadea en su tic tac callado,
suave como la masa alzándose,
bajo como sus pantuflas rozando el suelo de azulejos.
La luz de la lámpara sobre encimeras y alacenas,
la luz que se acumula en el borde de su taza de té.
Solo la cortina de encaje respira con la brisa,
solo la cuchara, reposando en el platillo,
tiembla levemente como si recordara.
Entonces entra ella,
sus pasos silenciosos como la cocina,
y tibia como el aire con mantequilla,
y fuerte como los brazos curvos de la mecedora.
Ah, Abuela, ¿ves esos platos azules astillados?
conocieron tus manos,
pero a quién de los míos
conocerán
cuando tú ya no estés. (A.L.)

Pero ella no lo había escrito.
En la esquina inferior de la página, aparecían dos letras con una caligrafía que no era la suya: “A.L.”

Olivia parpadeó.

Pensó en ese aroma—a cigarros y poesía—y por un instante, un nombre titiló en su memoria. Amy. Amy algo. Una mujer que alguna vez escribió sobre jardines a la luz de la luna y amores como el silencio.

Sonrió levemente.—Te habría gustado, abuela —susurró.

fotografía de Feliciano F. González

 


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