En defensa de la dignidad docente
Avelino Muleiro
Dedicado a todos los docentes
La docencia es una de esas profesiones esenciales que sostienen a una sociedad. En las aulas no solo se transmiten conocimientos, sino que, fundamentalmente, se forman personas para convivir de forma altruista y solidaria. En las clases académicas se despierta la curiosidad, se construye el pensamiento crítico y se inculcan valores que acompañarán a los jóvenes durante su vida. Educar es, en definitiva, una de las tareas más decisivas que tiene que asumir la sociedad.
No obstante, en España, la función de educar se ha vuelto una tarea tan urgente como desafiante. En el siglo XVIII -era de la Ilustración-, Rousseau explicaba en su Emilio que “el objetivo de la educación no es otro que formar un ser natural, bueno, razonable y capaz de sociabilidad”. Sin embargo, en la Edad Contemporánea, los principios éticos y filosóficos tradicionales se encuentran amenazados por una sociedad fuertemente condicionada por el materialismo, la inmediatez de las redes sociales, el hedonismo y el absoluto imperio de la ciencia y la técnica.
Nos movemos en un escenario en el que imperan el hedonismo, la técnica/tecnología y la pérdida de valores. Es una etapa histórica que filosóficamente se califica como Posmodernidad o Era Digital, un tiempo donde la estética a menudo sustituye a la ética, el relativismo se convierte en norma y la razón misma entra en duda. Los jóvenes crecen inmersos en una vorágine mediática y tecnológica que los expone constantemente al consumo pasivo y a una congestión de información desordenada y manipulada.
Si a este contexto sumamos la falta de ejemplaridad política y la ascendente deshumanización ideológica, nos encontramos con la desorientación y el caos, un terreno fértil para la invasión imperceptible del espacio en el que nos relacionamos.
A nadie se le escapa que la sociedad está atravesando tiempos inciertos, sumida en una profunda crisis social. La política, marcada a menudo por el descrédito, el dogmatismo ideológico y el cortoplacismo, ofrece una escasa ejemplaridad a las nuevas generaciones. En lugar de erigirse como un modelo de compromiso con el bien común, los jóvenes perciben un escenario político polarizado que fomenta el desencanto y el cinismo ético.
No obstante, cabe recordar que la educación constituye uno de los deberes fundamentales de la clase política:
“No puede negarse que la educación de los niños debe ser uno de los objetos principales de que debe cuidarse el legislador. Donde quiera que la educación ha sido desatendida, el Estado ha recibido un golpe funesto”. (Aristóteles: La política, libro V).
Las políticas actuales suelen perderse en disputas ideológicas y en el desarrollo de grandes proyectos económicos, invirtiendo buena parte de sus presupuestos anuales en asuntos relacionados con la guerra y la defensa de las fronteras. Y se olvidan de la educación de los jóvenes ignorando que “Jamás una buena educación ha sido funesta a alguien, mientras que muchas victorias, por el contrario, han sido y serán aún más de una vez funestas para los que las han conseguido. (Platón: Las leyes; libro I).
Pero si la política se olvida de la educación, también ayuda la crisis ideológica del humanismo, que ha ido desapareciendo de nuestra cultura ante el vertiginoso desarrollo tecnológico y científico, desplazando del sistema educativo las disciplinas humanísticas. Aunque la ciencia abandera el progreso racional, el individualismo ético queda desarmado si carece del contrapeso del pensamiento crítico frente a dilemas tan importantes como la bioética, la distribución de la riqueza o el impacto medioambiental.
Frente a esos postulados clásicos sobre la educación, cabe preguntarse cuáles son en la actualidad los principios filosóficos y pedagógicos por los que se rige esta sociedad posmoderna para conseguir individuos buenos, razonables y sociables, como reclamaba Rousseau en su Emilio. Es aquí, en esta realidad, donde la labor del educador adquiere una dimensión heroica. No se trata de rechazar la ciencia ni la tecnología, que ofrecen oportunidades de aprendizaje e integración social, sino de contextualizarlas para formar ciudadanos completos. El docente tiene en sus manos la oportunidad trascendental de moldear mentes mediante la transmisión de valores esenciales.
El educador como pilar insustituible de la sociedad
Defender la dignidad de la educación implica explicitar y redefinir el compromiso y el alcance de la misión pedagógica del educador. Su misión implica una doble función: transmitir el dominio riguroso de una disciplina y, al mismo tiempo, explicar y enseñar los principios fundamentales de la convivencia y de la naturaleza humana. La educación no debe limitarse simplemente a transmitir conocimientos, sino que debe proporcionar también las herramientas necesarias para desarrollar el pensamiento crítico.
Educar es articular el desarrollo integral de la persona, enseñando conocimientos específicos, pero también fomentando y guiando al educando en el ejercicio de valores transversales como la coherencia, la responsabilidad, la solidaridad, el respeto, la veracidad y la empatía. Esta tarea exige al educador una impecable honestidad intelectual y una preceptiva conducta ética, porque la formación del pensamiento crítico debe ejercerse siempre libre de manipulaciones ideológicas, políticas, religiosas y sectarias.
Hace dos siglos, John Stuart Mill sostenía que la educación consiste en enseñar a las personas no lo que deben pensar, sino a pensar. Y esa debe ser la función esencial del educador de hoy. Hay una diferencia fundamental entre enseñar qué pensar y enseñar cómo pensar. En el primer caso, el estudiante recibe ideas previamente establecidas; en el segundo, adquiere herramientas para analizar diferentes argumentos y llegar a sus propias conclusiones.
Los docentes -educadores- son conscientes del trascendental papel que desempeñan en la formación de la juventud y se supone que ponen todo su esfuerzo en lograr esos objetivos. Por eso, no solo enseñan asignaturas, moldean también el carácter de las nuevas generaciones. En sus manos está la responsabilidad de formar a niños y jóvenes empáticos y solidarios, formados en valores cívicos y éticos, apasionados del trabajo y del esfuerzo, valores que representan el sostén de la convivencia en nuestra sociedad. Los docentes tienen la llave para construir una sociedad con principios para lograr una ciudadanía consciente, de la que surjan el día de mañana políticos con verdadera vocación de servicio público, dedicados a resolver los problemas reales de los ciudadanos y tajantemente alejados de cualquier tipo de corrupción.
Por eso considero que la sociedad tiene una deuda pendiente con sus profesores-educadores. Y es hora de devolverles la gratitud, el prestigio y el respeto indispensable que merecen por construir desde las aulas el futuro de todos.
Sin embargo, en los tiempos que corren, esta labor determinante se enfrenta a la incomprensión y a una dolorosa falta de reconocimiento social e institucional. A menudo, los educadores deben lidiar con la injerencia de familias que presionan para alterar las calificaciones de sus hijos, desautorizando su labor docente, mientras las instituciones educativas recortan su autonomía pedagógica con innecesarias y rígidas exigencias. A esto se suma una engorrosa e interminable carga burocrática que consume gran parte de su tiempo y ahoga su verdadera vocación, que no es otra que la de enseñar y acompañar al alumnado. El educador acaba convertido, en demasiadas ocasiones, en gestor de documentos burocráticos antes que en profesor.
Como consecuencia de este insostenible nivel de tensión y desgaste continuado, cada vez son más los docentes que solicitan bajas médicas prolongadas o recurren a la jubilación anticipada. Manifiestan no poder soportar por más tiempo un clima de presión constante generado por alumnos, familias e instituciones, situando a las aulas en un punto límite que compromete el futuro de nuestro sistema educativo.
Reivindicando la dignidad docente
Immanuel Kant señalaba en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres que, en el reino de los fines, “todo tiene un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede sustituirse por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo valor carece de sustituto, y eso posee dignidad”.
Reivindicar la dignidad educativa no es exigir corporativismo ni privilegios, sino asumir una verdad fundamental: la sociedad que aspire a formar ciudadanos libres, responsables y preparados, debe cuidar, respetar y respaldar a sus docentes, porque su esfuerzo para educar en valores, en sacrificio, en solidaridad, en el trabajo y en sacrificio es realmente heroico.
En este periodo estival de merecido descanso, es momento de que los educadores recarguen energías de cara al nuevo curso que se avecina. Que esta pausa les permita regresar con la misma ilusión, la vocación intacta y la entrega inagotable que demuestran año tras año. Y que la sociedad, en reciprocidad, sepa responder con el reconocimiento que merecen.
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