Ah, el parque de atracciones, esa extensa zona multicultural donde acuden en masa sufridores y masocas, dispuestos a hacer una cola interminable bajo un sol inclemente a la espera de su ración de adrenalina. Una vez en el aire, a merced de ese engendro gigantesco y perverso, empiezan el vértigo, el mareo y los alaridos, dando paso a las reacciones emocionales y orgánicas.
En pleno looping, varios ojetes se dilatan y proyectan, por orden numérico, potentes chorros de diarrea ascendentes, como una fuente humana de coreografía escatológica. Con la monstruosidad mecánica en movimiento, la cinética y el karma obran su magia y todo ese cuantioso líquido mierdoso cae sobre las personas que lo originaron.
En otras, entre súbitos ascensos y descensos —o puede que por la fugaz visión de la mierda abalanzándose—, se desata el paroxismo y en varios pasajeros florece con esplendor el castrati que llevaban dentro. Tal es la intensidad que más de una mandíbula se desencaja, liberando litros de pota biliosa que van a parar, con desdicha, a las jetas congestionadas de los pobres cabrones de atrás. A veces pueden ser duchados con su propia mierda. A pesar de lo marrón del asunto, mejor eso que un vagón saliendo despedido en parábola dirección a tomar por culo con cuatro pasajeros dentro aullando.
Cuando la tortura acaba y pisan tierra firme, algunos se ponen a andar como si dieran sus primeros pasos fuera del tacatá. Muchos sufren un cambio espiritual, se arrodillan besando el suelo y hablan al cielo en una lengua desconocida para sus familiares. Otros, más sencillos, huyen o se quedan largo rato mirando en lontananza, asimilando su nuevo renacer. Cuando no, se palpan el cuerpo con extrañeza, como si no se reconocieran en él. Los más desafortunados jamás vuelven a tener el cerebro en su sitio, y al resto les desaparece el moreno en sustitución de un color blanco mortaja y se les queda careto de Joker a perpetuidad.
Lo más increíble es que más de la mitad repiten, con lo sencillo que es llevarse bien con la gravedad terrestre.
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