Siempre me he considerado una enamorada del arte, en todas sus formas —bueno casi en todas—. Mi primera relación con el mundo artístico lo tuve en la primaria mientras estudiaba ballet y folclore. También recuerdo que de pequeña me llevaban a Bellas Artes cada diciembre a ver El Cascanueces y algunas veces algún concierto en primavera. A mi hermano mayor le encantaba la música clásica, a mí por el contrario me daba un poco de ansiedad.
Cuando tenía seis años —aproximadamente— mi hermano me obligó a ver una película Infierno en la torre, desde entonces y hasta una edad bastante avanzada tuve un miedo enorme a los incendios por las noches. Así, que cuando íbamos a Bella Artes al concierto imaginaba como las llamas del fuego consumían el escenario y eso me impedía disfrutar profundamente la danza. Podía más mi fobia que mi capacidad de disfrute.
Luego llegó la secundaria y la preparatoria. Casi seis años de mi vida me dedique a tocar la mandolina y a cantar. Cada presentación era maravillosa. Ahí tuve grandes alegrías como poder ser la presentadora en cada noche colonial, pero también grandes desilusiones como no ser la coordinadora o tomar la decisión de salir de ahí seis meses antes de la despedida por desacuerdos con el director de la estudiantina y algunas de mis compañeras.
También justamente en la secundaria comenzó mi amor por la literatura. Momo, El caballero de la armadura invisible, El principito, Aura y algunas vidas de santos llenaban mis tardes escolares. Siempre me costaba trabajo dejar de leer, por un sentido de responsabilidad muy grande que aprendí desde pequeña para con los deberes escolares. También recuerdo estar en mi cuarto tomando un cepillo o un desodorante como micrófono mientras cantaba y bailaba canciones que se escuchaban en la radio o cassettes que compraba los domingos en un puesto del mercado —obviamente piratas, porque una adolescente no tenía dinero para comprar el original—. Alguna vez quise aprender a tocar la guitarra, pero la poco amable forma de enseñarme de mi hermano no solo hizo que lo dejara, sino que incluso que le tomara algo de miedo a intentarlo.
No tuve muchos amigos en este periodo escolar. Quizá solo algunos por correspondencia, de escuelas hermanas a la mía que conocí mientras nos acercábamos a Jesús. Ahí aprendí la importancia de escribir y de prestar atención a lo que el otro decía con las palabras, pues para mí era un regalo especial que me ayudaba a sortear la soledad humana, porque la soledad espiritual no existía —como buena teresiana siempre tuve clara Su presencia—.
Luego llegó la lógica en el primer año, la historia de la cultura y la filosofía en el último año de preparatoria. Leí El mundo de Sofía y quedó claro que lo que quería hacer de mi vida era escribir y dar clases. Las clases venían desde muy pequeña como un sueño, porque era mi juego infantil favorito: ser maestra de varias hermosas muñecas y tiernos peluches atentos. Llegó el derecho en la licenciatura y la filosofía también en la carrera y en un diplomado, para paradójicamente alejarme de mi sueño de escribir o mejor dicho para ocultarse en un closet lleno de vergüenza, porque la ortografía por mi dislexia era más que terrible. También porque ¿Para qué escribir? Si a nadie le interesa leerme.
Hacia el final de la carrera Gaby —una amiga con la que estudie la carrera— me convenció de tomar un diplomado en Historia de Arte. Lo que ahí aprendí fueron dos cosas importantes. Me gustaba el simbolismo del arte sacro y que el arte cambia vidas, porque una de las razones por las que llegué al Senado fue por las pláticas que tenía con mi jefe sobre el arte.
Luego vino la tesis doctoral. Aunque supuestamente era de filosofía, la realidad es que hacía trampa. Jugaba con la literatura para que la filosofía dijera entre líneas lo que no me atrevía a decir de frente. Aprendí que se puede escribir en dos dimensiones. Lo que dice textualmente un texto y lo que quieres que diga sutilmente a quien realmente lea con detenimiento. Siempre lo he visto como dos dimensiones. Un mensaje para la mente y otro para el corazón. Me convertí en barroca, aunque mi esencia era minimalista, porque mi director me decía claridosa, como ofensa. Al principio me resistí y tomé esta etiqueta como piropo, pero luego comprendí que a cada persona hay que hablarle en su propio lenguaje porque de otra forma no te entienden. Y empecé a adaptarme al lector.
No me refiero a dejar de ser quien soy y cambiar cual camaleón según el camuflaje que se necesite contra el depredador, sino a decir lo que pensaba y sentía con sus palabras, desde sus términos. A darle valor a lo que el otro le da valor, pero al mismo tiempo sin perder mis convicciones y estando abierta a aprender cosas nuevas o nuevas formas de ver la vida.
Entonces descubrí que en mi interior había una artista que durante mucho tiempo se ocultó por miedo y vergüenza. Y al ver que aquella tesis no era digna de ser leída ni por mi director, ni por mi mentor —un escritor español— decidí guardarla en un cajón y regresar al pensamiento lógico. Pero un artista nunca deja de ver la vida como una obra. Nunca deja de tener la necesidad de expresar.
Después de un tiempo, mi tiempo en la docencia me enseñó que solo se puede llegar a ser bueno intentando, así que tomé la decisión de recuperar esa parte de mí y empecé a escribir un blog Un altar a la Santa amistad. Mientras más escribía más ganas tenía de seguir haciéndolo. Pero no tenía un lector. Tenía un mentor que corregía una y otra vez los mismos errores y al que solo una o dos veces en ocho años le saqué un comentario positivo sobre lo que había escrito y que me enseñó a cuidar la calidad de forma y fondo, a hacer un texto digno y un trabajo bien hecho. También tenía un esposo que me leía siempre y que no era del todo objetivo con sus comentarios, porque siempre alababa mis escritos. Y luego llegaste tu… mi querido lector.
Y por primera vez alguien se tomaba el tiempo de leer. Si le gustaba hacías un comentario, sino me castigabas con el silencio. Pero esta vez no iba a claudicar. Aunque me tomara toda la vida. Y poco a poco me fuiste dando seguridad, con un like o un comentario o reenviando mi texto. No todo lo que escribía te gustaba, pero algunas veces tus reacciones hacían que no claudicara y decidí luchar para de nuevo provocar tu reacción. No quería que coincidieras con mi punto de vista, no quería que te encantara lo que leías. Simplemente quería que me leyeras y pensaras por tu cuenta y en algunas ocasiones hacerte sentir. Porque pensaba que el artista expresaba para otros. Porque Dios es el más grande artista y expresa para nosotros. Pero luego entendí que no. Un artista expresa para sacar al mundo lo que lleva dentro, porque si continua con eso adentro se desbordaría —hacia el bien o hacia el mal—. Además, hay un espectador que siempre ve: Jesús.
Así que sí, entendí que no puedo dejar guardado en un cajón —o en este caso en la computadora— para siempre mi arte. Pero la edad me ha ayudado a comprender que hay un tiempo para todo. Así que cuando creo que algo debe ser leído y aun no es tiempo de publicarlo espero un poco más. Cuando estoy convencida de que debe ser leído y puedo compartirlo con el mundo, lo publico en donde pueda y dejo que Dios lleve eso que escribí a quien Él quiera.
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