miércoles, septiembre 2 2026

LA SALA 508 by Jorge Zenteno

El grito fue despiadado.

—¡Auxilio!

—¡Piedad!

—¿Qué sucede? —dijo uno de los pacientes, despertando sobresaltado. El grito había opacado el sonido de las máquinas.

En la sala 508 los tres se miraron.

—¿Oyeron eso?

—¿Por qué crees que gritó de esa manera?

—Debe estar sufriendo un gran dolor.

—Al oírlo me pareció percibir el terror que provoca la muerte.

—La muerte tiene un olor que aterra.

—¡Dios bendito!

Nadie habló durante unos segundos.

—La muerte… sí —murmuró uno de ellos.

Por el pasillo se escucharon ruedas chirriar. El carro avanzó lentamente hasta perderse en la oscuridad.

—¿Escuchaste? —dijo una de las TENS, todavía en duermevela.

—Sí.

—Deberíamos ir a ver.

—¿Y para qué? Ya deben estarla viendo —respondió la otra, ajustándose la blusa.

—Pero está pidiendo ayuda.

—Si pasa algo, llamarán a la enfermera.

—¿Y si la enfermera no está?

La mujer miró hacia el pasillo.

—No pienso meterme en problemas.

—Además, después dicen que una no hace nada.

El timbre volvió a sonar.

Ninguna se levantó.

Mientras el ruido de las ruedas desaparecía en el laberinto de pasillos, uno de los pacientes recordó a alguien que había visto horas antes.

Ahora ya no estaba.

La impresión lo había dejado mudo durante unos minutos que le parecieron eternos.

El chirrido del carro lo devolvió a la habitación.

No dijo nada.

Miró hacia el pasillo.

La TENS continuaba sentada. El timbre sonó otra vez. Ella tomó la carpeta y anotó algo.

—No va a venir —dijo uno de los pacientes, acomodándose lentamente sobre la camilla.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque está sonando hace rato.

El otro guardó silencio.

—A veces pienso que hemos perdido la fe.

—¿La fe?

—En que después de esto pueda haber algo.

El tercer paciente los escuchaba.

—Yo no le temo tanto a la muerte —dijo.

—¿Por qué?

—Porque uno tiene que saber cuándo ha terminado su tarea.

El tercero soltó una pequeña risa.

—Yo no he terminado nada.

Los otros lo miraron.

—¿Y si llega?

—No quiero que llegue.

La enfermera se volvió hacia el monitor cuando oyó la alarma. Miró los números y los anotó en la ficha.

En la esquina de la sala, otro de los pacientes estiraba los brazos en distintas direcciones y levantaba las piernas.

—Uno… dos… tres…

Respiró profundamente, infló el pecho y sonrió.

La noche avanzó.

Un monitor pitó.

Otro respondió.

Desde otra sala llegó una tos húmeda.

Una camilla golpeó una pared.

Pasos.

Una puerta.

El timbre.

Después, silencio.

Los pacientes durmieron a intervalos. A veces abrían los ojos sin saber cuánto tiempo había pasado.

Llegó el amanecer.

Con la tenue claridad comenzaron los controles de signos vitales, el suministro de medicamentos, los saludos amistosos y alguna ironía para hacer llevadera una larga permanencia.

Una hora después comenzó la ronda médica.

El médico ingresó acompañado por la enfermera jefe, la kinesióloga y un interno.

—Cama uno —dijo la enfermera jefe, revisando la ficha—. Paciente con cirrosis hepática, Child-Pugh B. Ingresó hace cuatro días por primera descompensación y hemorragia digestiva alta.

—¿Cómo llegó?

—Comprometido hemo dinámicamente. Presentaba hematemesis y melena. Hemoglobina de cinco coma ocho al ingreso. Se inició reanimación con volumen y transfusión de glóbulos rojos.

—¿Endoscopía?

—Cuatro várices esofágicas sangrantes. Se realizó ligadura endoscópica con buen control de la hemorragia.

—¿Nuevo sangrado?

—No. Desde la intervención no ha vuelto a presentar hematemesis ni melena. Ha tolerado régimen blando y mantiene diuresis conservada. Sin signos de encefalopatía.

—¿Ascitis?

—Leve. Por ahora, vigilancia.

El médico asintió y pasó la página.

—¿Dolor?

—Leve. Controlado con analgesia.

El interno terminó de escribir.

—Bien. Continuamos.

La ronda siguió.

En una cama había estabilidad. En otra, una evolución favorable. En la tercera, la enfermera tardó un poco más antes de comenzar a hablar.

 

Al mediodía llegaron las visitas.

Esposas.

Hijos.

Una por paciente.

Un murmullo respetuoso llenó el pasillo. Pasos lentos. Bolsas con ropa. Un vaso de agua. Una mano acomodando una almohada.

En la sala 501, un enfermero preparaba el brazo de un joven para instalar una vía.

El algodón con alcohol frotó la vena elegida.

El envoltorio crujió.

El joven giró la cabeza.

Vio la aguja.

—¡Me están matando!

El enfermero intentó sujetarle el brazo.

—¡Mamá!

—Tranquilo.

—¡Mamá, ven!

—Escúchame.

—¡Me están matando!

El grito atravesó el pasillo.

En la sala 508, el paciente que levantaba las piernas dejó de contar.

Las visitas se miraron.

Una de las esposas consultó el reloj.

Se escucharon pasos apresurados.

Una puerta se abrió.

Otra se cerró.

Los gritos continuaron durante unos minutos.

Después cesaron.

Quedaron los monitores.

Uno pitó.

Otro respondió.

—¿Qué pasó? —preguntaron al enfermero cuando salió.

—Se desorientó. Ya está tranquilo.

Nadie dijo nada durante unos segundos.

Desde la cama tres:

—¿Está bien?

—Sí.

El paciente volvió a mirar sus piernas.

La visita de uno de los enfermos juntó las manos.

—¿Cómo puede alguien enfrentar un momento así?

Una pausa.

—Jesús dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. El que viene a mí, aunque muera, vivirá».

El paciente de la cama tres apoyó las manos en el colchón.

Se levantó.

Caminó lentamente, apoyándose en el zócalo de la pared.

Volvió a su cama.

Se sentó.

Levantó una rodilla.

—Uno… dos… tres…

Primero la derecha.

Luego la izquierda.

—Uno… dos… tres…

 

La hora de visita llegó a su fin.

Se administraron medicamentos.

Se efectuaron controles.

Se atendieron las necesidades de los pacientes.

El pasillo volvió a vaciarse.

El silencio parecía normal.

Una mujer se detuvo en el mesón de atención y sonrió a la TENS.

—Traigo lo que me pidieron.

Continuó por el pasillo de puntillas.

Llevaba algo entre las manos.

Llegó a la sala.

Entró.

Miró hacia la cama.

Se detuvo.

—No…

La voz salió apenas.

Después más fuerte:

—¡No… no!

El llanto atravesó la habitación.

—¡No es cierto!

La mujer miró al médico.

—Usted me dijo que no ocurriría.

Nadie respondió.

—¡No puede ser!

La enfermera sostenía una jeringa.

El médico extendió los brazos.

—¿Qué le diré a nuestros hijos?

La mujer se llevó las manos al pecho.

—¡Usted lo prometió!

Su voz se quebró.

Caminó de un lado a otro.

Volvió a la cama.

Se arrojó sobre el cuerpo.

No pareció sentir el pinchazo.

Uno de los pacientes se cubrió la cara con la sábana.

El otro permaneció inmóvil, mirando a la mujer.

Desde el pasillo llegó el llanto.

Después otro grito.

Una puerta se cerró.

La mujer salió corriendo hacia el ascensor.

En la sala 508 nadie habló.

—¿No sabía que había fallecido? —preguntó uno.

—Sí.

—¿Entonces por qué la dejaron entrar?

Silencio.

El timbre de una habitación volvió a sonar.

Nadie se movió.

En el hall del hospital, varias personas esperaban que vinieran a buscarlas para regresar a sus casas.

Una mujer atravesó la sala.

Caminaba deprisa.

Algunos levantaron la vista.

Algo en ella llamó su atención.

Nadie dijo nada.

La mujer cruzó la puerta principal y salió a la calle.

Desde el interior todavía podía escucharse su llanto.

En la sala 508, el paciente de la cama tres volvió a levantar una pierna.

—Uno…

Bajó la pierna.

—Dos…

Levantó la otra.

—Tres…


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