jueves, septiembre 17 2026

Mujeres en femenino y en plural.- Murasaki Shikibu: escribir desde detrás de la cortina por Lucía Pastor Dueñas

Se considera que la japonesa Murasaki Shikibu, a comienzos del siglo XI, escribió la primera novela del mundo. Aunque esta afirmación debe utilizarse con cierta prudencia, nos permite comprender la importancia de una autora de cuya vida, paradójicamente, sabemos muy poco.

Murasaki nació en una rama secundaria de la familia Fujiwara y creció en un ambiente acomodado. Sin embargo, su condición social no la libró de las limitaciones impuestas a las mujeres de su tiempo. La cultura oficial, el estudio de los clásicos y los conocimientos relacionados con la administración estaban reservados fundamentalmente a los hombres.

Mientras su padre instruía al hijo varón de la familia en los clásicos chinos, ella escuchaba aquellas lecciones que no estaban destinadas a su formación y, casi de manera fortuita, las aprendía. Esta escena resulta especialmente significativa. Murasaki accedió al conocimiento de una forma lateral, pero no se limitó a recibirlo: lo hizo suyo y acabó utilizándolo para construir una obra literaria excepcional. Era consciente de sus capacidades y de lo que podía conseguir mediante la escritura, aunque sabía que tendría que actuar con cautela en una sociedad que no esperaba de ella una vida intelectual.

Su obra más importante, La historia de Genji, puede considerarse una creación pionera y uno de los primeros grandes ejemplos de novela psicológica que conservamos. Antes de Murasaki ya habían existido narraciones extensas y personajes dotados de cierta complejidad. Sin embargo, en Genji encontramos figuras que experimentan una verdadera evolución interior: dudan, recuerdan, aman, se equivocan y se transforman como consecuencia de aquello que viven.

Mucho más tarde, la crítica literaria denominará «redondos» a esta clase de personajes y los opondrá a los personajes planos, que apenas poseen vida propia y cuya principal función consiste en hacer avanzar la acción. Murasaki no conocía esa terminología, pero comprendía perfectamente la diferencia entre una figura creada para cumplir una función y un personaje dotado de existencia interior. Sabía observar a las personas y trasladar sus contradicciones a la literatura.

También podríamos contemplar a la propia autora desde esta perspectiva. De acuerdo con las convenciones de su época, Murasaki parecía destinada a desempeñar un papel secundario: ser hija, esposa y madre, sin ocupar un lugar relevante dentro de la cultura oficial. Era, en apariencia, uno de esos personajes que permanecen en los márgenes de la historia.

Sin embargo, Murasaki no fue un personaje plano. Experimentó su propia evolución, fue consciente de su talento y encontró la forma de superar —al menos en parte— el papel que le había sido asignado. Aunque ni siquiera conservamos su verdadero nombre, terminó convirtiéndose en una figura esencial de la literatura universal.

La escritura llamada «mano de mujer»

El conocimiento de los clásicos chinos no siempre favoreció a Murasaki. Aquella formación habría sido considerada valiosa en un hombre, pero podía despertar recelos cuando quien la poseía era una mujer. No era habitual que una aristócrata demostrara abiertamente ese nivel de instrucción y tampoco disponía de los mismos espacios que los hombres para ponerlo en práctica.

Las mujeres de la corte que habían recibido alguna formación escribían principalmente en kana, un sistema fonético japonés tan relacionado con ellas que llegó a ser conocido como «mano de mujer». Esto no significa que fuera una escritura de menor valor, pero sí que se encontraba vinculada a ámbitos considerados secundarios: la vida doméstica, la correspondencia privada, la conversación, la intimidad y la experiencia cotidiana.

Esta separación lingüística reflejaba una división social más profunda. Los hombres utilizaban el chino clásico en la administración y en los espacios oficiales del conocimiento, mientras que las mujeres desarrollaban su escritura dentro de los límites que les habían sido impuestos.

Sin embargo, de aquellos espacios femeninos surgió un mundo literario de extraordinaria riqueza. Las mujeres hablaron de asuntos que quizá no encontraban fácilmente un lugar en los ambientes masculinos: las ausencias, los rumores, las rivalidades, los temores y los afectos. La escritura se acercó así a la intimidad y a la observación psicológica.

El kana llegó a la poesía, los diarios y la narración. De este ambiente surgieron obras fundamentales como El libro de la almohada, de Sei Shōnagon; el diario de Izumi Shikibu y, por supuesto, La historia de Genji. Resulta paradójico que las mujeres, apartadas de la cultura considerada superior, protagonizaran uno de los momentos más brillantes de la literatura japonesa.

Mujeres invisibles detrás de las cortinas
En la corte del periodo Heian, las mujeres no solo quedaban ocultas dentro de la cultura oficial, sino que también podían permanecer físicamente fuera de la mirada de los hombres. Las aristócratas vivían resguardadas tras biombos, persianas de bambú y cortinas. No estaban exactamente escondidas, pero su presencia quedaba velada. Los hombres podían formarse una imagen de una mujer por su caligrafía, por los poemas que recibían de ella, por el perfume de sus vestidos o por aquello que alcanzaban a percibir a través de una cortina. La elección del papel, una combinación de colores o el tiempo empleado en responder ofrecían pistas sobre su carácter.

En este contexto, la poesía no era una simple distracción. Poseía una finalidad práctica y social: servía para declararse, rechazar a alguien sin herirlo abiertamente, responder a una visita o demostrar que se conocían las normas de la vida cortesana. Era un poderoso medio de comunicación y también una señal de posición social. No todo el mundo tenía el mismo acceso a ella, ni para interpretarla ni para producirla. Esto era cierto entonces y, de otras maneras, continúa siéndolo hoy.

Murasaki conocía perfectamente las posibilidades de aquel lenguaje. Sabía leer los gestos, los silencios y las insinuaciones. No se esperaba que una mujer de su condición convirtiera la escritura en el centro de su vida. El itinerario previsto era que se casara y tuviera descendencia.

Ella siguió también ese camino: se casó con Fujiwara no Nobutaka y tuvo una hija. Pocos años después quedó viuda. Algunos estudiosos han relacionado la muerte de su marido con el nacimiento de La historia de Genji, aunque no podemos afirmarlo con seguridad. Es posible que la experiencia del duelo intensificara su dedicación o influyera en su sensibilidad hacia la pérdida.

Su reputación literaria terminó llevándola al séquito de la emperatriz Shōshi como dama de compañía. Allí enseñó literatura china a la emperatriz de una manera muy discreta, casi en secreto, porque ambas sabían que una mujer excesivamente instruida podía convertirse en objeto de burla o despertar sospechas.

En su diario, Murasaki se muestra reservada e incómoda ante determinados comportamientos cortesanos. Algunas interpretaciones la han presentado como una mujer poco sociable, pero esa distancia también puede entenderse como una forma de mantenerse al margen de rivalidades y controversias y, en definitiva, como una manera de protegerse.

Murasaki se sintió sola y juzgada por sus compañeras. Conocía las normas de la corte, pero conservaba la distancia necesaria para observarlas. Sabía hasta qué punto la vida de una mujer dependía de un matrimonio conveniente, del favor de los hombres o del nacimiento de un heredero. Intentaba cumplir las reglas de su época y, al mismo tiempo, transgredirlas discretamente. Esa posición ambigua, dentro y fuera de la corte, fue probablemente una de las claves de su mirada literaria.

Genji: no todo era resplandor
Durante siglos, Genji ha representado la figura del gran amante de la literatura japonesa. El llamado Príncipe Resplandeciente posee encanto, sensibilidad y una educación exquisita. Sin embargo, una lectura actual descubre también a un hombre protegido por su rango, capaz de entrar en espacios prohibidos e insistir ante mujeres cuya libertad de decisión era mucho menor que la suya.

Algunas de sus relaciones revelan importantes diferencias de edad y una evidente desigualdad de poder. Determinadas situaciones serían hoy difícilmente aceptables. Sin embargo, no podemos trasladar sin más una obra del siglo XI hasta el presente y juzgarla únicamente con nuestros parámetros.

Un clásico pertenece a su tiempo, aunque permanece vivo mientras sea capaz de plantearnos nuevas preguntas. Reconocer los elementos que actualmente nos incomodan no disminuye el valor de La historia de Genji. Al contrario, demuestra que la obra todavía admite diferentes perspectivas y continúa provocando reflexión.

Algunas mujeres aman a Genji; otras intentan resistirse, aunque no siempre disponen de los medios necesarios para ejercer un verdadero control sobre la relación. Él no es una figura sencilla ni completamente admirable: está lleno de contradicciones y sus acciones tienen consecuencias en la vida de quienes lo rodean. Esa complejidad impide que la narración se convierta en una simple sucesión de aventuras amorosas.

Nada consigue detener el tiempo
Toda la obra está atravesada por la idea de que nada es permanente. La historia de Genji suele asociarse con la expresión japonesa mono no aware, que alude a la emoción que sentimos al comprender la fugacidad de las cosas. Una flor nos conmueve porque sabemos que se marchitará y un encuentro amoroso puede ser especialmente intenso porque contiene ya la posibilidad de la despedida.

Murasaki expresa esa fugacidad de una forma tranquila y poco solemne. Le basta una estancia vacía, un jardín en otoño o el perfume que permanece después de que una persona se haya marchado. Son imágenes sencillas que nos recuerdan que el tiempo transcurrido resulta irrecuperable.

Genji no es únicamente un príncipe resplandeciente ni un gran seductor. También es el reflejo de una verdad difícil de aceptar: todo aquello que amamos acabará escapándose de nuestras manos o desaparecerá con nosotros.

Una obra que no podemos leer en su forma original
El manuscrito de La historia de Genji escrito por Murasaki no se conserva. La obra ha llegado hasta nosotros mediante copias posteriores realizadas por diferentes calígrafos y a través de distintas variantes. Ni siquiera tenemos la certeza absoluta de que la disposición de los capítulos coincida con el orden imaginado por la autora. Algunos pudieron circular por separado y otros ser modificados durante el proceso de transmisión.

No leemos directamente la obra material que salió de las manos de Murasaki, sino que accedemos a ella a través de una larga cadena de copistas, lectores, artistas y traductores separados por el tiempo.
Este hecho, lejos de restarle interés, hace todavía más extraordinaria su supervivencia. La historia de Genji inspiró los célebres rollos ilustrados y, posteriormente, pinturas, biombos, representaciones teatrales, películas y adaptaciones al manga. Cada época encontró su propia manera de leerla y representarla.

Su vitalidad se explica porque los asuntos que plantea no pertenecen únicamente al Japón del siglo XI. El deseo, la desigualdad, la ambición, la soledad, la pérdida y el paso del tiempo siguen formando parte de nuestra experiencia.

No conocemos con certeza el verdadero nombre de Murasaki Shikibu. Tampoco podemos reconstruir completamente su vida ni leer el manuscrito tal como ella lo escribió. Sin embargo, conservamos algo fundamental: su mirada.

En definitiva, desde detrás de una cortina, Murasaki observó la sociedad de su tiempo, comprendió sus normas y sus contradicciones y las transformó en literatura. Aquella mujer que parecía destinada a permanecer en un segundo plano terminó convirtiéndose en uno de los grandes personajes de la historia literaria.

@Lucía Pastor Dueñas

@Imagen Pinterest


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