Mujeres en femenino y en plural.- Marianela por Carmen Salas

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Marianela aprendió demasiado pronto que algunas casas se quedan en pie aunque por dentro ya no viva nadie.

La suya seguía teniendo una mesa, tres camas, una cocina pequeña, un armario con ropa de invierno y una fotografía antigua de su madre sobre la cómoda. Pero desde que ella murió, todo parecía obedecer a otra ley: la de aguantar.

Su padre se había marchado poco después, sin despedirse bien, sin mirar de frente a las tres hijas que
dejaba atrás. Nadie supo decir con certeza hacia dónde huyó. Algunos vecinos hablaron de otra ciudad, otros de una mujer, otros de deudas. Marianela no preguntó demasiado. A veces, cuando una tiene que sobrevivir, hasta el abandono se convierte en un lujo que no puede permitirse llorar.

Tenía la mayoría de edad recién estrenada y dos hermanas menores a las que cuidar: Clara, de dieciséis años, que aún discutía con los espejos como si la belleza fuera una obligación; y Lidia, de catorce, que dormía abrazada a un cuaderno de tapas azules donde escribía palabras sueltas: futuro, mar, casa, universidad.

Marianela también había tenido un cuaderno.

En él guardaba apuntes, horarios de clases, nombres de asignaturas, folletos de la universidad, sueños doblados en cuatro partes. Quería estudiar. No sabía todavía si Derecho, Filología o Historia, pero quería una vida donde los libros no fueran un adorno pobre sobre la mesa, sino una puerta.

La puerta se cerró sin ruido.

Primero llegaron los trabajos temporales. Limpiar oficinas de madrugada. Servir cafés en un bar donde le pagaban tarde y mal. Cuidar a una anciana que la llamaba por el nombre de su hija muerta. Planchar camisas ajenas. Fregar escaleras. Repartir propaganda bajo la lluvia.

Siempre lo mismo: pocas horas, poco sueldo, ninguna promesa.

El dinero no alcanzaba.

Las facturas llegaban puntuales, como si tuvieran más derecho a existir que ellas. El frigorífico empezó a sonar demasiado fuerte por las noches, con ese zumbido de animal cansado que anuncia la escasez.

Marianela hacía cuentas en servilletas, en sobres viejos, en los márgenes de los periódicos. Sumaba,
restaba, tachaba. Al final, siempre faltaba algo. Una tarde, Clara dejó caer sobre la mesa un impreso de matrícula.

—No importa —dijo, antes de que Marianela hablara—. Puedo esperar un año.

Lidia, al oírla, cerró su cuaderno azul.

Marianela supo entonces que ninguna de las dos debía esperar.

Esa noche no durmió.

Se quedó sentada en la cocina, con la bata sobre los hombros, escuchando la respiración de sus hermanas detrás de la puerta. Afuera, la calle parecía hecha de cristales fríos. Pensó en su madre. Pensó en su padre, y no sintió rabia, sino algo peor: una ausencia seca, sin destinatario. Después pensó en todas las mujeres que aceptan trabajos que no desean porque alguien tiene que comprar el pan.

Al amanecer, ya había tomado una decisión.

No se la contó a nadie.

El bar estaba en el extremo opuesto de la ciudad, lejos de su barrio, lejos del colegio de Lidia, lejos de la panadería donde Clara compraba los domingos. Eso fue lo que la decidió. La distancia, a veces, es la única forma de pudor que les queda a los pobres.

No era un bar como los demás.

Desde fuera parecía discreto, casi apagado: una puerta oscura, un rótulo rojo, dos ventanas con cortinas pesadas. Pero Marianela comprendió enseguida que allí todo estaba calculado para que nadie entrara inocente y nadie saliera igual.

Se presentó con sus mejores galas.

Llevaba un vestido sobrio, unos zapatos que le hacían daño y el cabello recogido de tal manera que
parecía mayor de lo que era. Había aprendido a caminar con la espalda recta incluso cuando tenía miedo.

Esa tarde se aferró a esa enseñanza como a una barandilla.

La mujer que la recibió la miró de arriba abajo sin disimulo.

—¿Has trabajado antes en esto?

Marianela sostuvo la mirada.

—He trabajado en muchas cosas.

La mujer sonrió, como si aquella respuesta le bastara.

Marianela sabía que no la rechazarían. Era alta, hermosa, educada. Tenía una voz tranquila y una manera de escuchar que hacía creer a los hombres que todavía podían ser perdonados por algo. También tenía una mirada que no pedía nada, y eso, en ciertos lugares, vale más que cualquier vestido.

Aceptó el horario.

Solo puso una condición: no trabajaría los sábados por la noche.

La mujer arqueó una ceja.

—Los sábados se gana más.

—Los sábados mis hermanas se acuestan tarde.

No explicó nada más.

Consiguió que una amiga del barrio, Julia, pasara algunas noches por la casa para comprobar que todo iba bien. A Clara y a Lidia les dijo que había encontrado empleo sirviendo copas en un local elegante. Era verdad y no lo era. Las medias verdades también abrigan cuando el frío aprieta.

Las primeras noches fueron una forma lenta de desprendimiento. Marianela aprendió a maquillarse sin reconocerse del todo. Aprendió a sonreír cuando quería cerrar los ojos. Aprendió a medir las distancias, a calcular el peligro de una mano demasiado insistente, a distinguir al borracho triste del borracho violento, al hombre solo del hombre acostumbrado a comprarlo todo.

Aprendió, sobre todo, a regresar.

Regresar de madrugada, quitarse los tacones en el portal, subir despacio para no despertar a nadie, guardar el dinero en una caja de galletas, lavarse las manos una y otra vez, entrar en el cuarto de sus hermanas y comprobar que seguían allí, dormidas, al otro lado de su sacrificio.

El dinero empezó a crecer.

No trajo alegría.

Trajo libros nuevos para Clara, clases de apoyo para Lidia, comida suficiente, recibos pagados, una
tranquilidad aparente que Marianela no pudo compartir con nadie. Cada billete tenía una sombra.

Cada mejora de la casa parecía hecha con una parte de su silencio.

En el bar los hombres empezaron a disputársela. Algunos pedían su mesa antes de verla. Otros dejaban propinas enormes para que se sentara unos minutos más. Hubo miradas largas, promesas ridículas, celos, amenazas murmuradas junto a la barra. Una noche dos clientes se golpearon por ella en el aparcamiento. Otra, uno rompió una botella contra la pared cuando le dijeron que Marianela ya no estaba disponible.

La dueña del local lo llamaba éxito Marianela lo llamaba miedo. Hubo uno, sobre todo. Un hombre de unos cincuenta años, traje caro, manos cuidadas, olor a colonia amarga. Decía llamarse Adrián, aunque Marianela nunca creyó del todo en los nombres que los hombres usaban allí. Tenía la
costumbre de hablarle bajo, demasiado cerca, como si la intimidad pudiera imponerse con dinero.

Al principio fue amable.

Después fue constante.

Más tarde, dueño.

Quería saber dónde vivía, qué hacía los sábados, por qué nunca contestaba ciertas preguntas. Le dejaba sobres cerrados sobre la mesa. Le decía que podía ayudarla. Le decía que una mujer como ella no debía volver a los trabajos de miseria. Le decía muchas cosas con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

Marianela empezó a cambiar de ruta al volver a casa.

Una noche lo vio desde el autobús, parado junto a una farola cercana a su barrio.

No volvió a dormir bien.

Guardó parte del dinero en otra cuenta. Compró un teléfono nuevo para Clara. Habló con Julia para que estuviera más atenta. Revisó las ventanas, la cerradura, los horarios de sus hermanas. Nadie le había enseñado a protegerse, pero la sospecha tiene una inteligencia rápida cuando se trata de sobrevivir.

El viernes anterior a la noticia, Adrián la esperó al salir.

No estaba borracho.

Eso fue lo que más miedo le dio.

—Tenemos que hablar —dijo.

Marianela siguió andando.

—Ahora no.

Él caminó a su lado.

—He pagado mucho por ti.

Ella se detuvo.

La calle de atrás del local olía a humedad, a cubos de basura, a noche vencida. A lo lejos se oía música, risas, el ruido de un coche arrancando. Marianela recordó, de golpe, a Lidia dormida con su
cuaderno azul. Recordó a Clara fingiendo que podía esperar. Recordó la fotografía de su madre sobre la cómoda.

—No me ha comprado —dijo.

El hombre sonrió despacio.

—Todo el mundo tiene precio.

Marianela no respondió.

Hay silencios que son una puerta cerrada.

Lo demás ocurrió en una zona oscura de la memoria, allí donde las cosas no se cuentan enteras ni siquiera una misma. Un forcejeo. Una mano sujetándole el brazo. El golpe de su espalda contra una pared. La respiración de él demasiado cerca. El miedo creciendo hasta ocuparlo todo.

Y luego, la certeza.

Una certeza fría, limpia, terrible.

A la mañana siguiente, la ciudad amaneció con una noticia en el periódico local: había aparecido muerto un hombre de unos cincuenta años en un callejón de las afueras. Llevaba mucho dinero encima. El robo no parecía el móvil. La policía investigaba varias hipótesis.

Marianela escuchó la noticia por la radio.

Estaba sentada en el sofá, con una taza de café entre las manos. La chimenea ardía despacio. Dentro, las llamas terminaban de devorar un vestido, unas medias rotas y unos zapatos que ya no volverían a hacerle daño.

Se había duchado durante mucho tiempo.

Demasiado.

Como si el agua pudiera distinguir entre la culpa y la defensa, entre el miedo y la sangre, entre lo que una hace y lo que el mundo la obliga a aprender.

El puñal ya no estaba.

Tampoco estaba la muchacha que había entrado semanas atrás en aquel bar creyendo que bastaba con guardar distancia para salvarse.

Desde el dormitorio llegó la voz de Lidia.

—¿Hoy es sábado?

Marianela cerró los ojos.

—Sí —respondió.

Clara apareció en el pasillo con el pelo revuelto.

—¿Vamos a desayunar tortitas?

Marianela miró la chimenea. El fuego crujió como si supiera guardar secretos.

Después se levantó.

—Vamos a desayunar lo que queráis.

Las dos hermanas rieron.

Esa risa llenó la casa de una luz pequeña, doméstica, casi imposible. Marianela preparó la mesa. Sacó
leche, harina, huevos, azúcar. Se movía con una calma extraña, como si cada gesto perteneciera a otra
vida y, sin embargo, fuera lo único real que le quedaba.

Mientras batía la masa, oyó de nuevo la voz del locutor al otro lado de la puerta cerrada del salón.
Hablaban de investigación, de testigos, de un arma que aún no había aparecido.

Clara y Lidia discutían por elegir la mermelada.

Marianela sonrió.

No sabía qué ocurriría después.

No sabía cuánto tarda el pasado en llamar a una puerta.

Pero aquella mañana era sábado. Sus hermanas estaban en casa. La chimenea seguía encendida. Y durante unas horas, solo durante unas horas, Marianela decidió vivir como si todavía quedara una forma de inocencia en el mundo.

Ya pensaría mañana.

@Carmen Salas

@Imagen Pinterest


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