sábado, septiembre 19 2026

El pequeño lobo por Sabrina García

Momo se despierta antes que yo. No ladra, no hace ruido, solo se acerca, se acurruca en mi pecho y me lame la cara hasta que abro los ojos. A veces son las siete, a veces las once, pero a él no le importa la hora. Le importa que yo esté despierta, que lo mire, que sepa que él está ahí. Y cuando por fin abro los ojos, él ya me está mirando fijo, como si yo fuera la única cosa en el mundo que vale la pena ver.
Es un pequinés, tiene un año y tres meses, y parece un peluche con patas. Me sigue a todas partes. Al baño, a la cocina, al balcón. Si me siento, se sienta a mis pies. Si me acuesto, se acurruca en mi cuello. Mi novio lo pasea, le da de comer, le cambia el agua, y sin embargo Momo me elige a mí. No entiende de turnos ni de responsabilidades, entiende de cariño. Cuando tiene miedo —un trueno, un perro más grande, el aspirador— sale corriendo y se pone en dos patas frente a mí pidiendo que lo cargue. No quiere que lo defienda con un ladrido, quiere que lo cargue. Él avisa, yo protejo. Así funcionamos.
Y viéndolo tan pequeño, tan dependiente, tan pegado a mí —apenas me llega a la pantorrilla y pesa lo que un ladrillo— me da la cabeza: ¿cómo es posible que este bicho que no sabe hacer nada por sí mismo, que si lo dejo en la calle no dura dos días, tenga como antepasado al lobo? Al lobo gris, al que caza en manada y corre kilómetros sin cansarse. Al que no le tiembla el pulso. No encontré la respuesta en el aire, así que me puse a leer.
Resulta que los perros y los lobos comparten casi el mismo ADN. Pero hace unos 15.000 años, algunos lobos menos ariscos se acercaron a los campamentos humanos a buscar comida. Los humanos vieron que les servían para alertar peligros y para cazar. Y empezó una alianza sin cartas firmadas. Los lobos que toleraban a los humanos se quedaron; los que no, siguieron su camino. Generación tras generación, el lobo se fue achicando, se fue haciendo más manso, hasta que cupo en un regazo.
Pero el lobo no se fue del todo. Cuando alguien toca el timbre, Momo ladra como si fuera un león. Cuando algo le da miedo, se para frente a mí y me mira, esperando que yo decida. Gira varias veces antes de acostarse, como si todavía estuviera marcando territorio en la hierba. Todo eso viene del lobo. Lo que cambió fue el tamaño, la fiereza y la forma de amar.
Sigue siendo puro y biológico y un poco ridículo. Y aunque Momo no sobreviviría ni un día sin mí, la verdad es que yo, sin él, tendría la casa demasiado callada. Y entonces me pregunto: ¿será que los perros nos eligieron a nosotros tanto como nosotros los elegimos a ellos? ¿O será que el lobo sigue ahí, solo que ahora prefiere dormir en un regazo?
Y tú, ¿también tienes una versión mejorada de lobo en casa?
@Sabrina García

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