El jarrón es para las flores. Un ramo hermoso, con flores frescas, colores, alguna rama verde para adornar y espigas doradas. Vida, mucha vida.
Un jarrón es para lucirlo, para mostrarlo a la luz del día, para sonreír al mirarlo, para respirarlo.
Pero tu jarrón ha sido el último entre mis manos. En él no hay vida, o quizás es el que guarde más vida que ningún otro, porque refugia toda la tuya. Un jarrón que jamás creí albergar. Años atrás hubiera gritado de miedo, me hubiera escondido solo de pensar en la posibilidad de tenerte en casa de esa forma. Pero tuvimos que elegir un jarrón para ti, el último, el de no retorno.
Y me negué a que estuvieras en un almacén, imposible. Un ser inerte entre centenares de seres a la espera de que sus familiares decidan dónde será su última morada. Con un abrazo, el último que te di, te llevé a casa.
Un jarrón diferente. Sin flores. Sin vida. Sin espigas doradas. Un jarrón que me arropó el alma después de tantos años en los que lo hizo tu cariño. Seguramente no fue suficiente, no sé si debería haber hecho algo más, pero no hubo miedo o temor a que nos acompañaras.
Un jarrón en el que cabe una vida pero que es incapaz de albergar tanto amor.
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