Marcelo era un oso polar. De piel blanca y rubio, casi albino. Desde pequeño se identificó con ese animal, seguramente por el peluche blanco que le regalaron sus padres a los tres años, cuando ingresó por primera vez en el hospital. Ese oso de peluche fue su hermano pequeño y su compañero de juegos.
Elisa era un pingüino. También tenía un peluche con forma y colores de ese animal. Elisa lo abrazaba y no se separaba de él bajo ningún concepto. El pingüino era su única compañía en las largas y frías noches de hospital.
Un día Elisa y Marcelo se cruzaron mientras daban un paseo por los largos pasillos del hospital. Se miraron a los ojos. Se miraron a los peluches. Y una chispa saltó entre ellos.
—¡Mamá, mamá! ¡Ese niño también tiene un peluche como yo! – Le susurró Elisa a su madre.
Marcelo no dijo nada, pero la imagen se le quedó grabada. Una niña con su pingüino. Otro animal polar, como el suyo.
Elisa y Marcelo tenían muchas más cosas en común que sus peluches, sus pijamas y su medicación.
La noche siguiente Marcelo soñó con icebergs, extensiones heladas, un oso polar y un pingüino corriendo y jugando en la nieve. Aquel sueño se convirtió en recurrente a lo largo de los años.
Pasó mucho tiempo hasta que Marcelo y Elvira volvieron a coincidir en el hospital. Entre las múltiples altas y bajas, mejorías y recaídas que cada uno sufría a su manera. Animando a sus padres para que no se pusieran tristes. Achuchando a sus peluches para soportar los peores momentos. Ambos habían crecido, estaban más altos y más guapos y ahora paseaban solos por los pasillos. Sin sus padres… pero con sus mismos peluches.
Fue Elvira la que se atrevió a acercarse y hablarle a Marcelo.
—Yo me llamo Elisa y mi animal favorito es el pingüino.
A partir de ese momento, quedaban todas las tardes para ir a la sala de la televisión. Después de la merienda y antes de la cena. No hablaban mucho. Se intercambiaban las mascotas y se contaban historias polares que se inventaban sobre la marcha. Y luego, cuando llegaba la hora, se despedían agitando la pata o la aleta de sus respectivos peluches. ¡Hasta mañana!
Marcelo decidió que estudiaría veterinaria y se especializaría en fauna polar. Quizá así se volvería a encontrar con Elisa. Coincidirían en la Facultad o dando charlas sobre sus animales favoritos. Trabajarían juntos y recordarían con ternura su paso por el hospital y sus peluches.
Han pasado más de veinte años y Elisa es una estudiosa de los pingüinos. Pasa temporadas en la Base Antártica Española, en la isla Livingston. Marcelo es el único científico español en la base noruega de Svalbard. Y el principal investigador mundial del oso polar.
Desafortunadamente sólo hay pingüinos en el hemisferio sur y sólo hay osos polares en el polo norte. A pesar de que el oso polar es el más grande de los depredadores terrestres y es capaz de cazar focas y morsas, nunca podrá cazar pingüinos por la curiosa circunstancia de que viven al otro extremo del mundo.
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.