Mujeres en femenino y en plural.- El inevitable paso del tiempo por Encarna Pérez Pérez

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El descubrimiento de aquella balsa marcó una nueva realidad para Mavi: el inicio de nuevos pensamientos, sensaciones y creencias, que fueron modulando su carácter y su conducta.

Empezó a pensar más a menudo en lo que la abuela le decía sobre que era una buena moza. Con dieciséis años, Mavi no había visto otros cuerpos con los que compararse ni tampoco el espejo le permitía ver con facilidad el suyo.

—Le pediré al Choto que nos traiga otro con menos manchas.

En la intimidad de su habitación, había observado su cuerpo con detenimiento, sorprendida de los cambios que iban teniendo en él y que a los dieciséis años lo habían transformado. Metida en la balsa, cubierta con la fresca agua, tocaba sus crecidos pechos y recordaba cuando solo eran pequeñas protuberancias con un minúsculo grano en sus pezones.

—¿Por qué crecen? —le pregunto Mavi a la abuela, mirando los pechos de la mujer que no pudo descubrir debajo del oscuro vestido cubierto por el delantal.

—¡No se van a quedar pequeños! ¿Tú no estás creciendo?

—Sí, pero ¿para qué sirven?

—Pues lo mismo que a las ovejas. Las mujeres tenemos que dar de comer a nuestros niños.

—¿Yo también tendré crías? —le pregunto sorprendida del parecido con las ovejas.

—Criaturas, las personas tenemos criaturas —rio tan fuerte y de forma tan inesperada que la entonces niña se asustó.

Después de aquella conversación sobre su nuevo cuerpo, vinieron otras. Cuando estaba a punto de tener su primer sangrado, el abuelo obligó a la abuela a contarle cómo nacían los niños.

—Hay que explicárselo todo sin patrañas, igual que lo hubiera hecho su madre.

La abuela pensó que no era eso lo que ella había hecho con su hija, pero le hizo caso.

«Él manda».

Cuando la mujer concluyó las charlas sobre los cambios que se daban en los cuerpos, dejaron de hablar de ellos. Mavi siguió observándose con curiosidad y como lo que era aquella transformación: un inevitable paso del tiempo que no le provocaba más emoción que la del mero crecimiento, porque todavía no sabía que anticipaban un hecho doloroso que rasgaría por dentro.

El molino se convirtió en un lugar agradable para las dos, y solían ir juntas a menudo. Mavi se metía en el agua mientras la abuela la miraba desde la orilla. Se acostumbraron a llevar la pastilla de jabón con la que se lavaba de forma diferente a como lo hacía en el barreño de la cabaña.

La mujer dejó de acompañarla, tranquila porque Mavi era incapaz de caminar por las veredas que partían del molino ni había mostrado interés por saber a dónde conducían. Aquella construcción artificial se convirtió para Mavi en la frontera natural, como antes lo había sido la arboleda, que tampoco se atrevía a traspasar. Era el lugar en el que evadirse de su soledad.

Sola, desnuda y sumergida en el agua cristalina, descubrió su cuerpo de otra manera. La primera vez ocurrió de forma inesperada; luego lo buscaba y lo saboreaba. No tenía nombres ni para lo que ella hacía ni para los temblores que aquel juego le provocaban, tan diferentes a los que sentía cuando tenía miedo. El temor a que la abuela llegara de improviso y la descubriera la hacía ser contenida en la expresión de aquellas sensaciones. Sin embargo, pronto aprendió a estar vigilante, y la seguridad de que nada iba a interrumpirla le dejaba dar rienda suelta. Su pensamiento se acompasó con su cuerpo; empezó a pensar que otra persona la acariciaba y participaba en aquellos juegos, alguien que la esperaba en algún lugar. Introdujo aquellos actos en su mundo imaginario y estableció momentos para que se compartieran.

Nunca pensó que alguien pudiera llegar hasta allí por alguna de las veredas que desembocaban en el molino.

La abuela tenía razón en una cosa y se equivocaba en la otra: Mavi era incapaz de caminar por ellas, pero los ratos allí le habían despertado el interés por saber a dónde conducían.

Más frecuentemente se formulaba la pregunta de qué habría más allá de él y empezó a convencerse de que debería atreverse a ir a descubrirlo.

«Quizás sea el camino que lleva al pueblo de la abuela».

Pero aún no era valiente para comprobarlo.

Sus preguntas se habrían quedado sin respuesta si la vida no hubiera acelerado los acontecimientos.

Encarna Pérez
Fragmento de Eternamente a tu vera.


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