Schengen, ese pueblo pequeño con la puerta más grande de Europa
Avelino Muleiro
De trinchera imperial de la Monarquía Hispánica a cuna de la Europa sin barreras
En mi reciente viaje a Luxemburgo me acerqué a Schengen para pasear por sus calles y disfrutar de la ribera del Mosela. Confieso que me atrapó por completo su significado histórico y la deslumbrante paradoja de este paraje luxemburgués situado en la confluencia de tres países -Luxemburgo, Francia y Alemania- abrazados por las aguas del río.
Schengen se extiende a un lado del cauce de Mosela, mientras que en la orilla opuesta se alzan Perl (en Alemania) y Apach (en Francia). Schengen es una pequeña aldea vinícola, de apenas 500 habitantes, situada a 38 km al sureste de la Ciudad de Luxemburgo, cuyo peso histórico trasciende de sobra sus fronteras geográficas. Por su parte, Perl concentra la zona residencial de la zona con unos 2.200 habitantes, actuando como el gran centro comercial fronterizo. Finalmente, Apach, con aproximadamente 1.000 habitantes, es el primer pueblo de la región de Lorena y funciona como un dormitorio transfronterizo, ya que gran parte de su población se desplaza a diario para trabajar en Luxemburgo o Alemania.
Mucho antes de que Schengen se convirtiese en el símbolo global de la libre circulación y en la cuna de la Europa sin fronteras que hoy habitamos, no era ni mucho menos un espacio de unión y de concordia, sino un enclave de disputas regionales y de interminables guerras europeas. Siglos atrás, bajo el dominio de la Corona Española en los Países Bajos, éstas mismas tierras del Mosela formaban parte de un escenario militar y geopolítico donde los límites fronterizos se marcaban mediante violentos enfrentamientos.
Durante los siglos XVI y XVII, el Imperio Español bajo el mandato de los Austrias (Habsburgo) -desde Carlos I hasta Carlos II «el Hechizado»-, fue el soberano del territorio donde hoy se encuentra Schengen. Toda la región del Mosela formaba parte del Camino Español, la ruta militar por la que los tercios marchaban desde el norte de Italia hasta Flandes. Schengen era un enclave fundamental para los tercios españoles que combatieron de forma recurrente a los ejércitos franceses y a las ambiciones expansionistas de los principados del Sacro Imperio Romano Germánico. La Guerra de los Treinta Años (1618-1648) y la Guerra Franco-Española (1635-1659) convirtieron la zona en un escenario constante de conflicto. Y el Mosela, en lugar de unir las orillas, servía como barrera defensiva para controlar el paso fronterizo.
La puerta de Europa
Visitar Schengen el pasado fin de semana ha sido para mí un ejercicio de memoria histórica, porque resulta un contraste fascinante que un rincón marcado por un pasado de guerras y fronteras tan vigiladas sea hoy la bandera del mayor espacio de libre circulación del planeta.
Schengen demuestra que la grandeza de un lugar no se mide por su superficie, por sus monumentos ni por su censo. No le hizo falta a esta pequeña aldea la elegancia de París, el ímpetu de Berlín ni el dominio territorial de la España imperial, le sobró con habitar ese cruce de caminos donde confluyen Luxemburgo, Francia y Alemania, las tres capas que configuran la pared de ese corazón geográfico sin fronteras. Transformar un antiguo escenario de división y guerras en la cuna de la unidad fue un acto extraordinario de diplomacia política y la mayor utopía de la libertad europea.
Schengen actuó como una pequeña bisagra permitiendo que la gran puerta de Europa se abriera por completo haciendo posible el libre tránsito por todo el continente. Por eso hoy, cuando cruzamos una frontera sin detenernos, cuando caminamos de un país a otro con total libertad, estamos rindiendo tributo a una lección memorable y transformadora. Y Schengen nos recuerda que no hace falta ser un gigante para cambiar el curso de la historia, es suficiente tener la valentía de abrir la puerta a los demás.
La elección de esta pequeña aldea fue un poderoso golpe de efecto político. Desmantelar los controles fijos en las fronteras interiores de Europa comenzaría precisamente en Schengen, donde las potencias del continente habían chocado durante generaciones. Y así lo que nació como un atrevido ensayo piloto entre cinco naciones cobró con rapidez un impulso imparable en toda Europa. España, que siglos atrás había custodiado militarmente estos mismos enclaves, ratificó su adhesión al Acuerdo de Schengen en 1991, integrándose plenamente en la libertad de movimiento en 1995 y cerrando así un círculo histórico singular.
Etapas del acuerdo
Fue necesario, evidentemente, dar un salto de tres siglos para que la geopolítica de esta zona se invirtiera por completo. El 14 de junio de 1985, los secretarios representantes de los Estado de Francia, Alemania Occidental y las tres naciones del Benelux se reunieron a bordo del barco de recreo MS Princesse Marie-Astrid para firmar un Acuerdo que intentaba demostrar que la historia de un lugar no la definen los conflictos del pasado, sino las alianzas que se deciden construir hacia el futuro. Para garantizar que la firma ocurriera en territorio neutral, la embarcación se amarró en el punto medio del curso del río, justo en la convergencia del trifinio, donde las aguas de Luxemburgo, Alemania y Francia se encuentran.
En esta reunión se pusieron las bases políticas e ideológicas para suprimir de manera gradual los controles en las fronteras comunes y permitir la libre circulación de personas. Al ser un acuerdo político preliminar, carecía todavía de los detalles operativos y de seguridad necesarios para aplicarse de inmediato.
Sería el 19 de julio de 1990 cuando esos cinco países firmaron el Convenio de Aplicación del Acuerdo de Schengen, un texto legal mucho más amplio y detallado que complementaba al acuerdo de 1985. Este Convenio ponía los engranajes de seguridad y control para compensar la apertura de fronteras interiores, las normas comunes para el control de las fronteras exteriores, la política común de visados y la creación del Sistema de Información de Schengen (SIS), una base de datos policial y de seguridad compartida.
La entrada efectiva en funcionamiento, que supuso el nacimiento del espacio Schengen sin fronteras, tuvo lugar el 26 de marzo de 1995. Tras varios retrasos, el convenio entró en vigor y se suprimieron oficialmente los controles en las fronteras interiores entre los primeros Estados participantes. Dos años más tarde, entró en vigor el nuevo Tratado de Ámsterdam de 1997-1999 con el que se integró a Schengen dentro del marco jurídico e institucional de la Unión Europea.
El problema Schengen en Ceuta y Melilla
Cuando España firmó su adhesión al Convenio de Schengen en 1991, se negoció una excepción específica para Ceuta y Melilla debido a su estatus geográfico y su régimen especial de frontera terrestre con Marruecos. Se permitió que los residentes marroquíes de las provincias fronterizas contiguos pudieran entrar sin visado Schengen para estancias de un día. Pero, para evitar que Ceuta y Melilla funcionaran como una puerta falsa de entrada libre al continente, España debía realizar controles fronterizos de tipo Schengen en los puertos y aeropuertos de Ceuta y Melilla con destino a la península u otros países europeos.
Por lo tanto, cruzar la valla de Ceuta no otorga de forma automática acceso al espacio Schengen sin controles adicionales, ya que el control fronterizo europeo efectivo se aplica en los embarques hacia el continente. España tiene la obligación legal ante sus socios comunitarios de custodiar, controlar y gestionar la seguridad de esa frontera exterior de acuerdo con los estándares europeos.
Cuando miles de personas cruzan una frontera sin ningún tipo de filiación, control identificativo o inspección documental previa, el principio de Schengen queda suspendido sobre el terreno.
A raíz de la crisis migratoria de mayo de 2021 en Ceuta, cuando miles de personas cruzaron la frontera en pocos días tras la flexibilización de los controles por parte de Marruecos, la Unión Europea reafirmó que los límites de la ciudad autónoma constituyen fronteras exteriores tanto de la UE como del espacio Schengen. Ese suceso originó una crisis bilateral entre España y Marruecos en un asunto de relevancia geopolítica comunitaria, poniendo en evidencia la vulnerabilidad de las fronteras de la Unión Europea y las tensiones profundas sobre la aplicación práctica del tratado de Schengen. A eso se une el problema planteado entre el Código de Fronteras de Schengen, que exige el control de entradas no autorizadas, con las directivas europeas de asilo y el Convenio Europeo de Derechos Humanos, que obligan a procesar las solicitudes de protección internacional y a atender a los menores no acompañados.
Uno de los mecanismos previstos en el marco de Schengen ante crisis migratorias o presiones fronterizas extraordinarias, como la entrada de decenas de miles de migrantes el 30 de julio de este año, es el despliegue de la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (Frontex). Ante este último incidente, surgió la tensión con los socios comunitarios y la amenaza a la libre circulación. Hubo reivindicaciones para exigir que el control efectivo debe fijarse en la valla y la línea de costa con Marruecos, exigiendo que la UE asuma la frontera ceutí de la misma manera que custodia las fronteras exteriores en Grecia, Italia o Polonia.
Museo europeo
Esta historia se halla a disposición del público en el Museo Europeo de Schengen ubicado frente al barco MS Princesse Marie-Astrid, en el que se firmó el Acuerdo, y al puente que une los tres países. En su interior están los documentos y las imágenes históricas de la firma del Acuerdo de 1985 y del Convenio de aplicación de 1990. Hay exposiciones de uniformes de guardias de frontera, de pasaportes anteriores al Convenio de los países actualmente en el espacio Schengen y de sistemas de control anteriores a la libre circulación.
En la plaza exterior del Museo, destacan las tres columnas con estrellas conmemorativas, las banderas europeas y dos trozos del Muro de Berlín, simbolizando la caída de las barreras físicas e ideológicas en el continente. El primer trozo fue donado por el Senado de Berlín en 2010 con motivo de la inauguración del centro y el segundo se añadió en 2015, en el que observa un grafiti con la paloma de la paz y el rostro de Mijaíl Gorbachov.
Resulta sorprendente pensar que una pequeña aldea que un día fue escenario de disputas históricas y geopolíticas pasó a convertirse en el símbolo global de la libertad de circulación, la concordia y la unidad continental. Schengen representa la gran paradoja de la historia y el triunfo de un triunfo diplomático europeo.
Pese a ello, los retos migratorios en fronteras exteriores como Ceuta y Melilla reclaman una vigilancia constante, obligando a buscar un equilibrio permanente entre abrir las fronteras y gestionar con responsabilidad la libertad de movimientos.
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