(KAIRÓS REVISTA LITERARIA)
Entre visillos es una novela escrita por Carmen Martín Gaite en 1957 que aborda temas como la juventud, la represión o la búsqueda de identidad en la España de la posguerra. Este libro se publicó cuando el realismo social estaba en pleno auge. A través de una mayoría de personajes femeninos, Martín Gaite, nos representa con gran realismo los dos pequeños mundos en los que vivían las jóvenes mujeres del momento. La historia se sitúa en la década de los años 50 en una pequeña ciudad de provincias en España. En este periodo, el país se encontraba inmerso en la dictadura franquista, un régimen autoritario que limitaba las libertades individuales y controlaba todos los aspectos de la vida cotidiana. La censura era una realidad omnipresente, afectando a todas las artes. Esta situación de represión y control se refleja en la novela a través de la opresión que sienten las protagonistas, las jóvenes adolescentes que se ven obligadas a vivir bajo las normas y expectativas impuestas por la sociedad. Esto se ve en personajes como Elvira, que tiene que pasar por todo el protocolo del luto de su padre, o las hermanas, Mercedes y Julia, que viven bajo las reglas de su tía. En la España de los años 50, las mujeres tenían un rol muy limitado y se esperaba que se dedicaran exclusivamente al cuidado del hogar y la familia. En cierto momento, Pablo, el profesor de alemán y uno de los narradores más importantes, le pregunta a Natalia, hermana de Mercedes y Julia, qué quería estudiar. Esta dice que no sabe si estudiará porque ninguna de sus hermanas lo han hecho y porque no sabe si su padre le dejará. Aquí vemos cómo Pablo, con su mentalidad extranjera, comprende una realidad en donde la mujer estudia y vive una realidad fuera de la casa. Por otro lado, Ángel no permite que Gertru, su prometida y mejor amiga de Natalia, termine el bachillerato alegando que eso no le ayudará en nada en ser una buena esposa. Pablo ha vivido en distintos lugares del extranjero, por lo que su mentalidad es muy diferente al resto de los personajes. Gracias a este enriquecedor punto de vista vemos cómo critica objetivamente las costumbres de los que, inconscientemente, viven enajenados. Es un observador distante que expresa su perspectiva a través de sus observaciones y de las relaciones personales que establece. En este mismo grupo de mujeres tenemos un sector femenino que destaca por sus “rarezas” –término acuñado por la propia autora– , es decir, chicas poco sociables, no preocupadas por su arreglo personal y que se aburrían hablando de los temas de siempre. Muestran afición por la lectura o por relaciones personales más independientes, como Natalia o Elvira. En la otra cara de la moneda tenemos a las chicas que vienen de la metrópolis y que chocan, irremediablemente, con las chicas de provincia. Este choque casi cultural supone en ciertos escenarios un conflicto entre las dos realidades. Estas chicas de ciudad representan a un modelo de chicas urbanas más atrevidas y desenvueltas, no tan condicionadas por convenciones sociales como las de provincia. Se comportan de manera más libre y desenvuelta, lo cual es objeto de censura moral cuando coquetean o toman la iniciativa, pues las demás se sienten amenazadas: creen que deben esperar a que los chicos que les gustan sean los que tomen la iniciativa y temen que las chicas de ciudad se interpongan y pierdan esa oportunidad de estar con ellos. Asimismo, vemos la importancia que sentían las chicas de provincia por casarse, como si su fin mayor fuera ese mismo. A través de los ojos de Natalia, vemos en uno de los capítulos finales, cómo las conversaciones de las mujeres solo giraban en torno al marido, la casa y las criadas. En el fondo, vemos como la falta de una educación basada en la pluralidad hace que su vida se base en el modelo conservador heredado de la mujer. Una realidad en donde nos damos cuenta que sin educación volvemos a caer en la facilidad de contentarnos con lo que creemos que es mejor y más cómodo para nosotras. En aquella sociedad había cuatro tipos de mujeres: las casadas, las solteras, las libres y las separadas. Esta última era un tema tabú ya que se contraponían a la moral de la época. A lo largo de la novela vemos la lucha constante entre tradición y modernidad. El grupo de personajes femeninos sigue los preceptos de esta tradición: acuden a misa de forma diaria, se confiesan, hablan y fantasean sobre sus futuros maridos y su futura maternidad, todo ello bajo la tutela del hombre: padre, hermano o novio. Algunos personajes como Gertru se someten, aunque con algunas dudas y luchas internas, a esta tradición y se dejan arrastrar por lo que se espera de ellos. Está, además, el tedio de vivir, esa falta de esperanzas e ilusiones que pesa sobre los hombros de cada una de las mujeres de esa pequeña ciudad de provincia. Es indudable que hemos dado muchos pequeños pasos hasta hoy. Tenemos la suerte de vivir en un país donde la mujer es la dueña de sí misma y tiene la opción de estudiar y ser lo que quiera ser. Aún así, seguimos viviendo en un mundo donde la lucha entre el conservadurismo y el progresismo sigue vigente. A pesar de esto, es fundamental que, como sociedad, luchemos por un mundo donde el pluralismo, la libertad y una vida digna
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