La vida, Louise, el tiempo. Ayer, era apenas ayer cuando jugabas con los versos de Petrarca, enredando a su Laura con los trozos de cordel de las alacenas de tu padre. Tiempo sin tiempo del cáñamo asido a todo lo que amabas: la fruta, las bestias, los cuerpos… la vida.
La vida se te fue, Louise, mientras rimabas. Tu boca con las otras, los dientes coralinos de Francesco con el verso francés. Se puede ser mujer y ser poeta. Robar años al tiempo –el tiempo, oh, Louise, la vida– con las mejillas encarnadas, ser bella y amante de lo bello y ser mujer, ¿qué grandeza hace al hombre venerable?
El alazán, Louise, el tiempo y las moquetas de la edad. Ahora eres también la bella caballera. Montas los lomos tensos como el aire de guerra, pero es el amor lo que perdura mientras recorres los jardines umbrosos de Bellecour. La cabalgadura, el ritmo de los endecasílabos franceses, la paz de lo amado, la tapicería de las horas y los besos, el tiempo, Louise, la vida…
Crees que las mujeres piensan, que pueden crear, como el padre Petrarca, como el primo Ronsard. Las tienes junto a ti, en la redonda ubre del diálogo, se agrupan, versan, son felices… y el tuyo solo es el siglo XVI.
Muchos recuerdos: las estancias con sombras del convento donde el latín, sin advertirlo, se volvía italiano. La música, su letanía adelgazada en los primeros versos, que siempre son los últimos.
Je vis, je meurs : je me brule et me noye. Vives y mueres, Louise, te quemas y te ahogas. Apenas te has bajado del caballo, o de la vida, y ya te alcanza la muerte. Enfermedad. El color ocre del cuerpo que abandona al alma, su vieja amante. Estás y ya no estás, el alazán trota solo en la mente, pero los versos te suceden, viven tu nueva vida en la cabeza o el pecho de otra muchacha otro muchacho francés de este siglo veintiuno:
Así tendremos ambos doble vida,
Cada uno de nosotros vivirá en sí y en el otro…
La vida, Louise, el tiempo…
Louise Labé (1524 ó 1525-1566) es la poeta francés del XVI que siempre me resultó el Garcilaso de las tierras vecinas, porque deparó una mejor vida a las convenciones petrarquistas en unos endecasílabos franceses sinceros y apasionados, cualidades extrañas en la poesía que le tocó vivir. Hija de un artesano (el cordelero de la troquelación) y casada con otro, sus versos también decantan el gusto por lo que se detiene y se disfruta, a pesar del tiempo (otro de sus temas favoritos). Además de sus preciosos Sonetos (que tradujo Rilke) y sus Elegías ovidianas, se apuntó a la moda del diálogo erasmista, con su Debate entre la Locura y el Amor. Fundó uno de los primeros clubs literarios de mujeres de entre los que han sido. En 1566 la mató la peste francesa de 1564. Aunque también el tiempo, ese del que huyó toda su vida y que ahora la encuentra en unos versos siempre memorables.
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