Enroscada sobre sí misma, la gata no se despierta cuando Dex abre la puerta. Consciente de lo que va a ocurrir, Marina deja de acariciarla. Repasa las excusas que ha estado preparando durante horas y todas le parecen absurdas. Al notar la ausencia de sus dedos, la gata levanta la cabeza y maúlla.
—¡Qué coño es eso! —dice Dex. Cierra la puerta con tanta fuerza que el cuadro de la pared tiembla. La gata salta de la cama. Dex intenta darle una patada, pero falla por poco. El animal atraviesa la habitación para refugiarse en el cuarto de baño. «Pobre tonta», piensa Marina—. He preguntado qué coño es eso. —Se abalanza sobre Marina. Ella solo tiene tiempo de cubrirse el rostro con los brazos. Dex la agarra por el cabello. —Aquí vienen a follarte, no a comer pelos de gato. —La sacude la cabeza—. Os dejé claro que nada de mascotas. Sois putas, ¡joder!—La arroja a un lado y Marina se aprieta contra el cabecero de la cama. El cuero cabelludo le palpita de dolor. Se limpia las lágrimas con las mangas del jersey—. ¿De dónde ha salido? ¿Desde cuándo la tenéis aquí?
—Las demás no saben nada.
—Vaya, la puta caritativa.
—¡Te lo juro! Apareció en la habitación, así, sin más, hace un rato.
—Pues ahora desaparecerá igual de rápido.
Entra en el baño. Marina esconde la cara entre los brazos. Se desprecia por su cobardía, por no reunir el valor suficiente para detenerlo.
—Hola, amigo —dice Dex. Y aunque Marina se tapa los oídos, escucha los alaridos de Dex. Son gritos de miedo y dolor. Luego llega el silencio. Muy despacio, Marina se baja de la cama.
—¿Dex? —susurra. La gata asoma la cabeza. Maúlla con desolación. Salta sobre la cama y se limpia las patas. Marina espera a que Dex salga del baño. Como no aparece, se acerca a él y se detiene en la entrada. Dex está tendido en el suelo. Solo alcanza a verle las piernas. Tiene los pantalones desgarrados y hay sangre a su alrededor. La gata vuelve a maullar. Cruza una mirada con Marina. Ella le acaricia detrás de las orejas; satisfecha, la gata ronronea al tiempo que amasa la manta con las garras.
—No sé qué clase de dios eres —dice Marina—, pero gracias.
Recoge sus documentos, un pantalón, ropa interior, dos camisetas y lo guarda en la bolsa de deporte. Se calza las botas, se pone la cazadora y toma a la gata en brazos. El animal frota la cabeza contra su mejilla antes de acomodarse sobre sus hombros. Sin mirar atrás, Marina abandona la habitación. Se cruza con Laura en el pasillo.
—He oído gritos —dice Laura.
—No te preocupes —dice Marina—. Todo está bien. Recoge tus cosas. Voy a avisar a las demás.
—¿Qué?
—Nos vamos, Laura, creo que nos vamos todas. —Levanta una mano hacia la gata. Pero ya ha desaparecido.
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