Eterna estrofa olvidada por Alberto Morate

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*(Verso de Gerardo Diego)*

Muchas noches el olvido cae sobre nosotros como una lluvia lenta, silenciosa, que borra los contornos de las cosas y desdibuja hasta los rostros que un día fueron nuestro refugio. Noches oscuras en las que despedirse significa aprender a perder dos veces: primero la presencia, después el recuerdo. Quizá por eso el alzhéimer sea una de las
formas más crueles de la ausencia: alguien permanece delante de nosotros, respira, sonríe, nos mira, pero una niebla invisible le va arrebatando los nombres, los lugares, los afectos. Y nosotros, aferrados a su mano, asistimos impotentes a esa lenta desaparición, preguntándonos qué somos cuando ya no recordamos quiénes fuimos.

Pero ¿acaso no existe también un olvido voluntario, mucho más peligroso, que no nace de la enfermedad, sino de la conveniencia? Vivimos bajo el compás frenético de unos días que apenas nos dejan respirar. Hablamos sin escucharnos, opinamos sin conocer, juzgamos sin detenernos a comprender. Cambiamos de parecer con la ligereza de quien cambia de camisa, negamos lo que ayer defendimos, olvidamos lo que prometimos y nos indignamos por aquello que nosotros mismos hicimos. La memoria se ha convertido en un estorbo; la coherencia, en una extravagancia. Y la palabra, despojada de su compromiso, se vuelve moneda gastada, insulto fácil, ruido que no alcanza a rozar el alma.

Mientras tanto, hay heridas que nunca terminan de cicatrizar porque alguien insiste en cubrirlas con tierra, como si enterrar la memoria histórica pudiera devolvernos una inocencia que jamás tuvimos. Pero debajo de la tierra siguen latiendo los nombres, los huesos, las voces truncadas. No hay paz verdadera donde se exige silencio a quienes
todavía buscan a sus muertos. Tampoco hay reconciliación cuando se confunde el perdón con la amnesia, ni futuro digno cuando se obliga al pasado a desaparecer.

Lo que no se recuerda no siempre muere: a veces se enquista, se transforma en rencor, alimenta rencillas y regresa, una y otra vez, bajo otras banderas y otros nombres. Nos hemos acostumbrado a pasar de largo. Ya nadie parece disponer de tiempo para escuchar una opinión distinta, para aceptar que el otro pueda habitar una verdad
incompleta, quizá tan incompleta como la nuestra. Nos mostramos indiferentes, incluso cobardes, escondidos detrás de certezas prestadas. Somos espejos con el azogue deteriorado: devolvemos imágenes deformadas, reconocemos al adversario, pero apenas distinguimos al ser humano que nos mira desde el otro lado.

Y así se pierden las cosechas. Frutos maduros, esperanzas pacientes, palabras que aguardaron su hora y terminaron pudriéndose en los campos porque nadie las recogió. ¿Dónde quedó el verso? ¿Quién pronunciará aquella “eterna estrofa olvidada” de Gerardo Diego cuando hasta la belleza parece una lengua extinguida? ¿Qué será de nosotros si dejamos que las preguntas se conviertan en respuestas retóricas, si nos conformamos con la apariencia de pensar y renunciamos al esfuerzo de sentir?

Tal vez la auténtica respuesta no se encuentre en los discursos, sino en esa habitación secreta del alma donde todavía guardamos aquello que no supimos decir, las despedidas que nos partieron, los perdones que no llegaron y las voces que siguen hablándonos desde una ausencia. Allí, donde la memoria no es una lista de acontecimientos, sino una forma de permanecer.

Dejo memoria de mí

en estos subrayados que me hablan,
que me recordarán
que un día me llegaron estas palabras
pronunciadas en voz alta.
Dejo memoria en una raya ondulada,
en una alfombra de versos
que me dirán quién soy,
como en un espacio de tiempo
al que hay que limpiar
con lágrimas.

Porque quizá escribir sea eso: dejar migas de pan en el bosque del olvido, trazar una línea temblorosa para regresar a nosotros mismos cuando la noche nos confunda. Cada palabra es una pequeña resistencia frente a la desaparición, una lámpara encendida en el umbral de las despedidas.

Y, sin embargo, también escribimos para aceptar que no todo puede recuperarse. Hay recuerdos que se deshacen entre los dedos, nombres que se apagan, cosechas que ya nadie podrá salvar. Queda entonces el silencio, no el silencio impuesto, sino aquel que escucha; no el que oculta las heridas, sino el que se arrodilla ante ellas.

Dejo memoria de mí para que alguien, alguna vez, se detenga. Para que alguien escuche. Para que, entre tanta prisa, tanto rencor y tanta palabra vacía, una voz vuelva a preguntarse qué hemos hecho con nuestra humanidad.

Y si nadie responde, que responda el alma.

Que allí, al menos, no se haya consumado todavía el olvido.

@Alberto Morate

@Imagen Pinterest


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